Mostrando las entradas con la etiqueta Tallin. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Tallin. Mostrar todas las entradas

11.12.08

Diario de Tallin - Parte 7 y final


Por Eduardo Flores Lescano

Costó, pero llegamos, y no es moco de pavo, pues entre las actividades que me coparon como sujeto entregado al jurado, si, lo sé, de una competencia de cortometrajes filmados con un celular, fue ver surgir ganador un hermoso pequeño film llamado “Windowkisser”, en blanco y negro, poseedor de una ética rampante y una espontaneidad casi calculada (lo que lo transforma en algo no-espontáneo) acerca de dos hermanos mellizos –no mas de dos años cada- que viajan en un tren en algún lugar de la estepa, mirando por la ventana como pasan los postes de luz, las casas, las extensiones de tierra y pasto, tal cual yo lo hacia cuando mi padre, durante los fines de semana, me llevaba a “pasear” en su auto, con su mujer y mis tres hermanos –el cuarto no había nacido, fruto de este posterior matrimonio- por las calles de “Tres cerritos”, el barrio donde creció Lucrecia Martel y donde mi padre posee su casa hoy por hoy.

La excusa era el paseo dominguero, por la tarde, con ese cansancio espiritual de tristeza vacuna que los domingos generan en los seres humanos, y pegados a la ventanilla veíamos pasar las casas de dos pisos, con grandes jardines –mi padre es ingeniero, su mujer arquitecta- con entradas de garage importantes, con la misma ansiedad con la que esperábamos el momento en el que mi padre nos iba a buscar a mi casa, la casa del barrio Portezuelo, en Salta, el barrio frente al cementerio, a la vuelta de la cárcel, el barrio a tres cuadras del manicomio, y en la base del cerro San Bernardo, donde pasábamos casi todas las tardes de verano. Esas ventanillas, esa separación con el mundo que me rodeaba en el asiento trasero del ford taunus dos punto tres ghía, no lograba –mi padre no lo sabe- sino más que generarme una angustia tremenda, y unas ganas tremendas de llegar a su casa, a su cena, prolija, temprana, a la commodore 64 donde jugábamos al Pacman, al Popeye y a otros juegos que luego mejoraron o se olvidaron; a un mundo que mi padre creaba para nosotros, luego de su recorrido para ver casas, estructuras, diseños.

Mi padre, en esa época, está bueno aclararlo, estaba mal de guita y buscaba laburo, ideas, etc. Pero nosotros nos comiamos el vidrio, como el nene del corto al que le di el premio en esa extraña competencia llamada MOFF, y ahora puedo decirlo, también llena de estupideces floggers, ensayos, películas presas de una ética –si la podemos llamar así-- de que la cámara, sea fotográfica, telefónica, o cualquier cámara, es un juguete y no una herramienta para construir, porque el cine se construye, no se descubre, al menos hoy por hoy, no debería ser considerado un accidente –tópico de la discusión con los otros jurados- capturado por un dispositivo audiovisual. Más importante aún, la herramienta es el ojo, la palabra, el plan o la idea detrás del film, aunque hay excepciones, como la famosa filmación de las protestas de la Plaza de Tian'anmen de 1989 en China, donde el acontecimiento superaba al objeto de registro, u otras más, ejemplos sobran, para que nombrarlos. Y luego la mixtura, el método, porque el corto que premiamos fue un documental, y en esa “oportunidad” de captar un momento, sea este bello o terrible, -un accidente de auto o un escrache a Cavallo en París- DEBE haber una idea cinematográfica, una ética de la imagen, y es eso quizás lo que vio el jurado de la competencia más importante del Festival de Tallin en “Hunger”, de Steve McQueen –tal y como yo lo deseaba, esta película se alzó con el premio mayor- , donde no hay accidente posible, pero tampoco se puede decir que haya ensayo.

McQueen no estaba en la ceremonia de Clausura, tampoco Winterbottom, ni el director de Waltz with Bashir, (grandes ganadores de la noche), estaban todos en Copenhagen, donde se celebraba la entrega de los European Film Awards, algo así como los Oscar europeos, pero sí había en la ceremonia un espíritu de festival comprometido como pocas veces vi. Le ceremonia, llevada a cabo en el teatro ruso, uno de los cines mas lujosos del Báltico, donde se estrenan a menudo óperas y ballets y obras de célebres dramaturgos, se convirtió en un escenario para que una banda de rock diera un concierto inolvidable. Un concierto en cuatro actos, en cuyos intervalos se anunciaba un premio o se pronunciaba un discurso, y a diferencia de otros festivales, cuando no había un receptor del premio, aparecía un lobo, un hombre vestido con traje de lobo, -el lobo es el logo y el espíritu del festival- y agarraba el premio con desgano y mucho humor y los aplausos se esparcían por la sala. De hecho, tan irónico era el lobo este, que cuando se anunció el premio de la irlandesa Hunger, apareció con una bandera inglesa cual hooligan festejando un triunfo futbolero, atajando abucheos y soltando movimientos increíblemente simpáticos, -tan en serio se tomaron la ceremonia de clausura del Festival en Tallin, o viceversa-, encogiendo los hombros como si no supiera que estaba equivocado.

La ceremonia fue preciosa, luego de la cual vino el flojo pero de alguna manera noble y honesto film “Pandora’s Box”, de origen turco, sobre como reacciona una familia ante la enfermedad de uno de sus componentes, en este caso, la madre, una mujer muy mayor, que vive en una villa alejada en medio de las montañas y es trasladada a la ciudad, donde le diagnostican Alzheimer, y en donde repartirá su tiempo entre las casas de sus dos hijas y el típico hijo menor fumaporro que se lleva bien con el hijo de la hermana mayor pero mal con sus hermanas, y hará trastabillar la vida cotidana de sus hijos, que no estarán a la altura de las circunstancias, (acaso alguien lo está frente a una enfermedad tan terrible?). Pero no sólo es la enfermedad, le perdida de la memoria inmediata, sino también el tener que acostumbrarse --en este caso la anciana madre-- a los desarreglos de los seres humanos en general y a la vida en la gran ciudad, a la falta de libertad, de aire puro, donde la memoria y la solidaridad parecen haber desaparecido hace rato.



Dos horas de película, luego una larga cola para retirar el sobretodo del guardarropas (es increíble la atención que le prestan a esto en este tipo de países, donde el abrigo es indispensable, cómo respetan el abrigo del otro, como si existiera una conciencia inoculada de la necesidad que tiene el otro de no sentir frío, y la respetan a rajatabla) lo cual me recuerda el pequeñísimo pero para mí importante “episodio de la campera” --poniéndole comillas sigo la lógica de Llinás. En una de mis tantas salidas a la vereda del hotel a fumar un cigarrillo, me di cuenta, y se lo comenté a mi compañero ocasional de tabaco, de que había una campera negra en el piso, sólo a tres metros de donde estábamos parados. Nos quedamos allí, uno, dos, tres minutos, luego de terminar nuestro cigarrillo, mirando fijamente la campera, una hermosa campera negra impecable de un valor importante, y cómo la gente pasaba caminando a su lado, esquivándola, mirándola sin darle mucha importancia, pero quizás la importancia de la campera estaba en esa mirada que no era de desdén hacia un objeto en el piso sino hacia un objeto “que le pertenece a alguien”. Decidimos quedarnos a ver que pasaba, y pasó más de 25 de minutos, hasta que un flamante auto, también negro, estacionó y dejó salir a una mujer que con la cabeza pareció decirle al que manejaba: “ahí está”. La mujer, de largo pelo rubio, caminó tranquila hacia la campera, la levantó, la sacudió y se la puso. Era “su” campera. Luego dio vueltas sobre sus pasos, impecable, se metió en el auto y desapareció de allí.

La fiesta de clausura era en el hotel donde estaba la mayoría de los invitados del Festival, y había allí una enorme banda de músicos con pelucas doradas y enormes anteojos de sol tocando trompetas y cornos y saxofones y también el famoso buffet “comida de dorapa” de cualquier fiesta donde hay mucha gente y pocas mesas. Luego vinieron los DJs y el bailongo y el vodka y las promesas de festival, las despedidas y el fin de esa extraña relación entre sujetos que conviven muchas horas del día juntos durante un período relativamente corto de tiempo. En el cual se cuentan sus historias –no saben si volverán a verse- hablan un idioma extraño, están lejos de sus lugares y sus familias, en el caso de que tengan estas cosas o aquello que las represente, y comienzan a alejarse de ese núcleo que succiona y provee de un fugaz sentido de pertenencia, del cual hay que saber despegarse para –en mi caso en particular- no creer que el mundo es de Cinzano, porque sé que muy rico todo, muy linda la música, pero que al 20 del mes estoy comiendo un pancho en Avenida de Mayo y Salta como todo almuerzo y que, si dejo caer la bufanda, no termina su recorrido al suelo que ya alguien se la llevó muy muy lejos. Entonces la realidad se convierte en el gran antídoto, y quizás por eso está bueno sentirse como el niño del corto “Windowkisser” al que le otorgamos el premio, como el niño que fui dentro de la parte trasera del auto de mi padre los domingos por la tarde, sumergido en una especie de asfixia ontológica que aún hoy no puedo terminar de entender.

Y quizás sea la navidad y el fin de año y el hecho de que mi hija cumplió tres años y que me tomaré un colectivo a Salta en unos días (20 horas de viaje) y me encontraré con los viejos amigos del barrio y el cerro y el cementerio –-todos tenemos nuestro Combray-- que me he puesto así, o que la memoria asalta y nos asalta cuando estamos escribiendo, y en virtud de esa memoria y la espontaneidad de los lazos humanos reales, fue que decidí darme de baja de la “social network” conocida en inglés como Facebook pero que en castellano es simplemente “libro de rostros”, inspirado en los anuarios universitarios donde los/las estudiantes marcaban las caras de las/los chicas/chicos con las que querían acostarse o con los/las que ya se habían acostado. Luego de jugar casi un año, de curiosear y sumar amigos, de escudriñar en la vida privada que la gente decide hacer pública a través de fotografías y videos y expresiones de gustos y asistencias a eventos, conciertos, grupos de filmes favoritos, etc, etc, y por supuesto, quien no lo ha hecho, de buscar a la ex-novia, aquella con la que se perdió el contacto directo, por supuesto; para ver si es feliz, si se ha casado, si está más linda, para “verla”, para constatar su existencia en el mundo. Y bueno, como decía Mac Luhan, “chequear que el sistema funciona, que las señales llegan” citando la famosa instalación de un teléfono en el Tibet y el momento en el que un monje atiende el primer llamado y dice “hola”, y del otro lado alguien grita: “Funciona!” y luego cortan la transmisión, la “comunicación” y el monje, bueno, imagínense la cara del monje que, como la anciana de Pandora’s Box prefiere volver a su huerta, a su montaña, a SU vida.

Pero lo que el monje intuye --tal y como intuyo yo a los festivales de cine y las redes sociales--, que el teléfono YA ha comenzado a formar parte de su vida, y que yo/el monje, formamos parte de una memoria colectiva cuya lógica implica succionar la nuestra, la particular, para ponerla a circular, como en el caso de esta última entrega sobre el Festival de Cine de Tallin, en el tejido de la normalidad de una lectura de memoria corta, como un Alhzeimer que --como un antídoto contra el olvido por la felicidad o la angustia de la infancia--, se sacude de la espalda lo inmediato y lo tira por la borda y descarta lo que pasó hace un par de horas o un par de días o quizás un par de años pero guarda muy profundo, donde nadie ve, aquel primer mordisco a la magdalena.

Hasta la próxima.

9.12.08

"Hunger", mejor película en Tallinn

Aquí, los detalles del premio principal. En breve, un completísimo informe de nuestro sacrificado cronista en Estonia, Eduardo Flores Lescano, ya de regreso en la Argentina y reponiéndose... de haber tenido que ver tantas películas hechas con un celular!



"Hunger" (trailer)

The top award of the 12th Tallinn Black Nights Film Festival (PÖFF), the Grand Prix for Best Eurasian Film (€10,000), was presented to the Irish/UK film Hunger, by Steve McQueen. The jury awarded the prison drama “for its powerful cinematic language and confident and passionate narrative.”


5.12.08

Diario de Tallinn - Parte 5


Por Eduardo Flores Lescano

Está promediando el festival, faltan tres días para el final, y aún no pude detenerme a describir la importancia de este evento, como puerta en el Báltico hacia Asia y Europa del Este, y sobre todo, para los países escandinavos que lo rodean. Es un festival sin celebridades, no hay alfombras, pero hay muchos directores, productores, sales agents, distribuidores y una buena cantidad de películas, más o menos 200, en el festival principal, y otras más en los subfestivales bajo el paraguas del POFF, como les gusta decir aquí.

Sentado en una escalera, en una recepción que se llevó a cabo en una pequeña casa que funciona como consulado noruego, me encontré charlando con el animador del filme "Waltz With Bashir" sobre el método que usó. Un sujeto algo tímido (hasta que toma un par de copas, como muchos aquí, el alcohol los despabila y deshinibe), pero al mismo tiempo encantador, que se vio involucrado en un proyecto documental y con sus dibujos en la tapa del catálogo del mercado del Festival de Cannes, donde se proyectó en competencia por primera vez en mayo de este año.

Luego alguien baja por esa escalera, me pide fuego, le convido, se presenta, y resulta ser el director de "The Visitor", filme que proyectamos en Mar del Plata, y asi se va juntando un grupo en el que al comienzo se habla de la nieve, del frío, lo hermosa que es la ciudad (ver foto) y luego de cine, cine y más cine. Y es realmente placentero charlar con estas "no estrellas", sujetos talentosos, involucrados en todo tipo de proyectos. Otra persona que conoci es al afable Steve Walsh, productor y distribuidor inglés propietario de la compania East/West, y al músico/sonidista de origen checo Martin Maryska (ahora vive en Hollywood), que trabajó con Martin Donovan en Argentina y bueno, ahora lo hace con David Lynch, y me cuenta anécdotas con Piazzolla y otras excentricidades del cine de mi propio país que yo desconocía.

Entonces es donde se empieza a construir ese universo paralelo al mundo real del festival y empezamos a caminar en un mundo de coincidencias, rarezas, causas que generan efectos a largo plazo, es decir, un mundo completamente cinematográfico. Un rato más tarde, me encuentro con el productor de Alexei German Sr. (el padre del director de "Paper Soldier", otra peli que pasamos en Mar del Plata), quien me comunica la muy buena noticia de que el tipo está terminando su sexta pelicula (cosa que aparentemente le puede llevar un buen rato) y es como escuchar que Tarkovski esta terminando una. Tan excitante como eso. Y es que Rusia está tan cerca y aquí esta lleno... de rusos, de edificios rusos y de lo que los rusos dejaron.

A la salida de esta cena, de regreso al hotel con un grupo tan heterogéneo como el descripto arriba, caminamos por la parte antigua de la ciudad, es decir la parte medieval, y es como caminar al pasado, y allá a lo lejos se pueden ver los edificios cristalinos terminados el año pasado y basta bajar la mirada para volver a entrar al siglo 15, y levantarla de nuevo, mirar para un costado, por alguno de los largos y sinuosos pasillos, y se puede ver la silueta de alguna de las moles soviéticas que hoy funcionan como edificios de la Radio nacional o la Television estatal.

Luego llegamos a un lugar llamado Clazz, un nombre obvio para un Club de Jazz, que es donde termina la noche casi todas las noches, pues el lugar está abierto para los invitados del Festival y donde algunos hacen algunas cosas estúpidas, como subir a un escenario a cantar, etc, etc. Asi que mejor hablo de "Tulpan", la última pelicula de Sergey Dvortsevoy, donde un hombrecillo con orejas grandes no puede casarse, y lo digo asi, rápido, porque esa es la excusa que usa el director para asentarse junto a una familia de nómades en la estepa de Kaszakst´sn para construir un increíble documento de una forma de vida, donde el viento sobra, el agua falta, y el talento documental de Dvortsevoy se explaya por todos lados.

Creo que ésta, su primera película de ficción, no deja de ser un documental. He escuchado cosas horribles acerca de la peli, y entiendo porque las dicen, (meras referencias, un personaje con dientes dorados, un tractor con trapos colgados que parece un auto, gente que canta, etc.) pero el cine de este hombre de la estepa está muy alejado del de Kusturica (escuché odiosas comparaciones). Este hombre es mejor, es mas honesto. Pasé un buen momento viendo "Tulpan", y tambien sufrí, porque aunque las orejas de Asa (personaje Asa, diría Laiseca) son grandes, no tapan la realidad de un lugar extremo, y es quizás eso lo que le pasa a Dvortsevoy.

Otra cosa que vi, parte de mi trabajo aquí, es una selección de cortos realizados con la cámara de un teléfono móvil. La verdad, una lástima, excepto uno, que postularé mañana como el ganador. Espero no tener que discutir mucho, porque no pude encontrar ningún tipo de seriedad en ellos. El evento se llama MOFF y me dejó decepcionado, aunque no es que estuviera especialmente entusiasmado, pero si inquieto, quería ver los cortos, estaba ansioso, y bueno, la ansiedad se conviertio en tedio a excepción del momento en el que vi mi favorito. Vamos a ver que pasa mañana.

Ahora me voy a la cena de Jurados, en un restaurante medieval, a comer de manera medieval, con la frustración de haber intentado subir un album de fotos y no saber cómo hacerlo.


4.12.08

Diario de Tallin - Parte 4


Luego de unos días de ausencia --tal vez causados por el estupor provocado por el vodka finlandés-- reaparece nuestro intrépido cronista en Estonia, esta vez para dedicarnos una apasionada pieza de defensa de la película "Hunger", de Steve McQueen.


Por Eduardo Flores Lescano

Ayer fue un buen día, pero han pasado tantas cosas en los últimos dos que no he podido hilvanarlas correctamente. Las noches son muy largas, la gente es mucha, en fin, vida de festival. Pero ayer viví quizás una de las experiencias cinematográficas más intensas del año. Me enfrenté a "Hunger". Quizás la película más importante, más potente, hasta ahora, de este festival.

Su director se llama Steve McQueen, no confundir con el de "Papillon": no es él. Posible ganadora de la competencia oficial del Black Nights Film Fest, me dejó convencido de que hay un cine que puede prescindir de pretensiones estúpidas, y de que hay un cine realmente ingenuo del que este filme no forma parte. Logra apoyarse en la potencia musical de los sonidos de la vida cotidiana y generar una tensión poética y visual cuyos límites se expanden de manera brutal.

"Hunger" es un film brutal, basado en la famosa huelga de hambre que en el año 1981 llevó a Bobby Sands y a nueve hombres más a la muerte en una cárcel para presos politicos del IRA, en el norte de Irlanda. El film comienza con la presentación de la forma de vida en la cárcel, la convivencia entre los golpes, las vejaciones, la relación entre el cuerpo desnudo de los presos y los palos de los guardias, en escenas realmente difíciles de olvidar. Luego, el peso de la pelicula, que estaba soportado en uno de los guardiacárceles y su estrecha conexión con la violencia y el intento por "domesticar" a los presos, recae sobre los hombros de la decisión de Bobby Sands de llevar a cabo una huelga de hambre hasta la muerte, y si muere, ser reemplazado por un compañero, y así hasta lograr su objetivo, status político e independencia religiosa.

Luego de una escena que dura más de diez minutos, un plano fijo, en el que Bobby Sands le comunica a un cura lo que va a hacer, para que lo informe afuera, la película se convierte en un calvario que obliga a veces a cerrar los ojos. Se está frente al cine del futuro, y McQueen, quiéralo o no, logró hacer una pelicula perfecta. No hay un plano que sobre y no hay palabras dichas de más. McQueen se anima a todo, alejado de cualquier cliché de cine carcelario, usa tomas fijas y largas, travellings, primeros planos, cámara en mano, sobre todo en las escenas de las golpizas, cuyo crescendo asusta, porque el espectador ve que eso realmente está pasando, que los cuerpos están recibiendo los golpes, que se deterioran a medida que la pelicula avanza, aunque sea una construcción artística, ficcional. La película respira, vomita, escupe, sangra, es demasiado real.

Pero quizás lo más importante desde el punto de vista formal sea el uso de los sonidos, pues la película no tiene música extradiegética, todo pertenece a la realidad de esa cárcel, a la realidad del momento, al palazo, a la piña encajada en medio de la cara, a las botas de los guardias corriendo por los pasillos, al ruido de la orina mezclada con lavandina en el pasillo, moviéndose como un río que transporta la dignidad de los soldados del IRA. Ojalá el BAFICI la proyecte: "Hunger" es una pelicula imprescindible, es la dignidad convertida en planos. Es, de ahora en mas, para mí, una necesidad, una espina clavada que no deja de penetrar la carne.

30.11.08

Diario de Tallin - Parte 3


Por Eduardo Flores Lescano

Ayer presenté la primera película de las que he seleccionado para el Black Nights Film Fest. El turno fue para "Los Bastardos" (foto), en una sala llamada Kosmos y con capacidad para casi mil personas. Es realmente abrumador subir a un escenario frente a tanto espacio abierto, y aunque la sala distaba de estar llena, habia por lo menos allí 500 personas. Sin dudarlo un instante, luego de la presentación, me senté a verla por (creo) sexta vez. La pantalla era enorme, y me explican luego que es uno de los tantos cines sovieticos renovados y aggiornados con la mejor tecnología, sin duda, una buena combinación, pues el manejo del espacio de los rusos sumado a la aplicación del buen gusto de la gente de Estonia da un resultado realmente positivo.

Previo a todo esto estuve en la presentación de la competencia báltica, auspiciada por Tridens, que es basicamente una destilería e importadora y exportadora de alcohol, básicamente whisky y vino chileno, ambos presentes en el cóctel. Es increíble, cada competencia tiene un sponsor, y estos tipos ponen mucho dinero. Por ejemplo, la competencia de la que soy jurado, el MOFF, está auspiciada por Nokia. En ella tendré que ver 20 cortos filmados con la cámara de un teléfono celular. La metodología todavía no la conozco, pero me parece que el flat de la habitación será mi cine para este fin.

Luego, ya nevando y con un frío que calaba los huesos, pasé por el hotel a buscar una bufanda en el mismo momento en que un sujeto entró al lobby tambaleando y con un corte que necesitaba al menos de siete puntos en la frente, sangrando alegremente, con un vaso gigante con cerveza en la mano. El estupor fue tal que nadie pudo asimilarlo como algo real y el tipo se metió muy campante en el ascensor. Luego del TIN del elevador, la gente del hotel cayó en la cuenta de que algo fuera de lo común (o quiza no tanto) había sucedido, y corrieron detrás suyo. Es increíble, pero cada vez que alguien hace algo gracioso, o estúpido, y generalmente en estado de ebriedad, el culpable es un finlandés, les echan la culpa de todo. He escuchado muchas veces "That guy is drunk, Ouh, he is pucking, sure he's finish..." No estoy de acuerdo con la postura pero bueno, hay que aguantar.

Otra cosa de la que me enteré es que los "bachelors" ingleses, es decir, los solteros a punto de casarse, hacen su despedida de soltero aquí, que hay una estructura turística super oscura que se dedica a eso, a traer las despedidas de soltero a las calles de Tallinn (ayer me topé con una, de ahí la historia que me contaron) y a contratar las chicas, por supuesto. Pero, aparentemente, las que peor la pasan son las chicas que no tienen nada que ver y que no cobran un peso porque estos pibes las acosan (y lo he visto) en los bares, en las veredas, etc, cuando andan por allí. Es un espectáculo realmente triste, pero no tengo de que admirarme, back in the days, durante mi adolescencia en Salta, presencié la misma escena una y otra vez. Sujetos en baúles pintarrajeados y desnudos, atados a los arboles de la plaza 9 de julio, abandonados en alguna whiskería, etc, etc.

Hoy presentaré la primer película argentina de la selección, "Historias Extraordinarias", en otro de los cines rusos enormes. Espero estar a la altura de las circunstancias, ya que Mariano Llinás no está presente, no porque el no lo haya querido sino porque la gente del festival no podía hacerse cargo de su invitación. En todo caso, el entusiasmo es doble, luego de la hermosa noticia de que "Liverpool" se llevó el premio mayor del festival de Gijón y debo presentarla mañana. De ambas recepciones de los filmes escribiré en la próxima entrada.

Ahora, en unos quince minutos, pasan a buscarme para ir a ver "My Winnipeg", la última de Guy Maddin, un retrato autobiográfico que no había podido ver antes. Son las 5 de la tarde y aquí es de noche hace rato, ya ha empezado a nevar y estar en el cine es algo maravilloso, y maravillosamente confuso, porque entrar a las 11 de la mañana a ver una pelicula de dos horas, y luego salir mientras atardece, pasado el mediodía, es bastante desconcertante.

Luego de la función iremos a un castillo medieval donde habrá una recepción donde la ciudad de Tallinn --el castillo funciona como City Hall, o digamos, Municipalidad-- y sus representantes, el Lombardi y Macri de Tallinn, reciben a los invitados. Me han comentado que el lugar es maravilloso, y la directora del festival me contó que lo sigue haciendo alli, a pesar de los discursos y toda la pompa, porque el lugar, el espacio físico, es maravilloso.

Luego, lo ya dicho, a las 20 horas, la presentación de "Historias Extraordinarias" y de ahí, algo muy extraño: el festival organiza una especie de campeonato de Bowling, si, un torneo espontáneo de Bowling y Pool entre los invitados del Festival. Algo bueno de alli saldrá, aunque combinar enormes bolas con palos, vasos de cerveza gigantes y por supuesto, finlandeses, puede terminar en algo trágico.


Diario de Tallin - Parte 2


Por Eduardo Flores Lescano

Pen-ek Ratanaruang me había contado que en los baños públicos de Amsterdam había una mosca en el mingitorio, a la cual le apuntabas, y a la cual, claro, no podías mover. En los baños públicos de Tallinn tambien las hay, aunque están un poco más al medio. Son como la mancha esa que uno quiere sacar a toda costa del bar (del mingitorio del baño del bar) al que uno va siempre, pero se da cuenta de que no lo va a lograr.

También me había contado que este lugar esta lleno de finlandeses, es cierto, y no sólo pude comprobar eso, sino tambien que chupan que da calambre, es decir, beben mucho. A cualquier hora, lo que sea que les pongan enfrente. Pude confirmarlo. Cuando volví al hotel luego de la fiesta de apertura, y como aquí no se puede fumar en nigun lado excepto en la vereda, con casi medio metro de nieve, y como el bar del hotel estaba cerrado, le pregunté, desoyendo el consejo de Anthony Bourdain de NUNCA preguntar a un conserje de hotel donde hay un buen bar, eso, "¿donde hay un bar?". No me tomen por borracho, era la 1 de la mañana. Me dijo, muy amable, el "clerk", que al frente había un bar muy lindo, con música "para todos" (sea eso lo que sea) de nombre AMIGO.

"Bar Amigo" se llamaba el lugar, y estaba sólo a metros de mi hotel, cruzando la calle, pero, oh, debí sospecharlo, estaba dentro de otro hotel. Fue como entrar de repente a Texas, al peor bar de Texas. Gente mayor dormida en los reservados, mujeres pintarrajeadas sentadas en altos bancos, tipos gritando en idiomas incomprensibles, todos bebiendo, mirando con la mirada perdida esos enormes vasos de 600ml de SOKU (cerveza típica de Tallinn).

Como no pensaba quedarme mucho tiempo allí, solo lo que durase un cigarrillo, pedí un vaso chico de Soku, para probarla, el tipo me miró, asintió, y por lo bajo dijo algo asi, en inglés: "measure for pussy..." no logré escucharlo con claridad pero sé que dijo eso, y lo confirmé cuando volvió con "EL GRANDE" (en español en el original) y me pidio las 60 coronas. Yo le dije, no, quiero el de 45, el vaso más chico, y el sujeto, agil engañagiles, corrió hasta la máquina expendedora y me dijo algo como: "no la puedo volver a meter ahi..." Como yo estaba recién llegado, y de conflictos estoy algo harto, solo me limité a hacer un chiste: "Te pago 45, tomo 3/4 partes de EL GRANDE y vos haces lo que quieras con el resto". El tipo no era amable, y no respondió, se alejó por la barra a atender a la parva de borrachos que se apilaban allí y me dejó solo con mi gran vaso.

Sali para el deck, cubierto de nieve pero con calefacción y un cómodo banco de plaza para sentarme. Encendí un cigarrillo y al hacerlo vi con el rabillo del ojo a un tipo con una remera de "Harry el Sucio" intentar prender el suyo, sin lograrlo. Estúpido de mi, le ofrecí fuego. Las circunstancias: el sujeto tenía una gorra que decia R, una barba larga como la de Marx, y no podía prender el cigarrillo no porque el encendedor no anduviera, sino porque hacerlo era como si intentara meter la llave en la cerradura a las 6 de la mañana completamente borracho, y él lo estaba. Se sentó a mi lado, elogié su remera, me agradeció, e intempestivamente se paró frente a mí y babeando, me dijo: "Say it punk, do you feel lucky today?"

Afortunadamente, se sentó de inmediato y vinieron las preguntas, que argentino, que invitado al POFF (www.poff.ee) etc, el tipo no cazó un fulbo, porque empezó a hablar de quien es, para él, el mejor futbolista de todos los tiempos y que ahora juega en Alemania: (Franck) Ribery. El jugador, se sabe, es de origen francés y si no me equivoco, integró el equipo que salió campeón en el 98.

Luego de una charla inequívocamente escrita por Jarmusch (recordar "Ghost Dog: El camino del Samurai") aceleré el trago y decidí irme, cuando noté que mi interlocutor estaba a punto de desmayarse y una mujer salió corriendo del establecimiento con una rosa en la mano y le pidió que se marchara con más enfasis de lo normal. ¿Por qué? Detrás de ella salieron corriendo uno, dos, tres, cuatro, y luego varios tipos más, con vasos en la mano, gritando, puteando (creo), revoleando vasos de EL GRANDE a un supuesto oponente que resultaron ser ellos mismos.

Uno de ellos se sacó la remera, otro lo agarraba, después salieron "las chicas" a detener la pelea, etc, lo de siempre, la estúpida pelea que veía en Salta a la salida del "boliche" a las 5 de la matina cuando era un adolescente. Aca eran la 1 y media pero, claro, el sol se esconde a las 3:30pm. Nunca supe porqué fue la pelea. Cuando devolví el vaso en la barra al cabrón barman que me engatusó, me miró como diciendo, ah, te la terminaste, y agregó a su mirada sarcastica: "Estos putos finlandeses, no saben chupar, vienen y rompen todo... y eso que yo soy finlandés".

Me quedé mudo, pensando en lo que había dicho el tipo, crucé la calle, llegué a mi hotel, subí a mi habitacion calladito y antes de que el ascensor se detuviera en el 6to piso, lo hizo, creo, en el 4to. Un tipo con una botella del ya mencionado vodka "Finland" y una camiseta de futbol entró al ascensor con una sonrisa gigante. "Jay" (inglés ruso para Hi, no encuentro mejor forma de escribirlo) dijo, y yo correspondi el saludo. "I'm russian" agregó, y dije "Yo, argentino". Ahi comenzó el calvario Maradona, que esto que lo otro, que vení a mi habitacion que vas a tomar el mejor vodka del mundo. Que Argentina va a salir campeón porque ahora Maradona es el técnico, etc.

Accedí sin oponer mucha resistencia, estos rusos te agarran del brazo y es difícil soltarlos y por lo más, era bastante amable. Asi que con el temor de que fuera un serial killer pero al mismo tiempo cierta alegría internacionalista que me hizo recordar mis tiempos de fotógrafo, cuando me metía en las casas de la gente y dormía en las plazas, caminamos hacia su habitación y al entrar lo primero que hizo fue abrir un periódico ruso y comenzó a leer las peripecias del marido de Wanda Nara (no me acuerdo el nombre ni el equipo en el que juega pero, lamentablemente, sí me acuerdo de Wanda Nara) y me ofreció sentarme, me llenó una copa de ese maravilloso nectar llamado "Finland", mientras Marx (creanlo o no, se llama Marx el ruso) me miraba como un entomólogo. Bebí un trago y le dije algo asi como "maravilloso". El sonrió, agradeció, me palmeó la espalda y quiso servirme más. Le dije que no gracias y sonrió de nuevo, no se porqué, no me animé a decirle que ya lo había probado hace unas horas en la fiesta. Me paré decidido y me acerqué a la puerta: "You leaving?" me dice, "si claro, disculpa, estoy cansado". Okey, see you tomorrow" me dijo, y se despidió.

Ya esperando el ascensor, escucho unos pasos retumbar de esa manera en que retumban los pasos cuando alguien corre sobre una alfombra y vi una figura que avanzaba con los brazos en alto. Era el ruso. Sonrisa de oreja a oreja, extiende su mano y me dice: "For you, not for you, for Maradona". Y me dio el rublo del que ya les he hablado.



29.11.08

Diario del Festival de Tallin - Parte 1


Por Eduardo Flores Lescano

Luego de un largo, largo viaje, amanezco en Tallinn, me cuelgo la credencial verde que dice STAFF y bajo a desayunar, digamos, a esperar recibir las indicaciones del día. Me doy cuenta de que el vapor quemante del alquitrán de Avenida de Mayo ha quedado atrás y que la mesa para capturar comida está llena de cosas demasiadas extrañas tales como gelatina de ciervo y pescados y sopas y puaj, a esa hora de la maniana, aunque todavía no se porqué me levanté tan temprano, todo eso es puaj. Ya veremos mañana.

Pero primero lo primero, toda crónica comienza con la descripción del barco, si los mares soplaban, si hubo algun motín, etc. A falta de barco, el avión que me cruza desde el calor de Buenos Aires al hoy modernizado aeropuerto Charles de Gaulle de París (primera escala/FOTO) --recordar que una terminal se cayó entera hace poco-- vuela tranquilo y a mi lado duerme plácidamente un señor grandote, argentino, bonachón, que está de vacaciones y al mismo tiempo acompañando a su mujer, que se va para Italia a trabajar en algo para mí incomprensible: "Broker de Cargas".

Se hace de día, el avión está bajando y aterriza como el culo, golpea fuertemente, da un par de "saltos briosos" (la frase es del vecino de asiento) y nos damos un buen susto, hasta que se acomoda entre la nieve y la llovizna y arribamos. Hasta ahí, todo bien. Luego, avión más chiquito, más piola y espacioso, "Would you like a beer?", "Why not..." y me tomo una lata de Heineken, acepto la generosidad holandesa en este caso materializada en una lata y el vuelo dura 45 minutos.

Amsterdam. Dos grados bajo cero, muchas horas me esperan en ese aeropuerto. Muchas horas sin poder prender un cigarrillo. Casi seis. Salgo a la ciudad, como quien pasea. Como quien prende un cigarrillo. La extrañeza de pisar nieve luego de pedalear por la avenida Rivadavia con 39 de térmica es balsámica, pero el placer se apaga tan rápido como mi primer cigarrillo. Las memorias de mi primer viaje a Amsterdam (año 1999) vuelven y repentinamente me estreso, se me retuerce el estomago. Recuerdo que aquella vez encontré tranquilidad en un McDonalds, para que se imaginen lo mal que la pase, luego de haber rentado una bicicleta en un sótano donde un fornido muchacho en enterito y botas quiso apretarme contra una pared y tuve que salir corriendo, de cómo cuando pasada la bronca decidí hacer el "must do in Amsterdam: take a bike tour".

Bueno, eso hice aquella vez: agarré la bici y me fui a pasear. Todo bien, todo muy lindo, todo muy Linklater, hasta que al querer cruzar una callecita que parecía inofensiva, una horda, una piara de bicicletas a toda velocidad casi me aplasta. Y no eran ingenuos turistas como yo, eran profesionales con cascos y camisetas numeradas que estaban allí por un motivo, y ese motivo era la Carrera Anual de Bicicletas y Rollerblades. Se hace UNA vez al año. UNA vez, y allí estaba yo, hecho Il Postino, esquivando estas balas humanas y recibiendo puteadas de los policías que aparecieron de la nada con sus chalecos amarillos. Decidí sentarme en un parque, apoyar la bicicleta en la puerta del museo Van Gogh con la esperanza de que se la roben --cosa que efectivamente sucedió-- y luego tomármelas lo más rapido posible, aquella vez de vuelta a París.

Esta en la que escribo, luego de caminar el mismo parque y mirar desde lejos la puerta del museo, enfilé en tren para el aeropuerto y cuando llegué y volví a entrar y tuve que pasar nuevamente por Customs y que por poco no me hacen una colonoscopía, pero con onda. Me quedé dando vueltas como Tom Hanks entre negocios de perfumes, comidas, casas de ropa inaccesibles (zapatos Hugo Boss: 550 euros) etc, etc, hasta que la terminal más chiquita con la puerta más subterránea, la C22, del aeropuerto de Amsterdam se abrió para que los que estábamos allí nos subiéramos, como dice un amigo mio, a un "colectivito" que nos dejó en la puerta de un Fokker, avión pequeño y "pa desconfiar", pero que hizo su trabajo mucho mejor que el 777-300 de Air France, y que en dos horas de vuelo me dejó en las manos de un chofer muy amable, que me esperaba con el clasico cartelito en la sala de arribos. Salimos a la nieve, y yo a esa altura me sentia Jack Ryan, porque el auto era otra nave --jamás podre recordar su marca, pero allí estaba, deslizándose entre la nieve como si tuviera esquíes-- que me llevó directamente --llegue a las 11 de la noche del viernes-- a la fiesta de apertura.

Allí la comida, que aunque quedaba poca era muy buena, hacia honor a esa costumbre nórdica, o en este caso báltica, de exponer ahumados de todo tipo, con papas hervidas y saltadas en vodka, todo muy delicado, en un lugar que solía ser una fábrica del régimen soviético (recordar que desde 1944 hasta 1991 Estonia estuvo bajo la ocupacion soviética) y me encontré tomando vino... si, argentino: Finca Las Moras Malbec, por un corto lapso, no vayan a pensar que luego pusieron tango.

Luego me encontré con la directora del Festival, la siempre afable Tiina Lokk, que me presentó a parte del equipo de programación, a su jefa de tránsito de copias, al gerente, a este y al otro, y a un vodka ruso cuyo nombre es extraño: "Finland". Un par de "Provst!"("Salud", en ruso, pero sirve para otros idiomas también) y luego de a poco todo se fue apagando, hasta que tipo una y media de la mañana estaba intentando utilizar la tv de mi habitacion. Tomar nota, en la habitación hay un teclado inalámbrico con mouse incorporado que puede ser usado como teclado de un hermoso televisor flat de no se cuántas pulgadas. Es decir, aquí no se necesitan laptops, uno se tira en la cama con el teclado en la falda y usa el televisor como pantalla. La pucha con Tallinn. Ah, otra cosa, toda la ciudad es wi-fi, gratis.

Mañana, contaré cómo casi me peleo con un bartender, cómo terminé hablando de Ribery y cómo, en una sala para fumadores de dos por dos, me puse a charlar con un ruso que esta acá como corresponsal de no se qué y que me regalo un rublo (una moneda) para que se lo de a Maradona, para que salgamos campeones en Sudáfrica. Porque él sabe que Rusia no va a poder y si ellos no pueden, el único que se lo merece es el Diego.