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22.3.10

Festival de Punta del Este: "Tres días con la familia", de Mar Coll


Venía premiada en los Goya y en el Festival de Málaga, con lo cual las expectativas a la hora de encarar "Tres días con la familia" ("Tres dies amb la familia", en el original catalán), la opera prima de la catalana Mar Coll, eran casi nulas. Sin embargo, casi todos los que la habían visto antes que yo en Punta del Este me la recomendaban con fervor. De hecho, había visto toda la competencia oficial para votar el premio de la crítica y me tuvieron que hacer una proyección especial de esta película que "tenía que ver".

Es cierto, claro, que si uno tiene la expectativa en cero, "Tres días..." puede resultar un prolijo drama familiar sobre los días que una extendida familia debe compartir tras la muerte del patriarca (el abuelo), siempre desde la perspectiva de una de las nietas, que ha dejado a la familia para irse a vivir a Toulouse. Pero si a uno le dicen que es de lo mejorcito del cine español de 2009 entonces, muchachos, el problema lo tienen ustedes.

Porque la película no es más que una especie de versión adormecida y como hecha para televisión de "Las horas del verano", de Olivier Assayas, y sin contar que la alta burguesía catalana --al menos por lo que se ve en esta película-- es mucho más aburrida y menos interesante que la francesa. Y ni hablar de los escándalos domésticos o el virtuosismo formal de otro realizador que viene haciendo filmes sobre familias disfuncionales como Arnaud Desplechin. "Tres días..." tiene algunos apuntes, digamos, minimalistas, que son interesantes de observar (algunos planos, especialmente; cruces de miradas), pero en el fondo ese minimalismo más bien parece el de una directora que planteó una situación sobre la que no hay mucho para explorar.

Suelo ser defensor del minimalismo, de los detalles, de las películas en las que muy poco parece suceder pero mucho transcurre "por debajo". El tema es que aquí no parece suceder nada que me interese, desde lo narrativo ni desde lo formal. Se puede decir, igual, que "Tres días..." es una película presentable, correcta, digna, profesional. Todos adjetivos que me tienen sin cuidado. Prefiero treinta segundos de un plano de las nubes en Perú o del polvo en las manos de los forenses en "Los condenados", de Isaki Lacuesta, que los problemas familiares banales de unos ricachones que se llevan tan mal que a una hasta se le da por... beber de más! Bah, en realidad prefiero ver los goles que Messi hace en el Barcelona durante los mismos 80 minutos...

¿Será Mar Coll la nueva Isabel Coixet?


21.3.10

Premios del Festival de Punta del Este


Jurado oficial:

MEJOR PELICULA - "Los famosos y los duendes de la muerte", de Esmir Filho (Brasil)

MEJOR DIRECTOR - Alejandro Fernández Almendras - "Huacho" (Chile)

MEJOR ACTRIZ - Alice Braga - "Cabeza a premio" (Brasil)

MEJOR ACTOR - Eduard Fernandez - "Tres días con la familia" (España)

Otros jurados:

PREMIO DEL PUBLICO - "Paco", de Diego Rafecas (Argentina)

PREMIO DE LA CRITICA - "Huacho", de Alejandro Fernández Almendras (Chile) Mi jurado...

PREMIO SIGNIS - "Cinco días sin Nora", de Mariana Chenillo (México)

18.3.10

Festival de Punta del Este - ¿Renovación en el cine brasileño?


Uno puede alegrarse cuando se encuentra una película como “Los famosos y los duendes de la muerte”, de Esmir Filho, y siente que algo está cambiando en la ficción brasileña, acaso la cinematografía que se reconvirtió menos en esta última década de renovación del cine latinoamericano, más allá de alguna que otra excepción (Karim Ainouz o Marcelo Gomes, cuya obra maestra conjunta “Viajo porque preciso, vuelvo porque te amo”, está también en el festival, aunque no puede definírsela del todo como ficción). Sin embargo, esta película premiada en el Festival de Río de Janeiro, no es verdaderamente una revolución sino, más bien, la adaptación local de una serie de formatos ya probados del llamado “cine juvenil”.

Al transcurrir en una zona de Brasil que no se ve habitualmente en el cine (una pequeña colonia alemana de Rio Grande do Sul), lo primero que llama la atención es el cambio de escenografía y personajes: frío, poca luz, chicos rubios. Y la música original que remite a los cantautores norteamericanos (cantan en inglés) y un leit-motiv musical que no es otro que del propio Bob Dylan, una elección acaso algo incongruente para los personajes y la generación que el filme retrata.

“Los famosos…” es una de esas historias de adolescentes incomprendidos que viven en una ciudad sin contacto con el mundo. Blogs, internet, videítos caseros subidos a la red, fotologs, etc: así tratan de superar el aburrimiento y la depresión de la vida allí. O imitando el sonido del tren pasar. O fumando “maconha”. O, bueno, poniendo cara de estar actuando en una película del Gus Van Sant de la primera época (“Mi mundo privado”, especialmente) o pensando que del otro lado hay programadores del Festival de Sundance.

El gran problema del lugar es la ola de suicidios. Pero Filho no transforma el asunto en un drama social convencional. Maneja otro registro: descriptivo, onírico, trata de crear el clima para entender porqué esas cosas pasan. Hay dos amigos, una madre, un “enemigo” que acecha desde las sombras, el sueño de ir a ver a Dylan y la sensación de que buena parte de lo que vemos bordea lo irreal, el sueño, la pesadilla.

Por eso, lo agradable de apreciar esa diferencia con la gran mayoría del cine de ficción de Brasil (Ainouz y Gomes también trabajan un registro, si se quiere, impresionista) no quita que la película sea algo remanida narrativamente, pretenciosa formalmente, obvia en algunos de sus planteos (un puente funciona como metáfora de casi todo) y con esa depresión glamorosa que a mí, al menos, me fastidia horrores. Pese a lo que plantea en su texto la película, con sus imágenes da la impresión de que suicidarse termina siendo algo cool y apto para un videoclip tristón de un cantautor como Elliott Smith o Jay Bennett.

“Los famosos y los duendes de la muerte” es una película meritoria y más cuando uno se topa con el director, que parece recién haber cumplido los 21. Es, acaso también por la edad, una película muy referencial, deudora de sus mayores, de influencias evidentes. Se puede suponer que, en unos años, ya más despegado de esas “lecturas”, su propio cine empiece a tomar forma y a crear, sí, un estilo cinematográfico personal. El mundo a retratar parece tenerlo. O, al menos, entenderlo.

17.3.10

Festival de Punta del Este - La escala humana



Hay algo que tienen los festivales chicos que los hace irresistibles a los que transitamos por eventos más grandes o que hemos visto al BAFICI transformarse en una suerte de pequeño monstruo: nos traen nostalgia, nos devuelven cierto encanto de la idea del festival como un encuentro de gente, de conversación, de anécdotas y de películas. Pero no películas en el sentido acumulativo “hoy yo vi esta que vos no viste” o algo así. Hay, por día, unas pocas películas para ver y la mayoría de los invitados, jurados, periodistas, directores y actores van a ver las mismas. Y esas son tema de conversación.

Tal vez no sea tan obvio para los cineastas, que muchas veces se manejan con más tiempo libre que los críticos/periodistas durante los festivales, pero sí lo es para nosotros, que solemos desconocer el concepto de “almuerzo”, cenamos pidiendo comida a las apuradas antes que cierren la cocina de los restaurantes y que podemos estar en una ciudad como Berlín sin salir de un edificio (que tiene cine, sala de prensa, etc, etc) durante 8 o 9 horas, apenas dándonos cuenta que hay una ciudad alrededor.

Un festival como el de Punta del Este otorga, más allá de sus problemas, esa posibilidad. Y lo hace sin llegar al otro extremo que es el de transformarse en una colonia de vacaciones que descuida por completo la programación. No, aquí se pasan las últimas películas de Claire Denis, Miguel Gomes, Isaki Lacuesta, Karim Ainouz, Matías Piñeiro, Mia Hansen-Love, entre otros, sin la necesidad de apretar una programación como si fuera un supermercado.
Uno puede desayunar, ver una película, almorzar tranquilamente, ver una o dos más, o salir a caminar y luego cenar y tomar unas copas, balanceando a la perfección la posibilidad de descubrir cine sin la sensación de agotamiento físico. El cine deja de ser una maratón en la que uno corre de sala en sala casi sin saber lo que ve, con poco tiempo para reflexionar, para transformarse en un cúmulo de experiencias compartidas. “Una conversación”, como decía ayer Gustavo Noriega en una interesante mesa redonda sobre la crítica, que lo tenía a él y a Diego Trerotola como invitados, entre otros (más sobre eso, mañana).

Hay festivales que dominan esto a la perfección, como Viena por ejemplo, que es de una programación ejemplar pero no abrumadora. Bajando en escala se puede encontrar a Gijón, en España, y al menos en mi experiencia, lo poco que duró el FICCO mexicano y otros festivales más (tampoco conozco tantos pequeños: mi trabajo me lleva por lo general a los grandes).
Punta del Este, es cierto, todavía no puede compararse con ninguno de ellos. Si bien la programación es bastante buena, la proyección en las salas deja bastante que desear y muy poca gente concurre a las funciones. Pero el festival se ocupa de que los que están trabajando --o ejerciendo funciones como jurado, como es mi caso-- tengamos la mayoría de los problemas resueltos, desde traslados a comidas, desde entradas películas a computadoras con wifi (si bien la conexión en este cuarto va y viene, pero dejémoslo ahí). Una conferencia de prensa de FRANCIA, con Natalia Oreiro, puede demorarse media hora y nadie explota ni enloquece. De hecho, la conferencia en sí es tan relajada y desprovista del quilombo que sería en Buenos Aires, que uno termina haciendo preguntas (algo que nunca hago en conferencias), sólo para tapar los baches y silencios.

No es que uno pretenda que el BAFICI vuelva a ser esto. De hecho, nunca lo fue. Pero en la pérdida de la escala humana, en la repartija de credenciales, invitaciones, exclusividades, dispersiones, y varios etcéteras, un festival pasa a ser una caja de resonancia de la industria o del cine al que representa.

Seamos claros: no me interesa que el BAFICI sea como Punta del Este, pero sí que se recupere su humanidad, la posibilidad de interactuar con las personas y dejar de estar tercerizados por los medios a los que representamos (ahora es más bien algo así como “leí que escribiste tal cosa”).
Y ese eco entre un festival y un cine es un reflejo de los intereses que hay en juego. En los festivales de Chile, Uruguay y México en los que estuve (nunca fui a Guadalajara, así que no opino de eso), siempre tuve la sensación de “comunidad”, de comunicación. En BAFICI, pese a que conozco a más personas que en todos los demás festivales juntos, ya no lo siento.

Acá, hoy, en Punta del Este, un festival en el que Pablo Stoll presenta las películas, Adrián Biniez ve todo lo que circula (los dos cineastas uruguayos más premiados de ¿todos los tiempos?) y uno no termina de marcar diferencias entre críticos y programadores (algo que pasa en varios países del mundo), las películas se comentan, los universos se cruzan e intercambian, la convivencia entre los distintos submundos del universo festivalero es sana, agradable, humana.


Siendo invitado a Punta del Este tuve la programación de las películas que tenía que ver días o semanas antes de que se dieran en conferencia de prensa. Siendo jurado en el BAFICI todo se guarda bajo cuatro llaves (le preguntás algo a un programador y, por más que te conoce hace 20 años, te mira con cara de "¿cómo me vas a preguntar algo asi?", como si uno fuera a publicar todo lo que le dicen), como si los periodistas fuéramos enemigos hasta no demostrar lo contrario. Esto es: escribiendo suplementos especiales oportunos (de los que salen el día que hay que empezar a vender entradas), redactando el día que la organización necesita que las cosas salgan publicadas, y así.

Punta del Este no es ni el 10% de lo que es el BAFICI: en infraestructura, en películas, en nada. Pero es un festival de caras, cuerpos, rostros, conversaciones, almuerzos, salidas, películas, discusiones, anécdotas; eventos donde se generan amistades, situaciones peculiares (haber estado cenando con Daniel Fanego y María Fiorentino hablando del rodaje de “Los condenados” durante horas, por ejemplo) y conexiones humanas.


El BAFICI lo tuvo en algún momento, pero cada vez más, es un mecanismo, un sistema, una empresa, una productora, un aporte a la mitificación de que esto que hacemos -o esto en lo que estamos metidos- es cuestión de vida o muerte. Y no, amigos, no lo es. Al menos, nadie me avisó si las cosas cambiaron.


PD. Si no comento películas en este post es porque las dos que vi ayer me decepcionaron y ni siquiera me motiva escribir sobre ellas.