
Casi que cansa, a esta altura del partido, seguir hablando de estas cosas y en estos términos. Pero era más que probable que la nominación al Oscar de "El secreto de sus ojos" de pie a este tipo de absurdas e inconsistentes reflexiones. Pero para eso están los Oscars, para que la gente se cuelgue de ellos como la justificación de todo lo que está bien o está mal con "nuestro cine".
Me aburre sólo la idea de volver a usar argumentos para refutar la columna de Pablo Sirvén en La Nación sobre el cine que hay que hacer y el cine que no hay que hacer (y ni pienso comentar los exabruptos de Guillermo Francella en la conferencia de prensa post-nominación), sobre lo bueno que es que el INCAA no subsidie más a operas primas, sobre los críticos que celebran las peores películas argentinas vistas en la historia y a las que el público, con razón, les da la espalda. Me aburre. Soberanamente. Casi tanto como leerla: uno tiene la impresión de que esa columna se escribe una vez por año cambiándole títulos, nombres y ejemplos, como dijo un colega.
Me aburre la opinión injustificada, sostenida en datos falsos. Me aburre la confusión que genera (¿por qué no leen las cifras de Ultracine sobre cine nacional y chequean cuáles son las películas que el público no ve?) tanto como el discurso que conlleva. Me aburre que se piense en el cine sólo como datos estadísticos (¡éxitos, éxitos, hagamos éxitos!) y que deba ser esa la única motivación para los subsidios del Estado. Pero, de última, es una columna de un secretario de redacción de La Nación y es coherente con una línea editorial. Más raro es que el propio editorialista coincida o celebre la política del INCAA al respecto. Debe ser el único editorial de La Nación a favor de una política estatal...
A punto de comenzar el Festival de Berlín, en el que hay una opera prima argentina en competencia (y no es la primera, estuvieron allí también Lucrecia Martel y Rodrigo Moreno), esto de pedir la pena de muerte a las operas primas y exigir al Estado que sólo apoye a cineastas consagrados (aunque Sirvén suma a Pablo Trapero a esa lista: no sé que pensaría si viera ahora "Mundo grúa") suena casi trasnochado, huele a viejo, a frase hecha y gastada.
Podría seguir argumentando, pero es obvio y agotador. Y, como Sirvén, ya creo haber dicho todo lo que tenía que decir al respecto más de una vez, en las tantas críticas en las que me pasé defendiendo "los bodrios más notables que se hayan visto por estas tierras". Dando vuelta cierta frase célebre, uno podría decir: "la culpa no es de Campanella, sino a los que les da de comer".
PD. Los que quieran revisar la editorial de Pablo Sirvén en La Nación pueden entrar por aquí. Y los que quieran decir algo más sobre el tema, tienen los comments.
