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28.10.10

Diario de Viaje (Doha, Qatar) - Día Uno


Limbo. Eso es. Uno ha escuchado hablar de situaciones en las que sentís que no estás realmente ahí sino que lo soñás, que lo estás imaginando, que lo que te está pasando sucede en algún lugar que no existe en el mundo real. O, al menos, no en el lugar en el que uno vive (lo que en inglés suelen denominar "out-of-body experiences").

La experiencia de llegar a Doha, Qatar, fue bastante curiosa: el viaje en sí, el arribo, la recepción, recorrer la ciudad de noche, la llegada al hotel, el alucinante cuarto en el que estoy y, a los quince minutos, toparse en CNN con la muerte de Néstor Kirchner terminaron por hacerme sentir eso. Todo era bastante irreal antes, pero una vez que vi en televisión y luego confirmé online (sí, confirmé, porque no lo creía del todo) lo que había pasado, sentí como que algo raro había ocurrido y me había despertado después del viaje en avión en una dimensión paralela, en un mundo con otras reglas, otra lógica, donde tal vez la muerte de Kirchner era algo que sucedía en el presente, pero ese presente no era hoy, sino que -de algún modo- el viaje en avión me había depositado no sólo en otro país, en otra cultura y, sobre todo, en un extrañísimo paisaje, sino que me había transportado en el tiempo, o hacia una dimensión paralela.

¿Esto será el limbo?



No soy creyente, soy cinéfilo. Mi única posible explicación para esta sensación es una combinación de "Star Trek" y esa película de Albert Brooks que transcurre en el Paraíso. Pero si a eso le suman una ciudad que es una mezcla de Las Vegas y Miami, y que parece depositada por una cultura alienígena en medio del desierto, en la que hay shoppings con locales de las marcas más conocidas del mundo siendo recorridos por mujeres con burkas de los más complejos y extraños (nada supera la mujer con velos cubriéndole la cara y con anteojos de sol encima... estando adentro del shopping), pero a la vez con tal cantidad de extranjeros que lo que más se escucha es el inglés, la alucinación se agranda.

Y ni hablar del hotel, que si no fue diseñado por Philippe Starck le ando cerca, y una ciudad que mezcla dunas y obras en construcción con torres iluminadas al mejor estilo gran ciudad norteamericana, comidas de todo tipo y origen, McDonald's en árabe y el blanco radiante de casi toda la escenografía (porque eso parece todo, vamos, una escenografía) musulmana. Podría seguir por un rato y no llevo ni siquiera un día: 4x4 de tamaños imposibles, un sol abrasador (40 grados de día), la sensación de que los objetos se desintegran apenas uno los deja de ver --o que no hay nada detrás de las fachadas-- y que, en el medio de todo esto, hay un festival de cine puesto a todo trapo.

Todo es demasiado irreal: el viaje (una de las pocas veces que viajé en Business Class, lo cual ya de por sí te ubica en otro universo), la llegada (una asistente te hace los trámites de inmigración mientras vos esperar tomando algo en "la terminal premium" del aeropuerto), el calor al salir a la calle de noche, dar vueltas por la ciudad (¿ciudad?) esta mañana para conseguir una credencial, correr y llegar a ver la nueva película de Robert DeNiro y Edward Norton ("Stone", bastante "pseudomística" de por sí) con menos de diez personas en el cine. Diez. En la siguiente, "Incendies" (número puesto para una nominación al Oscar extranjero), éramos cuatro.



Está también el Centro Cultural Katara, un inmenso y semivacío complejo de más de 30 edificios numerados, puesto con todo el lujo del otro lado de la ciudad y donde el DTFF (Doha Tribeca Film Festival) tiene sedes que envidiarían todos los festivales del mundo (y tanta gente trabajando que casi podrían poner cuatro por invitado) y al que te llevan en buses con distintos colores según el recorrido. El hecho de que todo es gratis, todo el tiempo: comida, bebida, transporte. El "lounge" de prensa tiene un restaurante... gratis. Y así, cada evento, presentación y lugar. Todo mientras Qatar hace un esfuerzo por ser la sede del Mundial 2022 y uno, realmente, no tiene demasiada idea de qué es lo que pasa detrás de las fachadas.

No he hablado con nadie francamente del tema ni de las contradicciones que me despierta este lugar, pero imagino que debe tener su lado oscuro. Por más que vendan la imagen de ser el país con mejor ingreso per capita del mundo, la cantidad de policías y agentes de seguridad que rodean todos los lugares por los que pasé me hace sospechar que no todo es tan tranquilo ni, a su manera, armonioso. Acaso esa tensión tenga que ver con un elemento religioso que se ve bastante aplastado aquí. Seguramente hablo desde el desconocimiento de la geopolítica internacional -sé que Qatar, Bahreim, Arabia Saudita y los Emiratos Arabes tienen una relación con la cultura occidental, digamos, bastante más aceitada que sus vecinos como Irán, Irak, etc-, pero ver cuatro hombres con túnicas blancas y varias mujeres cubiertas de negro de pie a cabeza tomando algo en un Starbucks me resulta bastante extraño. Me vuelve medio talibán.



Y si la ciudad y el viaje y el hotel no fueran suficientes, y si el festival fantasma no alcanzara a describir la sensación de "limbo" que me atraviesa, lo que paralelamente se vive en la Argentina termina por cerrarlo. O, más bien, por hacerlo explotar. Veo la tele online y no puedo creerlo. Leo los diarios, Twitter, las noticias y me parece que no es posible, que -literalmente- viajé en el tiempo o a una dimensión paralela. Hace unas horas pasé por la inauguración de una muestra de fotos de Brigitte Lacombe (increíbles, ya que estamos) y tenía al lado a Harvey Weinstein (el ex boss de Miramax), Salma Hayek, Kevin Spacey y --en otro momento "despiértenme please"--... Andrew MacCarthy y diez minutos después estaba en la sala de prensa tratando de enganchar la transmisión online de la TV Pública para toparme con el ataúd, Cristina, la familia, la gente, la plaza, los llantos, las palabras, las emociones. Y después una proyección en la playa, donde nadie veía la película. Demasiado.

Podría seguir escribiendo horas pero en realidad no tengo mucho más para decir. Suena en Qatar Radio el dúo entre Gary Barlow y Robbie Williams (dos ex Take That, para los que no están en tema...) y confirmó que sí, que estoy en un mundo paralelo, o en un limbo en el que nada tiene demasiado sentido ni lógica. Me parece que no salgo del cuarto. Creo que la máquina de Nespresso, el 45 pulgadas y yo podemos convivir tranquilos y llevarnos bien los próximos tres días. No se si quiero ni enterarme de lo que pasa abajo.

12.10.09

Diario de Rio de Janeiro - "The White Ribbon", de Michael Haneke


"The White Ribbon" es una película de tesis. O, menos que eso, una película que intenta probar algún tipo de lugar común. Digamos: "La violencia engendra violencia". O bien: "Cría cuervos y te sacarán los ojos". O varias otras frases en ese sentido. Es cierto: la película no pretende ser otra cosa que una gran parábola. Básica, sencilla, educativa. Algo que queda claro desde la voz en off --curiosa, que no respeta muy bien el punto de vista pero tampoco es omnisciente-- de uno de los protagonistas de la historia.

La película es un cronograma, un mapa, un juego de mesa. Por aquí están el cura, el doctor, el profesor, el barón, el administrador. Por allí, la partera, la familia de obreros, las nanas y mucamas, las esposas. Y, alrededor, dando vueltas, los niños. Pequeños, no tan pequeños, casi adolescentes. Una serie de incidentes, algunos menores, otros no tanto, ponen "la tranquilidad" del lugar en riesgo: el caballo del doctor cae en una trampa y el doctor queda seriamente lastimado; el hijo del barón y el de la partera son molestados; se quema un establo; una cosecha es destrozada. Y asi...

Un blanco y negro que imagino es impecable (la copia que vi no era la original) para mostrar un "impecable" pueblo ultrapuritano de algún lugar de Alemania en un año que, sabremos después, es 1913. Todo está filmado clínicamente, como un estudio en imágenes sobre Dreyer y Bergman armado por un severo profesor universitario. Armar el mapa entero de personajes sería agotador, pero cada uno presenta su conflicto casi calcado: humillaciones, perturbaciones, celos personales y sociales, pérdidas. Los "accidentes" pueden suceder por varios de esos motivos y varios pueden ser los autores: las broncas y fastidios son tantas que, finalmente, no importa. De hecho, tampoco le importa a Haneke, que decide no construir suspenso en el relato --una frase del narrador, al principio, deja más o menos en claro el "misterio"-- sino contarlo como "cautionary tale".

¿De qué? Bueno, ya se ha dicho, de los orígenes del nazismo, por un lado, y del tema favorito de Haneke: las graves consecuencias de ser burgués, de no pensar en el prójimo, de comportarse como se comportan los personajes de sus películas. "Funny Games","Caché" y esta "White Ribbon" tienen la misma trama: adultos con poder (económico o político) que están siendo castigados y maltratados por razones que parecen desconocer, pero que son evidentes para nosotros: por ser quienes son. Como en "Caché" las razones pueden ser tanto sociológicas como psicológicas: alguien se está vengando y las causas hay que rastrearlas en las humillaciones de la infancia. Al igual que "Caché", el misterio no termina de resolverse porque, según la tesis de Haneke, la situación social que la generó todavía sigue vigente. Siempre habrá cámaras filmando acusatoriamente a Daniel Auteuil. Siempre habrá víctimas en el pueblito de "White Ribbon" en tanto las estructuras de poder que las generan permanezcan.

Ese ajedrez dramático que es el filme tiene algunas jugadas que me interesan. Por razones de trama, a Haneke no le queda otra que no mostrar la mayoría de los "sucesos misteriosos", por lo que nos ahorra unas cuantas torturas gráficas como las de "Funny Games". Ese uso del "fuera de campo" --y la fotografía lustrosa y el relato de época, etc-- fue criticado por algunos como una forma del director austríaco de ganarse los favores del jurado de Cannes y llevarse así el Gran Premio --cosa que logró-- sin espantar a ninguno de los votantes.

Pero ese cuidado no me molesta, ni creo que sea una gran diferencia con lo que hacía antes. Si se la compara con "Anticristo" --un filme con el que tiene bastantes puntos en común-- se podría decir que es un filme "de qualité", armadito para el gusto promedio. Pero hace rato que Haneke juega en el bando del "gusto promedio". No veo nada en "Caché" o "La profesora de piano" que pueda shockear al público de mediana edad y buen gusto que se ha convertido en uno de los pocos que, al menos en la Argentina, sigue yendo a ver "cine de autor europeo prestigioso". El filme tiene el suficiente grado de crueldad como para ser catalogado, como diría algún espectador, como "una película fuerte", al mostrar torturas (psicológicas y de las otras), abusos sexuales y agresiones verbales.

No termino de comprender del todo el grado de interés que despiertan las películas de Haneke. Tampoco me da para odiar su cine. Recuerdo que, en su momento, "Funny Games" me impactó fuertemente. Eran otros tiempos y yo me dejaba impresionar más fácilmente por ciertas provocaciones y juegos perversos. Igual, sigo creyendo que esa película funcionaba porque no engañaba, porque jugaba dentro de las reglas de su género, sólo que llevando la crueldad inherente a los filmes de suspenso hacia límites insospechados. En "The White Ribbon" no hay desparpajo ni tampoco una mirada incisiva, un punto de vista original ni complejidades psicológicas. Tiene cosas de Bergman y Dreyer y su escenario recuerda a las aldeas de peregrinos puritanos de los Estados Unidos del siglo pasado, pero todo está procesado para generar un sentido banal y unívoco, con un misterio no resuelto que es falso y engañoso.

La lección del profesor Haneke me hizo, sí, entrar a Wikipedia a buscar algunos datos sobre el Imperio Austrohúngaro y sobre el inicio de la Primera Guerra Mundial. No creo que su intención haya sido sólo esa, pero a mí no me motivó nada más.

Shyamalan ya lo hizo. Y mejor.

8.10.09

Diario de Río de Janeiro - Parte 1



Cinco días en un festival de cine son difíciles de resumir, pero trataré de hacerlo lo más breve posible ya que esta edición del Festival de Río fue muy poco cinematográfica para mí. Alcancé a ver tres películas en salas y un par más en video, lo cual es un promedio patético para mis hábitos. Y si bien reconozco que, tras atragantarme con más de 40 películas en Toronto, no viajé a Río con esa misma intención, los resultados "cinematográficos" fueron muy pocos.

La ciudad, en cambio, estuvo maravillosa, para no obviar el lugar común. Pero para llegar a entender lo curioso que fue todo hace falta contar una larga serie de circunstancias que llevaron a que, luego de dos días de intentar sin suerte ver alguna película, haya terminado por optar por el turismo... y alguna peli aquí y allá.

Llegué a Río unas pocas horas después del anuncio de que la ciudad había sido seleccionada como sede de los Juegos Olímpicos de 2016. La conductora de la combi que me llevaba al hotel en Copacabana me hablaba de la celebración que había tenido lugar unas horas atrás (el anuncio fue a eso de las 2pm, yo habré llegado a las 6pm) y que temía un caos de tránsito. Pero no fue así. Se ve que un rato después de los festejos en la playa, cada uno siguió haciendo lo suyo, y al caer la noche sobre la playa se veía todo bastante tranquilo.

Y tampoco la gente parecía obsesionada por el tema: son esos momentos en los que uno siente que el fervor mediático supera el real. En la tele, no se hablaba de otra cosa. Pero al menos la gente con la que hablé, no parecía demasiado pendiente del asunto. Asi es la gente de cine...

Esas primeras horas sirvieron sólo para acomodarme e ir a una cena del festival. Si algo suele caracterizar a Río es ser un festival muy hospitalario con los huéspedes. Te tratan bien, te invitan a cenas, almuerzos, eventos, te ayudan a organizar un tour (o directamente te lo organizan), te ponen micros a disposición y siempre son atentos y amables. En una ciudad como Río, plagada de atracciones turísticas, es más que apreciable la ayuda y la buena onda.

Ahora bien: que los invitados vean películas no parece ser una preocupación muy grande del festival. Acaso suponen que todos los que van a Río quieren ir solamente a la playa o visitar el Corcovado, pero lo cierto es que ver una película es más complicado que ir a bailar samba a una favela. Y que, después de cierto esfuerzo, uno termina rindiéndose a la lógica del festival: pasear, comer, beber, pasarlo bien y si se puede ver alguna película, mejor. Sino, como diría el tipo de la publicidad de la AFIP, "tudo bem, tudo legal".

La decisión de abandonarme a esa lógica empezó a la media tarde del sábado, y para el final de ese día, ya había decidido que no había mejor opción. Intentar ir al cine era casi como ir contra la corriente. Una quimera. Les resumo lo que yo considero el episodio más "Larry David" (o "Seinfeld") de mis últimos años. En el momento fue bastante fastidioso, pero ahora me causa gracia. De hecho, ya para el final del día, me reía de la cadena de eventos desafortunados.

Al mediodía del sábado el festival organiza una feijoada increíble en un hotel céntrico. Ya había decidido irme antes para ver, a las 17, "Humpday". Así que salí casi una hora antes camino al subte, que resultó ser un poco más lejos que lo planeado. Al llegar, más de 20 personas hacían fila para entrar y había una sola persona atendiendo a todos. Ergo: taxi. El taxi, claro, dio tremenda vuelta, y con el tráfico llegué al cine de Botafogo diez minutos antes de la película. Al llegar ahí me dicen que los acreditados sólo pueden sacar entradas para el día siguiente, que tienen que tener encima documentos de identidad (porque habían robado credenciales, que son sin foto) y que, ya que estamos, esa película estaba agotada igual.

Tras recuperar el aire y contener la irritación (pensaba a las 21 ver "Jaffa" y tampoco iba a poder), me senté a programar los próximos días, para lo que fue necesario convencer a los chicos de darme entradas --aún sin mi pasaporte-- bajo la promesa de traerlo al entrar al cine. Ahora bien: ¿cómo buscar entradas en un festival que no tiene grilla de programación? No tiene. El programa sólo tiene los títulos con una descripción, en orden alfabético en portugués y sin índice, y cada película tiene las fechas en las que se proyecta. Pero ninguna grilla horaria o esas que vienen con bloques horarios. Nada. Parece que había una --que salió con un diario-- y se agotó. Oficialmente no había.

Por suerte, uno tiende a ser previsor y había impreso las grillas que sí estaban en el website del festival (aunque en ningún lado decía la fecha de cada día, por lo que había que cuidarse de no mezclar papeles). Así que me senté y me puse a elegir películas. Unas cuatro, a las que iba a sumar las premieres brasileñas en el Odeon, teatro para el que se piden entradas en el hotel. Tenía que tener en cuenta no sacar entradas para el domingo, ya que los organizadores de prensa habían armado una visita a una favela en la que se exhiben películas del festival, por lo que armé un programita sencillo que incluía ver el lunes THE WHITE RIBBON, de Michael Haneke; (500) DAYS OF SUMMER y alguna más que ahora no recuerdo. Sólo tenía hasta el martes.

Pero al pedir las entradas me encuentro con que uno de los cines para el que tenía pedidas dos era el Roxy, de Copacabana, y para ese no hay entradas para los acreditados. ¡¡Y justo es el cine que está más cerca del hotel!! Es decir: dos películas anuladas. ¿Por qué no comprarlas, preguntarán? Si ustedes piensan que voy a pagar 14 reales (30 pesos) para ver (500) DAYS OF SUMMER, que seguramente estará en cartel en un par de meses, están muy equivocados. Lo habría hecho, pero si mis horarios hubieran coincidido, digamos, con la de Alain Resnais o alguna así... Ergo: la única entrada retirada fue para la película de Haneke.

¿Entonces? ¿Por qué no pagar por "Jaffa", que puede no estrenarse ni pasar por festivales argentos? Allí fui y ¿qué sucedió? ¡Agotada también! Ya el fastidio empezaba a convertirse en sitcom... pero falta mucho todavía. Allí decidí ir a ver la premiere brasileña al Odeon, pero no me daba para volverme hasta el hotel a pedir entradas y decidí tomar el metro y averiguar directamente en el cine. No eran todavía las 7 pm.

Al llegar a la zona del Odeón --muy bonita, por cierto--, un chico del staff me dice que podré entrar con la credencial luego de que pasen todos los que tienen entradas, pero que no habrá problemas. Con esa tranquilidad, me senté a tomar algo en uno de los tradicionales bares cercanos al cine. Una hora antes de la función de la película (una coproducción brasileña y argentina en la que actúa Luz Cipriota y que se llama "Las historias de amor duran 90 minutos") me di cuenta que había una cantidad de gente impresionante. Pero decidí esperar. Y dejar entrar más y más gente. En un punto empecé a sospechar que la cosa podía complicarse, me topé con Liliana Mazure, la presidenta del INCAA, que estaba allí, y le pregunté si me podía gestionar una entrada. Ella hizo el esfuerzo, habló con la productora y se topó con un rotundo NO. Si ni la presidenta del INCAA puede conseguirme una entrada, pensé, estoy fregado...

Dicho y hecho: tras esperar más de una hora y al entrar el último espectador, me cerraron la puerta en la cara. Ante mi queja me mostraron, con cordialidad, que había gente sentada en los pasillos y que era imposible. Tratar de dar más explicaciones en portugués me superaba y me fui, habiendo perdido tres proyecciones (más otras dos que no pude sacar) y unas cinco horas de tiempo.

Fue allí que decidí bajar la guardia, relajarme y disfrutar de la ciudad y de la cordialidad del festival para todo lo que no tenga que ver con ver películas. El cine lo podré ver en otro lado.

En la Parte 2: qué pasó con la visita a la favela, las sorpresas de WHITE RIBBON y unas cervezas en el Bar de Gomes, en Santa Teresa.

11.9.09

Toronto Film Festival: Day 1


Olvídense de la entrada anterior, escrita de apuro en la sala de prensa sólo para tapar la larga ausencia de un viaje complicado y con sus conflictos "de valijas". Ya tengo la valija en el hotel, todo funciona más o menos bien, y es hora de hablar un poco de cine.


Antes, el festival. Para todos aquellos que estamos acostumbrados a organizarnos en un festival mediante una competencia, Toronto nos resulta caótico. Todas las secciones tienen algo que ofrecer, todas superponen sus funciones, todas tienen sus estrenos y sus clásicos, todas compiten por atención. Hay que armarse la grilla como uno pueda...


En función del tiempo y con la clara intención de evitar "Creation", la película de Jon "nunca hice nada bueno" Amiel, el día se dividió en tres proyecciones. La primera la adelanté un poco en el post anterior y mi opinión no ha cambiado mucho. "Jennifer's Body", de Karyn Kusama (5) con guión de Diablo Cody, y Megan Fox como protagonista, tiene algunos momentos graciosos, otros de cierto contenido erótico, pero es mucho menos de lo que promete el trailer, la promoción y la combinación de nombres. Cody mete sus chascarrillos, Fox es bellísima por donde se la mire (y apenas una pasable actriz) y Kusama no sabe mucho cómo contar una historia de terror con tono satírico. Así, se va el asunto. Tal vez, motivados por la escultural Fox y sus besos lésbicos con Amanda Syefried, haya cierto público dispuesto a ver la película. Pero nada nuevo ni muy original hay por aquí.


Siguiendo con la teoría de las expectativas, me acerqué a ver una hora de "Bright Star", de Jane Campion (6), entre una función y otra. Pensé que con una hora me alcanzaría para tener una idea ya que muchos de los que la comentaron desde Cannes no me hablaron bien de ella. Pero debo confesar de que, al tener que salir de la proyección para ir a la función siguiente, me daban ganas de quedarme. Y no porque fuera una gran película, pero Jane Campion se las arregla para contar estas historias de amores del siglo XIX (como lo hizo con "Retrato de una dama") con bastante elegancia y discreción, sin caer mucho en lo ampuloso ni en el qualité. No es una gran película esta historia de amor centrada en el poeta John Keats, pero la hora que vi me dejó con ganas de seguirla.


Especialmente porque me fui para ver "The Men Who Stare at Goats", de Grant Heslov (6) reciente estreno en Venecia, y película que venía precedida de un muy divertido trailer y amables críticas. Digamos que el filme, centrado en dos historias paralelas, ambas ligadas a un grupo neohippie que intenta cambiar las tácticas militares incluyendo lo paranormal, el "amor y paz" y ciertos conceptos "jedi" de la vida, se centra en un solo chiste que es gracioso, como mucho, durante media hora. Y después, no hay mucho más. George Clooney sostiene una parte de la película a base de carisma, Jeff Bridges es una versión avejentada de Lebowski y, por un rato, causa gracia ver a Ewan McGregor hablando sobre "jedis" como si no fuera el mismísimo Obi Wan Kenobi. Pero la gracia se va disipando y la película se queda, literalmente, sin pilas, sin energía, sin nada nuevo para agregar...


Luego, las galas y la fiesta de apertura. Mañana, 9 a.m., "A Serious Man", de los hermanos Coen. Ya les contaré....


22.6.09

Diario de California (Parte 2) o dos o tres cosas sobre "Public enemies", de Michael Mann


Gracias a las posibilidades de la informática y a la magia del cine pasé una jornada excepcional. Primero, claro, sentado frente a esta misma computadora viendo en una pantallita tipo YouTube la transmisión de TyC de la enorme victoria de Huracán contra Arsenal y deleitándome especialmente con esa última media hora de abrumadora superioridad. Con un centrodelantero como la gente, este campeonato lo hubiéramos ganado hace tres fechas...

Después, un pequeño hueco para almorzar y ver la última media hora de la enorme "Colateral", de Michael Mann, para terminar de prepararme para "Public Enemies" (antes de salir de Buenos Aires volví a ver "Heat/Fuego contra fuego" y había llegado a ver la mitad de "Colateral") y de ahí directo al excelente teatro de la DGA para ver su nueva película centrada sobre el mítico ladrón de bancos de la década del '30 John Dillinger, encarnado por Johnny Depp.

No puedo --por motivos de responsabilidad profesional-- hablar mucho de la película hasta el momento de las notas previas a su estreno, pero sólo estoy tentado a adelantar que lo que está haciendo Mann está a años luz del resto de sus colegas generacionales. Allá donde todos empiezan a ir a lo seguro, a buscar el Oscar, el respeto de los premios o el éxito de taquilla, el tipo experimenta y se arriesga cada vez más. "Public Enemies" intenta un acercamiento jugadísimo a los filmes de gángsters y ladrones de los años '30, filmando en digital, con cámara en mano, con una imágen que podría parecer de un reality show, de un making off o de un drama realista callejero tipo "Cops". Pero todo atravesado por un riesgo formal que, hoy, me atrevo a comparar (en su relación, no sé todavía si en sus logros), al "Sin aliento", de Godard.

Deconstrucción del cine de gángsters para tornarlo políticamente relevante hoy, acción "in your face" --de imagen y sonido--, sacarse de encima por completo el look "prolijo" y "elegante" de "Heat" para ir hacia algo parecido a un amateurismo expresionista, colores vivos y la sensación de "estar ahí", viviendo todo eso hoy. Muchísimo más que "Colateral" y con más coherencia que en "Miami Vice". Una película alucinante. Scott Foundas, cenando, decía que era casi "videoarte". No diría tanto, pero sí que es admirable que el tipo siga probando y experimentando con el cine y no se quede en lo que todos sabemos que él sabe hacer.

Si bien sus riesgos redundarán en dificultades comerciales --la película es atrapante pero imagino que no será un enorme éxito-- y su antivirtuosismo formal la aleja por momentos de los conceptos de "emoción" cinematográfica clásica, me preocupa muy poco en ese sentido, ya que no soy el productor del filme. Como espectador y crítico que todavía cree que Hollywood puede encontrar resquicios para renovarse sin traicionarse del todo, "Public Enemies" me da esperanzas de que es posible tomar los clásicos y, con un enorme respeto que queda demostrado al final (no diré cómo), deconstruirlos y transformarlos en otra cosa.

Uno tiene la sensación de que "Public Enemies" no respeta los códigos del realismo cinematográfico de celuloide que hoy existe. Muchos la verán como un curioso "gangster-Dogma" o un "Blair Witch" del cine de ladrones. Y si bien puede ser eso, también es mucho más. Es un filme de transición hacia un tipo de películas que puedan vivir, a la vez, en el mundo del cine (de "lo cinematográfico") y en el de la experiencia "real", que es lo que parecen capturar esos urgentes planos en HD con nerviosa cámara en mano.

Y de los temas que trabaja... qué decir. Es una película de Michael Mann y trata de lo mismo que todas las películas de Michael Mann: sobre profesionales, persecusiones, "I'm what I'm after", el conflicto entre una forma de vida aventurera y la posibilidad de algo parecido a un hogar, el respeto, los códigos, el hampa, la policía, los espejos y dobles, autos y disparos. Si algo la diferencia, es que en su permanente fractura estética y narrativa, dejó de lado casi totalmente esos diálogos un poco explicativos/psicoanalíticos de sus anteriores películas (la escena en la que Dillinger le cuenta a su chica "su vida" es tan breve como divertida ("me gusta el béisbol, el cine, la buena ropa, los autos rápidos, el whisky y vos... ¿qué más querés saber?") y deja que los hechos, las miradas y los cortes disonantes hagan el resto.

No se, eso me parece ahora. Genial!

21.6.09

Diario de California (Parte 1)


Al final, es como estar en casa.

Once de la mañana del domingo, hora de Los Angeles (15 en la Argentina). Si no calculo mal salí a las 18 de ayer de casa. Haciendo cuentas: 21 horas para estar sentado acá, en el hall del hotel, esperando que la habitación esté lista para poder depositar lo que queda de mí.

El recibimiento fue extrañísimo, me presento al Front Desk Manager ("checking in"), le digo que me llamo Diego, se llama Daniel, de donde sos, de Argentina, yo también, a qué no sabés, qué?, se acaba de ir Pettinato, no me digas? le digo, me dice sí, estuvo haciendo entrevistas con Megan Fox y los de Transformers, mirá vos?, vos donde trabajás?, en Clarín, ah yo conozco uno de La Nación que viene siempre, Marcelo Stiletano le digo, sí, como sabías? muy macanudo, sí, macanudo, le digo a Daniel, la mejor onda, me regala cupones gratis de internet para la habitación, me da su tarjeta, y siento que después de casi un día de viaje estoy como si hubiera charlado con el encargado de mi edificio, avisame cualquier problema, me dice, si no te precupes, pienso, seguro que voy a ver si me da una mano para ver como corno hago para ir al Wiltern a ver a Wilco, pero por ahora no se me ocurre nada que pedirle, fuera de lo común...

El viaje en avión fue un viaje en avión, para qué agregar más que eso. Me resulto curioso que en el vuelo de Dallas a Los Angeles me siento en el medio de una fila de tres y en los otros dos asientos se sienta una pareja, afroamericana, bastante grandotes, les digo si quieren sentarse juntos asi zafo del medio y, bien ventana, bien pasillo, no, me dicen, y no hablan en todo el viaje. Bah, creo, porque yo me quedé dormido escuchando Brightblack Morning Light.

Recuerdo que mi primera vez en Los Angeles fue hace 16 años para un junket de "Philadelphia", con Tom Hanks, y fue en este mismo hotel. Yo era un niño y miraba y compraba todo lo que daba vueltas (remember el uno a uno?). Ahora no hay mucho para comprar que no te resulte carísimo. Igual, lo que más me llama la atención es que una de las cosas que mas amaba hacer al llegar era entrar a una tienda de revistas y comprar tres o cuatro. Ahora no hay nada para comprar! Rolling Stone es una mierda con tapa del perdedor de American Idol. Entertainment Weekly ofrece "Los mejores realities de la TV". Spin promete un especial de aniversario de PURPLE RAIN con Free CD pero el Free CD no pinta por ningún lado. La nota que necesito de Johnny Depp que hay en Vanity Fair ya la bajé de internet. El New York Times sale seis dólares. Todas las demás revistas tienen fotos de Robert Pattinson y la GQ, con Bruno/Baron Cohen, no me tienta ni medio. Obvio que en los aeropuertos no voy a conseguir las revistas "buenas", esas que ya comprás en la ciudad. Pero darme cuenta que mi única opción era el Dallas Morning News fue temible. Preferí volver a leer el Especial sobre Africa de la revista Ñ.

Sí, estoy acá por PUBLIC ENEMIES, de Michael Mann. La veo después del partido de Huracán que ya está por empezar...