Mostrando las entradas con la etiqueta debates. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta debates. Mostrar todas las entradas

26.7.10

Una semana en Córdoba, con críticos


No voy a hacer un racconto día a día, hora a hora, de la Semana de la Crítica. Prefiero, como dije más de una vez en las dos mesas redondas en las que participé, compartir las sensaciones que me provocó la experiencia cordobesa.

Primero, se descuentan todos los agradecimientos: a Roger, principalmente, con el que cada día nos vamos dando cuenta que tenemos más coincidencias de las que imaginamos (lo de "El sacrificio" de Tarkovsky en el cine de la calle Florida me mató...) y a todos los demás que formaron parte del equipo de producción del evento, en cada caso, cada área, cada tema.

Debo decir que, cuando acepté la invitación de Koza, lo hice a partir de las ganas de venir a Córdoba unos días y tomando mi papel como "disertante" y presentador de un filme como algo secundario. Al final, casi no conocí la ciudad --el centro, las peatonales, un videoclub, tres bares, un restaurante y no mucho más--, y la otra parte cobró un peso y un disfrute insospechados. No podría asegurarlo todavía, pero ahora siento que me devolvió un poco cierta fe perdida en mi relación con el cine y con la cinefilia.

He pasado por debates y conferencias y tengo una relativa gimnasia para manejarme en esos terrenos. Hay una suerte de respuestas prefabricadas que uno utiliza para ciertas preguntas que también abordan tópicos que a uno se le hacen algo reiterativos. Pero la "previsibilidad" fue abriendo paso a otro tipo de experiencia. Y, creo ahora, los motivos fueron dos.

Por un lado, los seminarios. La Semana de la Crítica tuvo dos, uno de Quintín y otro de Jonathan Rosenbaum (Gonzalo Maza, que no pudo venir, Koza y yo no teníamos). Q. se centró en Manny Farber, pero con un largo paréntesis que le dedicó a Manuel Puig, ya que era un tema en el que venía trabajando, obsesivamente, durante las últimas semanas preparando la nota que salió en Ñ el sábado pasado. Y lo de Rosenbaum fue más "free form": un poco de autobiografía, muchas preguntas de la gente y varios temas ligados a su carrera, gusto y profesión.

En el seminario de Quintín fui, por momentos, traductor de Rosenbaum, sentado al lado y tratando de transformar en un inglés comprensible el pensamiento siempre lateral de Q. Y, en el de Rosenbaum, fui también por momentos, traductor de Jonathan para los asistentes. No era la idea original, pero de entrada se fueron dando cuenta los organizadores que, por más buenas voluntad que ponían las dos traductoras, les resultaba complicadísima la tarea, en especial por las incontables referencias a películas y directores.

Eso me hizo estar 100% atento a todo lo que se dijo en esas charlas y lo que noté fue que todavía había vías y caminos para desarrollar(me) en términos de mi relación con el pensamiento y la escritura cinematográfica. A Q. lo conozco hace casi 20 años y a JR hace diez --y a ambos los leo hace igual o más cantidad de tiempo--, así que no me sorprendieron todos sus comentarios. Pero sí fui encontrando --gracias a determinadas observaciones y en la muy inteligente participación del público-- algunas callejuelas para recorrer.

La lectura de Farber, de parte de Q. y JR, me hizo salir corriendo a buscar más cosas suyas (leí algunas, me faltan miles) y me volvió a plantear un desafío personal en lo que respecta a la crítica cinematográfica, especialmente cuando uno cae en momentos de "deja vu", de rutina y cansancio. Con las ponencias de Rosenbaum volví a recuperar algo que es parte fundamental de mi idea de la labor del crítico --la importancia de la subjetividad, entre otras cosas--, muchas veces obstruidas por el trabajo en un medio impersonal y en un blog al que no puedo dedicarle el tiempo que quisiera.

Lo que dijo Q. me servirá para conectar los seminarios con las mesas redondas en las que las "cuatro estrellas" (admito que la venta y el poster de la Semana me dio bastante pudor...) participamos. Con Quintín siempre, o casi siempre, tuve una buena relación. Sus ideas sobre el cine son siempre francas, por momentos brutales, van de la provocación al conflicto y muy pocas veces eligen los caminos recorridos, las salidas sencillas, la armonía del consenso. Eso, lo sabemos todos los que lo conocemos, provoca tanta admiración como rechazo, genera fascinación y acusaciones de todo tipo y color.

Suelo estar de acuerdo en muchas cosas con él y en otras, no tanto. Pero lo que es innegable, no sólo es la solidez con la que expone sus ideas, sino su condición de polemista magnífico, un tipo que saca cualquier mesa redonda del facilismo de la respuesta de manual. El tipo se contradice, permanentemente (y justifica sus contradicciones hasta convencerte de que no hay contradicción alguna, o que, si la hay, la única opción en la materia es ser contradictorio), está en desacuerdo con la mayor parte de las cosas que dicen no sólo sus colegas de mesa sino también el público y logra borrar en un segundo el clima de museo que acecha a todos estos eventos.

Magnífico animador de debates culturales, Q. te lleva a estar, en la medida de lo posible, a su altura, te obliga a "sacarte el cassette" y te plantea desafíos inesperados. Sería larguísimo detallar todo lo que se habló y debatió --algo está en La Lectora Provisoria y la gente del Cineclub prometió videos y desgrabaciones de las charlas--, pero en un momento Rosenbaum gritaba, Quintín se sacaba con una participante y yo entraba en una zona de confesiones que suelo guardar para el ámbito de lo privado. Hasta Roger, la más amable y centrada de las personas amables y centradas que conozco en todo el mundo (al menos, en lo público: el surmenage va por dentro, ja!) empezó a levantar la voz y lanzar frases altisonantes. Y este pequeño show no hizo que bajara, al menos en mi opinión, el nivel del debate. Le sacó el polvo, lo desacomodó del lugar común, lo humanizó. Y eso, finalmente, era lo que tenía que pasar.

También presentamos películas, pero casi ni vimos pelis allá. Las mesas y seminarios nos tomaban 6, 7 horas por día (de 11 a 20, con un break entre 16 y 18) y almuerzo, cena y alguna mínima visita a un videoclub maravilloso (regenteado por Alejandro Cozza, coconductor junto a Roger de un programa semanal de cine en la TV cordobesa) y a otro lugar notable (la librería Rubén) nos mantuvieron bastante ocupados.

Yo presenté "Belarmino", película portuguesa de 1964 dirigida por Fernando Lopes, uno de los filmes y cineastas claves del Novo Cinema portugués de los años '60 y '70, un documental sobre un boxeador en decadencia realizado mezclando elementos del cinema-verité y, si se quiere, del primer Casavettes. Y me pareció que la recepción fue buena. JR dio uno de los primeros filmes de Jean Renoir (otro JR), la poco vista "La nuit du carrefour", adaptación de una novela de Georges Simenon; mientras que Q. dio la mucho más conocida "The Big Sleep", de Howard Hawks, más que nada porque es un filme del que habla Farber en su libro, "Negative Space" y que, al verlo, nos sirvió para descubrir (al menos nosotros, tal vez alguien lo había descubierto antes), un error en la apreciación "farberiana" de una escena del filme que él usa para ejemplificar su teoría del "arte termina vs. el arte elefante blanco".

Mientras me pongo a pensar en cómo voy a tratar a una película como "Inception/El origen" (tal vez en La Cumbre tenga otro título, Roger sabrá), en relación a estas ideas que circulan por mi cabeza, voy concluyendo estas líneas cordobesas, cuando ya es muy tarde, faltan pocas horas para subirme al avión y todo esto empieza a tomar la forma de un recuerdo. Ojalá, ese recuerdo, con el tiempo, cobre forma de epifanía.

8.2.10

Respuesta a Pablo Sirvén, por Juan Villegas (Otroscines)

Juan me mandó en los comments del post anterior un link a la nota original, pero no quedó bien linkeada y además no sé cuánta gente busca y revisa en los comments. Acá mando el link directo y, con su permiso, reproduzco su nota-respuesta a Sirvén.

Por Juan Villegas
El señor Sirven, desde su habitual columna de los domingos en el diario La Nación, (se puede leer aquí) vuelve a agredir a al cine independiente argentino de bajo presupuesto. Esta respuesta no debería hacer falta, ya que muchas de las propias películas que él desprecia no hacen otra cosa que demostrar la vitalidad y la proyección de ese cine, calificado por Sirven como “los bodrios más notables que se hayan visto por estas tierras” o “películas de principiantes o de elitistas pretenciosos”.

Obviamente, se ocupa de no dar ejemplos y plantear su hipótesis reduciendo a todas esas películas en una generalidad falsa y tramposa, oponiendo el éxito circunstancial de El secreto de sus ojos, como ejemplo a seguir. Al no particularizar, está poniendo en esa bolsa a las películas de Lucrecia Martel, Lisandro Alonso, Gustavo Fontán, Anahí Berneri, Julia Solomonoff, Ezequiel Acuña, Celina Murga, Martín Rejtman, Pablo Fendrik y tantos otras, muchas de ellas óperas primas, que pueblan las programaciones de los más importantes festivales de cine del mundo.

Sirvén podrá decir que lo que yo nombro son excepciones, con las cuales él estaría de acuerdo en muchos casos. El problema es que, al no particularizar, no se sabe de qué ni de quién está hablando. Por otra parte, los argumentos de Srivén no son estéticos, sino de otro orden ¿Cómo deberíamos calificar una frase como esta: “tanta peliculita gris, chata, sin argumento, sin elenco, sin dirección”? Para Sirvén, la prueba de la falta de calidad de una película estaría dada por la cantidad escasa de espectadores ¿Merece una refutación este concepto? Creo que la historia del cine responde por sí sola.

Por otra parte, no entiendo por qué, en una nota que supuestamente analiza el estado de situación del cine argentino y propone un modelo estético y productivo a seguir, se ataca a los directores y productores que no lograron alcanzar las 10.000 entradas vendidas con sus películas. Pensemos un poco. Si alguien no llega a esa cifra, puede ser por dos razones: porque no quiso o porque no pudo. Si no quiso, es porque decidió resignar una ganancia económica o resguardar la exhibición sólo a un tipo de público ¿Cuál es el problema? El que pierde plata es él, por propia voluntad, o porque los números le cerraban sin la necesidad de superar esa cantidad de espectadores, posiblemente porque la película sea de bajo presupuesto y el lanzamiento reducido. O tal vez porque ha conseguido ser financiada por otos medios: fondos de ayuda internacionales, premios en festivales, distribución internacional, ventas a TV. Si no pudo, es porque el público no respondió como pensaba. Se sabe que el negocio del cine tiene siempre esa variable. Ahora, encima que alguien pierde plata, ¿es necesario atacarlo? Pensado esto, es fácil darse cuenta de que el verdadero objetivo de la nota de Sirvén, amparándose en el éxito y la candidatura de El secreto de sus ojos al Oscar, es tomar posición en relación a la política cinematográfica que debe adoptar el INCAA. Vayamos entonces a eso, porque hay varias cosas para decir.

Por un lado, Sirvén esconde parte de la verdad. En ningún momento dice, por ejemplo, que la película de Campanella se lleva del INCAA más que ninguna otra producción argentina. Esto es importante, porque en el tono de algunas de sus afirmaciones se adivina un deseo de escandalizar al lector por el uso de dineros públicos, como cuando dice, refiriéndose a las películas más experimentales: “total ya tienen sus gastos cubiertos y viven del torrente de billetes que expele el INCAA, cuyo presupuesto asciende a 250 millones de pesos.” Sospecho que muchos lectores de La Nación no saben que los productores de El secreto de tus ojos, que posee un aparato de comercialización y opciones de financiación notables, cobran 3.500.000 pesos de subsidio del INCAA. Me apuro a decir que esto no es una denuncia, ya que lo hacen dentro del marco de la ley vigente, por lo que cada peso cobrado no merece reproche. Lo que sí discuto es el uso que Srivén hace del éxito de El secreto de sus ojos para festejar la poco feliz medida del INCAA de impedir la presentación por Segunda Vía de proyectos de directores debutantes. Sería demasiado engorroso detenernos acá en cuestiones técnicas, para entrar en una discusión a fondo sobre cuál debería ser la política de fomento del Instituto. Solo quiero decir que este impedimento me parece un paso atrás, luego de otras medidas muy interesantes, como la regularidad en las convocatorias de concursos de largometrajes y cortometrajes, así como la creación de una vía de fomento para largometrajes digitales. Es cierto que ahora, al crearse esta limitación para las primeras películas, se amplió la cantidad de premios para el concurso de óperas primas. Sin embargo, creo que el daño para productores que apuestan por óperas primas (para presentar en Primera Vía hay que tener cinco películas producidas o tres en los últimos cuatro años) y para los propios óperaprimistas puede llegar a ser muy alto.

Por otra parte, esta medida deja en evidencia una discriminación no conveniente entre productores con muchas películas y los que recién empiezan. Hubiera sido bueno, al menos, que se permita “preclasificar” en Segunda Vía a los directores de primeras películas pero sin la posibilidad de optar por el pedido de crédito. De esta forma, se estaría alentando a que se presenten a los concursos (donde pueden tener la plata disponible para el rodaje, en vez de tener que esperar al estreno comercial para empezar a recaudar subsidios). Lo que me resulta inadmisible es negarle la posibilidad de acceder a una preclasificación “de interés” a un productor con poca experiencia con un director nuevo, aún cuando este quiera optar por financiar su película por su cuenta, por ejemplo. Y pregunto: ¿por qué, entonces, los productores habilitados para Primera Vía sí pueden presentar óperas primas? Las respuestas posibles son dos. 1. Los proyectos que ellos presentarían no ganarían los concursos, porque son óperas primas de carácter más industrial. 2. Quieren guardarse para ellos el beneficio de descubrir nuevos talentos. Ambas me parecen insostenibles.

Creo, sin embargo, que las intenciones de las autoridades del INCAA no son, como pretende hacernos creer Sirvén, eliminar el cine de autor independiente de bajo presupuesto. Creo, solamente, que se trata de una medida tomada con la intención de controlar el flujo de proyectos, para hacer más viable la producción de aquellas películas que sí logran obtener el apoyo del organismo. Digo con esto que creo que, aún cuando me parece que se equivocó el camino, estas nuevas resoluciones tendrían un fin noble. El tiempo, tal vez, dirá qué resultados trae. Más allá de que me resultaba importante detenerme en este punto, el motivo de este texto es señalar las limitaciones y equívocos del artículo de Sirvén. Resulta triste que un espacio de un diario tan importante, que debería servir para la reflexión sobre tendencias en el cine argentino o para una sincera discusión estética, sea usado para fogonear un concepto populista de la política de fomento, insultando irresponsablemente a directores de cine de varias generaciones, que intentan (y lo logran en muchos casos) hacer un cine personal, original, moderno, creativo y arriesgado; y poniendo injustificadamente en el lugar de la sospecha a productores independientes que arriesgan su prestigio y su capital, apostando todos los días con su trabajo y su conocimiento al desarrollo de una cinematografía libre y pujante, la aparición de nuevos directores y la tan necesaria diversidad cultural.


26.5.09

Cannes: balance a ciegas (Parte 2)


Obviamente me quedé pensando y elaborando algunas ideas después de los comentarios acerca del "sensacionalismo de autor" (¿será un buen término ese para reemplazar el de "shock value"?) que buscan los festivales y se me ocurrió que el asunto es bastante más "peligroso" que la posibilidad o no de entrar en la Competencia de Cannes o de algún festival grande. Iré, punto por punto, como hacen algunos colegas, más que nada porque son ideas sueltas que no termino de organizar del todo bien.

Para los que les preocupan estas cosas, hay "spoilers" pero de películas algo viejas...


1.- El cineasta que busca productor necesita convencerlo con un concepto fuerte. Ahí nace el problema y no en lo que elige Thierry Fremaux. Si en Hollywood, el "pitch" es contar una historia en 25 palabras y que la entienda Doña Rosa, el autor de "cine arte" debe impresionar a su posible financista con algún arma poderosa para diferenciarse del resto. Más allá de lo que me parezcan las películas en sí (algunas de las que mencionaré me gustan, otras no), calculo que hay ideas que son más "vendibles" que otras. No es lo mismo decir que vas a hacer una película sobre una comunidad menonita en el medio de México que decir que vas a hacer una que incluye ¡una resurrección!

2.- "¿Cómo me distingo como cineasta, como vendo mi película a un distribuidor internacional, como marco mi territorio entre cientos o miles de cineastas emergentes de países idem?" Es un largo proceso de convencer a gente: productores, fundaciones, festivales, críticos, distribuidores, exhibidores. Hay que darles "algo de que agarrarse". Voy a ser tal vez un poco cruel con esto, pero me temo que las entradas de Lisandro Alonso a Cannes pudieron haber sido "ayudadas" por lo shockeante de algunas escenas de sus películas. Y hasta Albert Serra "vende" un producto por "el lado opuesto": el Quijote, los Reyes Magos, ahora Drácula, todo en versión Serra. Ya es una marca, por más que sus películas nos gusten.

3.- Muchos de los autores venden sus ejercicios de crueldad amparados en la excusa de un crudo realismo y muchos espectadores/críticos las compran bajo la excusa de "así son las cosas". Me parece terriblemente falso.

4.- El otro día discutía con un colega sobre una escena de "La sangre brota", de Pablo Fendrik. Es una en la que una madre que tiene un bebé aparentemente enfermo lo deja en un carro de supermercado, se va, sale de cuadro, la cámara se queda con el bebé llorando, y tras medio minuto ella vuelve y se lo lleva. En la discusión, como suele pasar entre críticos, surgió el ya remanido tema de la abyección. De hecho, en su momento, la escena me molestó un poco, pero no lo suficiente como para anular el interés que me provocaba la película. Pero la pregunta es: ¿hace falta dejar al bebé llorando un minuto en pos de capturar la atención del espectador?

5.- Me siento como en la necesidad de aclarar que no estoy contra la truculencia en cine "per se". Al contrario, dentro de un código de referencias que la puede albergar (generalmente ligado al cine de género o todo lo que sea cita, "movie-movie" o aún ciertas películas o cineastas que lo saben manejar de manera sutil, caso Cronenberg, o por tomar un ejemplo reciente, "Iraqi Short Films", de Mauro Andrizzi), me divierte, me entretiene, me gusta. Lo que no soporto es lo expresado en el punto 3.

6.- Dicen las malas lenguas que el actor de "El espejo", Oleg Yankovsky, que murió el fin de semana, lo hizo luego de enterarse que Lars von Trier le dedicó "Antichrist" a Tarkovsky y que dijo que el director ruso y en especial "El espejo", le cambiaron la vida... (chiste grueso, lo sé)

7.- Empecé a ver una película de Cannes que me pasaron el otro día en DVD. Si este semibodrio de la Quincena recibió alguna calificación de "6" por parte de los votantes, no quiero ni pensar lo terribles que son las que van de 5 para abajo...

8.- Volviendo a los procesos que deben atravesar los cineastas hasta llegar a estrenar su película: no olvidar la presentación de guiones en los correspondientes concursos o institutos de cinematografía nacionales. De vuelta: ¿cómo se destaca ahí un pitch o un guión o lo que sea? Me imagino que --salvo que seas consagrado o "amigo del juez"-- hay que hacerlo con elementos similares: el final de "El custodio", el tema de "XXY", etc. Seguro que hay muchas más, muchas que no necesitan "elementos fuertes", pero esas son de las que menos se habla...

Nota: no vi la película de Kore-eda a la cual pertenece la foto, pero lo de la muñeca inflable...







25.1.09

"The Reader": crítico vs. guionista


En "The Guardian", el crítico Peter Bradshaw destrozó la película de Stephen Daldry "The Reader", cuyo guión fue escrito por el reconocido autor David Hare. El propio Hare le respondió brutalmente a Bradshaw. Y ahora es Bradshaw el que recoge el guante y sigue la discusión, que me parece interesante. En la nota de Bradsaw hay links tanto a su crítica como a otras críticas, y también a la respuesta de Hare. En inglés, claro...

By Peter Bradhsaw

Some weeks ago, I wrote about Stephen Daldry's movie The Reader, the story of Michael, a teenage boy in 1950s Germany, who has an affair with an older woman, Hanna Schmitz, played by Kate Winslet, who likes him to read aloud to her. He discovers in later adulthood that this woman had kept from him a terrible secret. She was a camp guard at Auschwitz.

In my review, I absented myself from the broad critical consensus that this film was a good thing. Despite the supremely high calibre of its contributors - and with Kate Winslet as star, Stephen Daldry as director and David Hare as writer, this surely is a triple-A-team we're talking about - I felt it was a glib, facile film in which the Holocaust is questionably invoked to lend depth to a tale of titillation and sentimentality.

This view was contested in our letters page by Professor Julian Dodd of the University of Manchester and in today's paper you can read the transcript of an onstage discussion with David Hare himself, the film's screenwriter who adapted the original novel by Bernhard Schlink, hosted by my colleague Michael Billington. In this, Hare gives my review a withering response, which I confess, on first reading, put me in mind of the maxim of the author, comedian and Palestinian activist Jeremy Hardy: sarcasm is the highest form of wit - I don't think.

As far as The Reader goes, I am certainly in a minority, but not a minority of one. Here you can read Manohla Dargis in the New York Times and Anthony Lane in the New Yorker.

Admirers of the film raise what they see as the film's central issue. In Germany, ordinary people with ordinary lives, people who did not have devil-horns and a tail - ordinary, decent people like you and me, in fact - were effectively complicit under various levels of coercion in various levels of evil. I agree with what I take to be David Hare's point that this is a profoundly important question in European history; it is, in part, the question that Hanna flings at her judge: "What would you have done?"

But The Reader does not seriously engage with the question. In invoking the Holocaust, it bites off much more than it has any intention of chewing. Hanna's sympathetic ordinariness is lavishly established, but what exactly she is supposed to have done at Auschwitz and how exactly she feels about it later is cloudy. In fact, the issue becomes hardly more than a tragi-historical style accessory to a sexy and sad love story - allegedly made more poignant by Hanna's illiteracy - and whose ultimate importance turns out to be Michael's own personal journey of emotional healing in middle age.

Hanna, tremendously played by Winslet, is apparently guilty of monstrous acts, and the discovery of this guilt initally appears to supercharge the film with drama and importance. But we never get to see what exactly these monstrous acts were; she never shows any clear sign of understanding or repentance, and her silence on the subject of anti-Semitism is not challenged or even noticed. She is ashamed of her illiteracy - but not, it appears, particularly ashamed of having been a Nazi camp-guard. Even her final devastating act doesn't make her feelings entirely clear.

Now, Hanna's behaviour may have been entirely typical of those guilty of lower-level war-crimes. Like Hanna in the movie's trial-scene, they might have maintained a manner of bafflement and pain and defensiveness. Hanna was, after all, obeying orders. People like Hanna might well gone into a kind of denial, a willed amnesia - but there is no reason for a cinema audience to share that condition, however gallantly they sympathise with her illiteracy or need for love. I am here incidentally sticking to the idea that Hanna Schmitz is a fictional creation, entire of herself, despite reports that in Bernhard Schlink's original novel she may have been based on the real-life Buchenwald guard Ilse Koch. Reading about Koch is certainly a bracing lesson in historical reality after watching The Reader.

Of course, I wouldn't want Kate Winslet to play the part like a snarling Nazi, goosestepping back and forth across her apartment like Freddie Starr. The subtlety and clarity of her technique is a marvel. It always is. And this role, along with her performance in Revolutionary Road, lands a mighty double-whammy. But I couldn't sit still for the way her character's guilt-free vulnerability was romanticised and permitted to loom larger on screen than her (sketchily conceived) involvement in Auschwitz.

Professor Dodd, in his interesting and measured letter, says that the film's point "lies in demonstrating that vulnerability can play a part in leading one - anyone, perhaps - to commit acts of barely comprehensible wickedness." Perhaps so. But if by "vulnerability" we mean Hanna's illiteracy, well, it does not appear to be that which led her to acts of wickedness. It is rather that her continuing shame at this illiteracy leads her to confess, in court, to a specific wickedness of which she is in fact innocent. So as well as being beautiful and possessed of a pathetic yearning for literature, she has been wrongly convicted.

Brooding on The Reader after seeing it, I found myself thinking of CP Taylor's 1981 play Good, now filmed with Viggo Mortensen and Jason Isaacs. That is a play about how ordinary, decent people could allow themselves to be gathered up into Nazism, how they could find themselves donating their own reputations and modest achievements to shore up the Nazi power structure. That was a play which wanted to investigate the question of how ordinary people become evil - but unlike The Reader, Taylor's play ultimately wants to look evil in the face. He shows how people's ordinariness does not exempt them from seeing the truth about themselves: that it is the vanity and weakness and smugness that is present in all people - from the highest to the lowest, from the nicest to the nastiest - that makes them eligible for fascism. That is their "vulnerability".

And as it happens, I also can't help remembering David Hare's plays Plenty and Licking Hitler, whose power and subtlety far exceeded the contrived mawkishness of The Reader - plays which show how the past (specifically the past experience of World War Two) lives powerfully and vividly and relevantly in the present.


24.9.08

"El Padrino", la mejor película según la encuesta de Empire


Una encuesta curiosa por la proporcionalidad de los votantes: 50 críticos, 150 cineastas y personalidades del mundo del cine y 10.000 lectores conformaron el grupo de gente que votó en la encuesta de las 500 mejores películas de la historia hecha por la revista británica de cine Empire. Como dirían por ahí, este tipo de muestreo no sirve para nada. Digamos que es una selección hecha por los lectores "disfrazada" al poner una cantidad de personas conocidas que, en definitiva, apenas suman el 2 por ciento de los votos. Deberían haberla hecho con lectores y ya. O al revés. O bien, que la proporción sea algo más equilibrada.

Es cierto también que la gente que se dedica al cine sobre el total de las personas interesadas en él puede que sea aún inferior a ese dos por ciento. Pero de cualquier manera el muestreo es absurdo: que hayan votado Quentin Tarantino o Mike Leigh no hace a la diferencia. Sigue siendo más interesante --como experimento-- las encuestas entre lectores por un lado y "gente de cine" por otro. No porque una sea calificada y la otra no, sino para observar los distintos parámetros y los intereses comunes y diferentes que existen.

Armense de paciencia de ir avanzando página por página, si quieren leer aquí los 500 nombres.

Si se conforman con el simple Top Ten, aquí va:

1.- The Godfather/El padrino
2.- Los cazadores del arca perdida/Raiders of the Lost Ark

3.- El imperio contraataca/The Empire Strikes Back

4.- Sueños de libertad/The Shawshank Redemption (!!!)

5.- Tiburón/Jaws
6.- Buenos muchachos/Goodfellas
7.- Apocalípsis Ahora/Apocalypse Now
8.- Cantando bajo la lluvia/Singin' in the Rain

9.- Tiempos violentos/Pulp Fiction

10.- El club de la pelea/Fight Club

13.9.08

Sight & Sound: Who Needs Critics?


EL PAÍS y el cine

MIGUEL MARÍAS FRANCO, JOSÉ LUIS GUERÍN, VÍCTOR ERICE, ÁLVARO ARROBA MARTÍNEZ (y 100 firmas más pertenecientes al ámbito cinematográfico)

13/09/2008

Una vez más, EL PAÍS da cuenta del desarrollo de uno de los principales festivales cinematográficos desdeñando casi todo lo que en ellos se ofrece de innovador o arriesgado, y propagando la idea de que la mayor parte del llamado "cine de autor" que hoy se hace en el mundo carece de interés. En el caso de la reciente Mostra de Venecia, el cronista de turno, Carlos Boyero, imitándose a sí mismo -tratando de tarados, cursis, snobs, plastas y otras lindezas a cuantos cineastas y críticos puedan discrepar de sus opiniones-, además de reiterarnos día tras día su inmenso hastío, no ha tenido reparo alguno en pregonar su abandono de la proyección de la última película de Abbas Kiarostami. Una anécdota que pone en evidencia que su protagonista no sólo ha renunciado a la crítica, sino que ha faltado a su deber como informador, demostrando su falta de respeto hacia los lectores.

Pero hay más: ya puesto, el cronista advierte a los distribuidores españoles del mal que les acecha si se deciden a importar esta clase de películas, conminando a los exhibidores a no programarlas. Grave actitud, que se parece mucho a una censura previa, y que, de prosperar, privaría a los espectadores de ver y juzgar por sí mismos. Se trata de un asunto mayor, de estricta política cinematográfica, ante el cual lo esencial no es tanto el punto de vista del redactor como el del medio al cual representa.

En la difícil situación que en tantos aspectos atraviesa hoy el cine español -particularmente en el de la producción y difusión de las películas más interesantes que se vienen haciendo entre nosotros-, sería justo y necesario, para que sus lectores sepan a qué atenerse, conocer cuál es la verdadera actitud de EL PAÍS a este respecto. Aclarar si su postura coincide básicamente con la que se desprende de los textos de su cronista. Si el acuerdo de una u otra manera existiera, estaría algo más claro cuál es el sentido de su compromiso primero: apoyar de tarde en tarde, a modo de detalle redentor, algún asomo de diversidad para dedicarse sobre todo a sostener y publicitar la producción cinematográfica más acorde -salvo las excepciones de rigor- con el dictado mayoritario de los ejecutivos de televisión y los intereses de aquellos productores, distribuidores y exhibidores que determinan el destino de nuestro cine.



8.9.08

Film Criticism in the Age of the Internet: A Critical Symposium

Una serie de críticos en su mayoría norteamericanos --Kent Jones, Jonathan Rosenbaum, Jim Hoberman, Stephanie Zacharek, Glenn Kenny, Amy Taubin, Adrian Martin y varios otros-- participaron en una encuesta sobre la crítica de cine en "la era de internet" que se puede leer, en inglés, claro, aquí. La encuesta/debate salió publicada en la revista Cineaste.

6.9.08

¿Te gusta la música 'indie'?: tienes poca autoestima

Un estudio realizado a 36.000 voluntarios establece vínculos entre personalidad y gustos musicales

REUTERS - Londres - 05/09/2008

Los aficionados a la música clásica y el jazz son creativos; los amantes del pop trabajadores y, a pesar de los esterotipos, los fans del heavy metal tienen un carácter suave. Es lo que afirma el profesor Adrian North, de la Universidad Heriot-Watt de Escocia, que ha estado estudiando las relaciones entre personalidad y gustos musicales.

"La gente a menudo define su sentido de la identidad a través de su gusto musical, sus prendas de vestir, la elecciones determinados bares para salir o el empleo de ciertas palabras del argot", señala North. "No es raro pensar que la personalidad pueda estar vinculada a las preferencias musicales", añade.

En lo que supone, según North, la mayor investigación sobre gustos musicales y personalidad, los científicos preguntaron a más de 36.000 personas de todo el mundo para evaluar cuánto les gustaban 104 estilos de música diferentes

"Los investigadores han mostrado desde hace décadas que los aficionados al rock y al rap son rebeldes, y que los fans de la opera son prósperos y bien educados", señala North, quien añade que "ésta es la primera vez que un estudio muestra vínculos entre la personalidad y el gusto por un amplio abanico de estilos musicales".

Jazz, blues...

El estudio concluye que aquéllos que se decantan por el jazz y la música clásica son creativos y tienen una alta autoestima, aunque los primeros son extrovertidos y los segundos tímidos. Los aficionados al country tienden a trabajar duro y a la timidez, mientras que los fans del rap son extrovertidos y los amantes de la música independiente (indie) carecen de autoestima y son huraños. Aquéllos a los que les gusta el soul pueden animarse: el estudio afirma que son creativos, extrovertidos, dulces y contentos consigo mismos y que, además, tienen la autoestima alta.

Si alguna vez usted se ha preguntado por qué los conductores de coches deportivos caros suelen escuchar música a todo volumen, North puede ofrecer una explicación: Los que escuchan música machacona son más propensos a pertenecer a una horquilla de ingresos elevados, mientras que aquéllos que escuchan sonidos relajantes tienden a situarse en la parte baja de la escala de sueldos.

North sigue buscando voluntarios que quieran participar en su estudio. Más detalles en www.peopleintomusic.com

Publicado en El País, el 5/9/08


31.8.08

Las lecciones del éxito de Suar



En su columna de domingo, Pablo Sirvén en "La Nación" habla del fenómeno comercial de la película de Adrián Suar, "Un novio para mi mujer" (que ya anda por los 600 mil espectadores) y, en el camino, utiliza ese éxito para apoyar la política comercial de las cadenas de multicines y, de paso, largar otra bofetada a "esos filmes experimentales y crípticos que el INCAA apoya hace años".

En el texto (que se puede leer aquí) el hombre se cuida muy bien de jamás mencionar a Lucrecia Martel --cuyo cine podría entrar tranquilamente entre lo que él considera críptico y experimental--, a la que le está yendo bastante mal con su tercera película, pero uno podría interpretar que la salteña cae en la volteada.

Más allá de los detalles específicos que hacen que la película de Adrián Suar no sea comparable a la media del cine argentino por su despliegue publicitario --el que, apostaría, es hasta superior a la media de las películas de Hollywood--, es innegable que el filme viene manteniendo un excelente "boca a boca", y en eso coincido con Sirvén.

Nadie en su sano juicio ha cuestionado la validez y necesidad de este tipo de películas --en especial cuando tienen una digna factura y un evidente cuidado en la propuesta--, lo que sí se discute es otro tipo de cine, que bien apela a subsidios en base a amiguismos y prebendas, o bien que busca el éxito comercial con el mínimo esfuerzo creativo y suponiendo que con dos caritas de la tele y una "franquicia" en desuso se convence a los espectadores de alejarse de "Batman".

Hay un par de temas debatibles en este argumento. ¿Por qué el éxito de Suar debería impedir que se subsidien películas "de riesgo"? ¿No se supone que esa es la misión del Estado? De hecho, hasta se podría pensar exactamente lo contrario. Que películas como "Un novio..." funcionan tan bien con las reglas "de libre mercado" que el apoyo debería ir para las otras. ¿No se supone que un Estado debe apoyar a las empresas (Pymes, digamos) que necesitan incentivos fiscales o ayudas para poder funcionar en un mercado dominado por grandes compañías?

Más allá de que hay otros problemas en la Ley de Cine que hacen falta revisar (apoyar al cine, subsidiarlo, no debería tampoco transformarlo en una puerta abierta al "negociado"), no creo que haya contradicción alguna en que se combinen varios tipos de películas en una industria como la nuestra. ¿Por qué desacreditar el trabajo de cineastas argentinos que consiguieron meter más de media docena de películas en Cannes en pos de defender el éxito de la película de Suar? ¿Quién asegura que funcionarán veinte comedias románticas por año, especialmente si no tienen el apoyo publicitario y la producción de la película de Suar?

¿Quieren que cite nombres de fracasos sólo de los últimos doce meses, de películas a las que yo no llamaría crípticas y que, más allá de sus mejores o peores resultados estéticos, no permanecieron más de dos semanas en cartel o no cumplieron con las expectativas?

Veamos: "Gigantes de Valdez", "Suspiros del corazón", "Tres minutos", "Brigada explosiva: misión pirata", "Lluvia", "Las vidas posibles", "Rancho aparte", "Visitante de invierno", "Cordero de Dios", "Regresados", "Yo soy sola", "S.O.S. Ex", "La ronda", "Los superagentes", "Valentina", "La luz del bosque", "Paisito".

¿Ahora, cuanto cine "críptico" se ha estrenado, sacando del medio a Martel que, como Críptica Consagrada, no pareciera jugar en el mismo equipo de los demás, o a Leonardo Favio, por similares oropeles? Veamos: "La rabia", "La orilla que se abisma", "La perrera", "El desierto negro", "Extranjera" y no se me ocurren muchas más... Los que quedan son, en su mayoría, documentales que salen en tres o cuatro salas.

La falacia es poner un cine en contra del otro, como poner a críticos frente a otros. A muchos críticos que defendemos el cine independiente y de autor nos parece muy bien que la película de Suar sea un éxito y, al menos en mi caso, me gustaría que lo mismo suceda con "Motivos para no enamorarse", de Mariano Mucci, que se estrena el jueves y que tiene similares atractivos comerciales. De hecho, creo que es loable de parte del tan vapuleado público argentino que empiece a apoyar al cine local que busca el éxito comercial con materiales más nobles, como es también el caso de "Leonera" y "El nido vacío", dos de las más exitosas y, a la vez, dos de las mejores películas argentinas del año.

El éxito de Suar debería dejar una lección clara: el público no come mierda. Más allá de gustos específicos, uno debería analizar "Un novio para mi mujer" en relación a las otras películas que se hacen con target masivos y sacar de allí conclusiones. El otro cine --el de autor, el independiente, el que busca un público definido y una "marca de calidad"-- no le pelea nada a Suar, ni siquiera compite con él, no existe en el mercado de las 20, 30, 50 o 100 copias. Es el músico de jazz que quiere tocar en un boliche para mil personas y jamás se le ocurriría hacer un concierto en la cancha de River.

¿A algún crítico de teatro se le ocurriría decir que el Estado debería dejar de subsidiar a las salas del circuito off a las que van 30 o 40 espectadores por función y sólo apoyar las grandes producciones de la Calle Corrientes, sean "Closer" o "Midachi"? ¿Por qué el cine debe ser para TODOS o, sencillamente, no existir? Me gustaría conocer la opinión de Valeria Bertuccelli --la actriz que se roba literalmente el show en la película de Juan Taratuto--en todo este debate. ¿O de dónde creen que salió ella? ¿De "Gasoleros"? ¿O del Parakultural y de las películas del críptico Martín Rejtman?

13.8.08

Más sobre el INCAA

Después de los debates y cuestionamientos surgidos la semana pasada, aquí una entrevista a Liliana Mazure hecha por Diego Batlle para su sitio otroscines.com.

2.8.08

El espectador calificado


Hoy leo con cierta sorpresa una nota de opinión de un miembro insigne de El Club de los Columnistas y me doy cuenta que, caramba, alaba a El Amante por sus notas que cuestionan los hábitos de los espectadores. El hombre dice que dejó de ir al cine por eso, que prefiere ver películas en funciones privadas o en su casa y que "el público es guarango y le importa un pito el vecino". Más o menos lo mismo que dicen --con argumentos más sólidos-- las notas de El Amante.

"En estas vacaciones de invierno registro doce títulos para niños, adolescentes y concurrencia más o menos descerebrada", escribe en un tono que, supone, encontrará un guiño de aceptación por parte del lector de dicho suplemento cultural el que, supondrá, considera también a toda persona de, digamos, entre 6 y 18 años, como "descerebrada".

Más adelante, aboga por espacios para cine alejados del pochoclo en donde "otro receptor" pueda disfrutar de, cito, "El sueño de Cassandra", "Francesca", "Una mujer partida en dos" o "Antes que el Diablo sepa que estás muerto", películas que "estimulan las neuronas".

Esta extraña convivencia me permite pensar en si no habrá en ambos lados y por motivos diferentes una búsqueda por un "espectador calificado", esa clase de persona de impecable "buen gusto", que ve películas de Woody Allen, lee a José Saramago, escucha a Placido Domingo e insiste en aquello de "los argentinos descubrimos a Bergman". ¿Los editores de El Amante se habrán convertido en inminentes socios de Cineclub Núcleo? La verdad, prefiero cuando Noriega alaba las virtudes cómicas de Karina Jellinek: ahí sí tiene mi apoyo en un 100%.

Siempre pensé que parte de la ética y la razón de ser de El Amante tenía que ver con desacralizar el cine a la manera de los Cahiers de los '50 y primeros '60, poniendo en igualdad de condiciones a Mizoguchi, Ford, Sturges, Rossellini y Jerry Lewis. Y al día de hoy sigo encontrando esa veta en la revista, veta popular que, imagino, viene ligada a veces al terrorífico combo "pochoclo, Coca-Cola y gente que habla en las salas". ¿O creen que los norteamericanos no aplaudían de pie en los cines cuando el Séptimo de Caballería venía al rescate? ¿Cómo imaginan una sala de cine en, digamos, Kentucky, viendo la última de Will Ferrell?

¿Será que todo el mundo ha vuelto a pensar, como pasaba aquí hace quince o veinte años, que el cine debe ser tratado con pompa y ceremonial, con el respeto del buen gusto y el silencio sepulcral de las bibliotecas? A mí, que me disculpen, dénme "Wall-E" con un cine lleno de "descerebrados" corriendo o a Batman en una sala llena de adolescentes gritando antes que "Francesca" o la última década entera de Woody Allen. Paso.

1.8.08

Rutinas del espectador (Test N° 1)

Hoy fui a ver "La momia 3" con mis hijos al Cinemark Caballito. Primer viernes de vacaciones de invierno, 5 de la tarde, versión doblada al castellano. Recordando las discutidas notas de "El amante" sobre hábitos y costumbres del espectador, me empecé a fijar con detalle en el tema. Las perspectivas eran temibles: película taquillera, familias, niños, adolescentes, sala llena. El resultado fue sorprendentemente calmo. Más que positivo.

Más allá de lo insípido de la película --hay una fascinación aquí por la saga de "La momia" que jamás compartí, con o sin Stephen Sommers, director al que no pondría jamás en el panteón de nada--, descubrí que el público no cometía ningún tipo de desmán. Algunos hablaban, un poco (yo lo hacía también, mi hijo menor tiene 8 años y la película es para mayores de 13 y necesitaba alguna que otra explicación); no escuché a nadie comer demasiado ruidosamente (o tal vez la banda sonora tapaba los ruidos); una o dos personas se levantaron de sus asientos (tal vez para ir al baño, no les pregunté) y muy poco más sucedió fuera de la pantalla. Ni siquiera vendedores dando vueltas. Nada.

Aclaro que no voy mucho al cine fuera de las funciones de prensa (las llamadas "privadas") y menos aún para ver tanques taquilleros, es por eso que disculpen si sueno como si estuviera (re)descubriendo un mundo ajeno. Juraría que es más insoportable el ambiente de una privada de cine con cientos de personas lanzándose a la captura de una medialuna, con grupitos que se sientan y hablan sin parar (me incluyo, a veces) y con teléfonos celulares sonando.

Aquí no noté nada de eso. De hecho, creo que el que más se movía, incómodo, pensando porqué no cambiar de sala y volver a ver "The Dark Knight" o "Wall-E" era yo.

24.7.08

No entiendo (segunda parte)

Los debates que siguieron surgiendo con posterioridad a la tapa de "El amante" respecto a la "idiotización" del espectador argentino (lo de "idiotización" o "bovinación" me recuerda a aquella frase de la crítica estadounidense acerca del "dumbing down of american movies") me resultan interesantes de analizar, pero tengo la sensación de que estamos corriendo el riesgo de generalizar demasiado la discusión y no tener claro cuál es el problema.

Pregunto: ¿el problema es la calidad de las películas que tienen éxito?, ¿el hecho que los espectadores coman, se paren, hablen por celular o vayan al baño en el cine?, ¿qué vean las películas en videos truchos /o bajados por internet?, ¿que las entradas sean carísimas y eso los obligue a elegir sólo un par de películas al año para ver?, ¿qué no se estrene nada fuera de los tanques de taquilla?, ¿qué nadie le de bola al cine argentino?

Me parece que se abre el abanico demasiado y que hablando de tantas cosas a la vez no vamos a ningún lado. Y que también es muy fácil tirarle la culpa a los espectadores, a esos "otros" que están allá, que van al cine, pagan la entrada y disfrutan (o no) con esa elección, digamos, mensual.

Tengo la sensación, también, de que hay un enorme grado de hipocresía de parte de nosotros, los críticos, que muchas veces vemos películas que van al cine en formato DVD, que bajamos películas de internet, que tenemos a mano "a un chabón que te trae todo por cinco mangos", que --en el caso de los programadores de festivales más aún-- ven aún muchas más películas en DVD, que muchas de ellas tienen un "counter" (un numerito arriba o abajo de la pantalla que es bastante molesto), o un letreto del tipo "ONLY FOR PRIVATE VIEWING" tamaño gigante en medio de la pantalla, que usan más a menudo de lo que muchos suponen el "fast forward", que se quedan dormidos (nos quedamos dormimos) mirando pelis y después las rebobinamos para acordarnos dónde estábamos, que ven películas en inglés hablando poco y nada del idioma, que leen subtítulos en inglés sabiendo poco y nada del idioma, que escriben (escribimos) sobre películas sin verlas completas porque, como decía un colega, "no hace falta comerte el bife entero para darte cuenta que la carne es mala". Y así, millones de cosas.

Tal vez, finalmente, lo que más me molesta de la carga contra el espectador sea esa. Es muy fácil desde este lugar de privilegio atacar la "boludización" del espectador. Aclaro que no estoy negando que eso existe en buena medida. Pero me siento incapaz de juzgar las actitudes de los demás si no soy capaz de revisar las mías (o no somos de las nuestras) y la propia "boludización" y hasta "bovinación" que existe entre los críticos, sólo que --supuestamente-- en otro nivel.

No sé. No entiendo. Sigo creyendo que el público acierta y se equivoca de la misma manera que lo hacemos los críticos (ojo, nosotros también comemos en el cine, sólo que café y medialunas, que no es tan grasa como el pochoclo y la Coca-Cola) y que los hábitos se han vuelto bastante discutibles en todos los ámbitos. Y sigo pensando, finalmente, que si hay que acusar y/o poner el ojo en alguien no es en el espectador, sino en el que lo alimenta.

PD. El poster es de "Fast Food Nation", película de Richard Linklater que trata sobre temas parecidos a estos que estamos hablando acá pero desde otro punto de vista y que se verá en los cines acá en agosto, más de dos años después de su estreno mundial. Después no se quejen si alguno admite que se consigue trucha...







29.6.08

Debates industriales

Cada vez que leo columnas como la de Pablo Sirvén en La Nación de hoy me pregunto: ¿de qué hablamos cuando hablamos de cine? De números, de eso se trata. Porcentaje de venta de entradas, cantidad de salas, mecanismos perversos del mercado. La nota analiza lo preocupante que es que el cine argentino en lo que va del año haya ocupado menos del 6% del mercado. Y es cierto: es preocupante. A la vez, aventura que, a partir de los estrenos de "tanques" locales como "Valentina", "100% lucha", "High School Musical: el desafío" y "Los Superagentes: nueva generación", esa proporción cambiará y para mejor.

La pregunta que me hago cuando leo estos análisis es: ¿Y qué? ¿Qué me dice del cine argentino si del 6% se sube al 15% porque "Los Superagentes" la rompe en taquilla? ¿Debería sentirme feliz por eso? ¿Creer que los problemas se han terminado y que el cine argentino está en un gran momento? Para ser honesto, más que alegrarme, me preocupa. Me imagino que esos cambios proporcionales permitirán decir que "este es el cine que le gusta a la gente" y a abogar por el fin del cine de autor y más o menos independiente.

En la nota de Pablo Sirvén no importa mucho que "Leonera", "El nido vacío", "La mujer sin cabeza", "Historias extraordinarias", "Liverpool" o "La sangre brota" sean muy buenas películas. Es un asunto que lo tiene sin cuidado. Lo que cuenta es el promedio, el número, la proporción. La calidad, cuando se habla de cine, pasa a segundo plano.

Cuando se escribe sobre grupos musicales --argentinos y extranjeros-- que tocan en el país o editan discos: ¿las críticas los demuelen por vender poco o festejan su calidad? ¿Decimos que los discos de "Patito feo" o "Casi ángeles" son la salvación de la música argentina y los esperamos con ansiedad?

Insisto. Me excede. No niego que la política de estrenos del cine nacional es bastante mala y que Sirven acierta al criticar los estrenos pegados de documentales que nadie verá, la desaparición de la película de Leonardo Favio de las salas, el dominio brutal de las majors hollywoodenses en los multicines. Pero, cuando el árbol deja de tapar al bosque, las que quedan son las películas. ¿Alguien se acuerda cuánto recaudó "Los muertos"? ¿"Silvia Prieto"? ¿"El árbol"? ¿Realmente importa? ¿Cuánto recaudó en Suecia "Cuando huye el día"? ¿"Accatone" en Italia? ¿Quién sabe cómo funcionan en taquilla las películas de Jacques Rivette en Lyon?

Es cierto. El cine nacional está en una encrucijada comercial que hay que trabajar y solucionar, y que estrenos como "1973: un grito de corazón", de la propia presidenta del INCAA, Liliana Mazure --a las apuradas y en medio del circo de los "tanques" hollywoodenses-- tampoco ayudan demasiado. Pero en tanto se sigan produciendo grandes películas, a mí no me va a cambiar la vida si el 6% sube al 10% gracias a "100% lucha". No tiene ninguna importancia.