1.10.10

Diario de Bogotá - Parte 1


“El Festival de Bogotá no existe”, me había dicho una amiga tiempo antes, cuando acepté venir a dar un Taller de Crítica de Cine invitado por el Ministerio de Cultura local en el marco de tal "inexistente" evento. Pensé que exageraba, que se trataba de esos comentarios celosos que los locales solemos hacer de nuestras cosas (“el BAFICI es una mierda”, podría salir de la boca de algún porteño y a nadie le extrañaría), o bien porque tiene su corazoncito en otro festival de los varios que hay por este país. Quién sabe…

Pero el asunto probó ser cierto. Y no cierto de una manera “metafórica”. El Festival no existe, no tiene entidad, no está, es un fantasma que se hace pero nadie sabe donde, ni cuando, ni porqué. No hay programa, ni nadie sabe donde ni cuando se dan las películas, se proyectan filmes que nadie conoce (y yo conozco cantidades, créanme) y los emails con las actividades del día llegan dos días tarde: yo recibo a la tarde del 1ª de octubre las actividades del 30 de septiembre. Nadie se comunicó conmigo. Jamás. Nunca. En un día y medio.

Me empecé a dar cuenta del asunto apenas pisé la ciudad. El viaje fue normal, sin problemas, pero apenas llegué no estaba la persona que, se suponía, debía venir a buscarme. Yo no tenía el nombre del hotel al que debía ir y –error mío, acaso por la costumbre y el hábito--, tampoco me había puesto a anotar teléfonos para llamar por si algo así llegaba a suceder. Me ha pasado de algún desencuentro con un chofer, pero no suele pasar de eso: 15 minutos, media hora, máximo. Me quedo ahí y tarde o temprano aparece. Pasa, es normal.

Aquí, no. Tras media hora de dar vueltas por la salida internacional y revisando todos los carteles y logos, y después de recibir ofertas de taxis, hoteles y de hacer llamados telefónicos (aquí hay una industria del “llamado por celular”), no me quedó otra opción que empezar a revisar el BlackBerry y toparme con un único teléfono a mano: el de la dirección del festival. Llamo, ocupado. Y así, varias veces. Finalmente me comunico y me dicen que van a averiguar qué pasó y que vuelva a llamar en cinco minutos.

Esperé diez –mientras seguía buscando mi apellido, o algo parecido, en un cartelito- y de vuelta una larga secuencia de “ocupados”. Finalmente, me atienden. “Solucionado”, pensé. “¿Cómo me dijo que era su nombre?”, me preguntan. Le digo. “¿Está usted seguro que viene al festival? Porque no lo tengo como invitado ni nada parecido. ¿A qué viene? ¿Está con alguna película?” Allí empecé a sentirme en un filme de ciencia ficción. O en “La Terminal”, de Spielberg. Le explico a la señora (ella muy amable, todo el tiempo, acá nunca dejan de ser amables aún para decirte que no existís, mientras yo trataba de mantener la calma) y ella me pide nombres, que le doy, al punto de que le menciono a Frank (quien me invitó y con el que arreglé todo el viaje) y me dice que no hay ningún Frank en el festival… What???

Finalmente coincidimos en Henry Laguado, el director del festival. Ok, haberlo mencionado me abrirá las puertas, pensé. Pero no. Henry tampoco parecía saber quién era yo, qué hacía ni para qué venía. La mayor ayuda de esta mujer fue pasarme el celular de Laguado para que yo siguiera usando mi BlackBerry desde el aeropuerto para resolver un problema que no era mío. Los que me conocen saben que suelo mantener la calma hasta en momentos en los que debería gritar, pero no quería romper la falsa cordialidad que establecimos con la señora y prometí llamarlo.

Finalmente, decidí que lo mejor era buscar directamente a Frank y volví a entrar al aeropuerto a conseguir una computadora. Tardó su tiempo, pero lo logré. ¿Qué pasó? Los emails a Frank me venían rebotados, no iban a ninguna parte. Mientras pensaba en cómo cambiar el pasaje para volverme de inmediato a Buenos Aires, le escribo a Henry un e-mail reenviando mi correspondencia con Frank. Espero. Nada. A los diez minutos decido volver a salir a ver si había venido la persona que debía recogerme, pero no encuentro a nadie. A todo esto ya había pasado más de una hora y media desde mi arribo. ¿Vale agregar que fue un vuelo de siete horas y que no dormí antes de salir porqué llegué al aeropuerto a las 4.30am?

A falta de calamidades, la batería de mi celular muere y ya no sé para donde ir. Empiezo a pensar en elegir un hotel, tomarme un taxi e ir allí para luego tratar de resolver el asunto, pero tampoco me habían pintado a la ciudad como un lugar para recorrer sin demasiada idea de adonde ir y decido jugarme una última vez sacando y poniendo la batería del BB hasta que aparece un mensaje de una agencia de viajes donde me dicen que espere al chofer en un lugar al lado de la salida. Voy allí, espero otros diez minutos. Aparece.

Obviamente que las excusas amables no me convencieron en absoluto –imposibilidad de estacionar, confusión del lugar donde recogerme—pero, de última, su demora era lo que menos me molestaba. Me asustaba el hecho de no existir en un festival al que me habían invitado a venir. De hecho, cuando llegué al hotel a hacer el check-in (un bastante bien puesto pero tradicional hotel de la cadena Crowne-Plaza) suponía que mi nombre no iba a estar ahí. Pero sí, estaba. Y estaba todo en orden, con comidas pagas y más de lo que realmente pensaba.

Al rato aparece en el hotel el tal Frank y Jenny (ambos del ministerio de cultura, no del festival) y me ponen al día respecto a lo sucedido. Se disculpan por el error del auto (lo pidieron, confiaron y se fueron a almorzar) y yo les cuento que mi verdadero conflicto era el otro. Allí es donde me aclaran que mi taller es organizado por el Ministerio de Cultura y es una actividad que, si bien forma parte nominalmente del festival, está armado de forma paralela, casi sin injerencia por parte del evento. Ergo, la gente del festival no me tiene en ninguna planilla de nada. No estoy.

Allí es donde empiezan a contarme la historia del que tal vez sea el festival más desorganizado y caótico de la historia de los festivales, lo cual es llamativo porque es un evento que ya lleva 27 años y que nunca ha podido tener un mínimo de organización. Ellos, ayer, y hoy otras dos personas más (no nombrarlos me parece un gesto de proteger cierto off the record) me contaron tremendas anécdotas de descuidos del festival, entre las cuales tal vez la más memorable sea la visita de Chen Kaige, que vino, nadie le prestó atención ni parecía saber quién era, y terminó volviéndose a China a las 48 horas.

Sigo sin tener idea si hay un festival acá. Con todo el tiempo perdido se hizo de noche y terminé, con el stress y el cansancio acumulados, por quedarme en el hotel viendo noticias sobre Ecuador y pidiendo un excesivo room-service de cena casi en plan vengativo. Pasaron 36 horas de mi arribo y ni noticias. Ayer, antes de cenar, hablé con el tal Henry por teléfono, me pidió disculpas y me dijo que me iban a llamar a la noche para ir a una fiesta. De más está decir que nunca me llamaron.

Como esto ya se hizo muy largo, dejaré el resumen –bastante más amable y satisfactorio—de lo que fue, al menos hasta ahora (7pm de viernes aquí), la segunda jornada del festival. Peor que ayer no podía ser, y aún cuando tuve que almorzar escuchando a un tipo cantando canciones de Ricardo Arjona, comparando con lo que pasó ayer, me pareció lo más simpático del mundo…


6 comentarios:

monkiki dijo...

yo estuve recien en colombia, y desde el aeropuerto me parecio una de las experiencias mas desontroladas, nadie da respuestas claras,nadie sabe nada, todo son filas enormes, eso sin con una sonrisa, deberia estar acostumbrasda siendo de mexico pero nooooo, en colombia no fue muy bien en ese sentido... y yo que pensaba seguro el festival esta bueno, debe ser otra cosa, wrong! un beso y suerte por alla

Ayelén dijo...

Cadena de acontecimientos inesperados al estilo colombiano.
Lo de Arjona, creo yo, es causal de mala digestión.

Anónimo dijo...

Bogotá es una ciudad hermosa y organizada. Los barrios tienen un número según su nivel social (o sea su peligrosidad) y si andás en la zona 5 no te va a pasar nada. Hay una barrio que se llama Chicó que es tipo Palermo y ahí está la Zona T en la que podés comer bien (qué bien se come en Colombia) y ver chicas lindas (qué chicas más lindas hay en Bogotá) y visitar Armando Records un boliche muy lindo en una azotea.
Las direcciones son jodidas pero si sabés que "las calles" son las que corren paralelas a la montaña y las perpendiculares son las "carreras", es más fácil.
Espero que los datos sirvan y sí, el festival no existe. Abrazo.

Anónimo dijo...

Por alguna casualidad cibernética llegue a este blog y no pude evitar no comentar. Es casi una tragicomedia lo que te ha ocurrido, pero vas a ver que con los días la cosa mejora y si no existe festival, seguramente te llevarás varias anécdotas(ya tienes unas cuantas). Si en medio de todo esto te da para explorar un poco, la gastronomía puede ser una buena opción. Comida colombiana gourmet en la calle 69 con carrera 9, restaurante Local. Te lo recomiendo (ojo, ni accionista ni propietaria del lugar)

Por último aclarar que las calles son las perpendiculares a lo cerros y las carreras las paralelas y que en cualquier situación, un buen tinto - café - puede mejorar tu día.

Bienvenido a Bogotá ;)

Anónimo dijo...

Me olvidé de decir que así como no pude evitar comentar, tampoco puedo evitar preguntar por el diario de Bogotá parte 2.

juan pablo dijo...

Gracias a Dios existe el festival de cine de Santa Fe de Antioquía, el de Cartagena y ahora el de Cali, porque si algo hace falta en la capital de Colombia, eso es un festival de cine.