
La idea de que el cine --digamos, más bien, el espacio cinematográfico-- es un territorio que permite una ampliación del universo de lo posible es algo que sabemos desde Georges Melies. Es decir, desde el principio mismo de la historia del cine. Cuando uno ve una película como "El origen", lo que aparece muy claramente es cómo esa relación, con el correr de los años, se transformó en una suerte de arma de doble filo: el cine mismo --su historia, todo lo que surgió a partir de él-- ha pasado a reemplazar, o a ocupar una buena porción, de ese territorio de la fantasía.
Pongámoslo de otra manera. Para "El origen" nuestros sueños son cinematográficos, son películas, escenas de otras películas, tramas, personajes, narraciones. En la enrevesada trama de sueños dentro de sueños dentro de sueños (varios análisis del filme se detienen en analizar hasta qué punto existe un nivel al que podamos llamar realidad en toda la trama o si, simplemente, hasta el nivel de lo "real" es también un sueño), todo lo que vemos son "implantes" o "extractos" que se le hacen a los personajes. Y todos ellos son, con sus diferencias, sueños cinematográficos. Como si nuestra capacidad de imaginar un mundo que exceda lo real --un mundo onírico, en el que todo vale-- estuviera regido y dominado por un imaginario exclusivamente cinematográfico.
Si bien la apuesta podría resultar interesante planteada de esa manera, el problema con "El origen" es que lo sueños que nuestros personajes sueñan remiten a secuencias cinematográficas en su mayoría banales y poco interesantes, que brillan por cierta espectacularidad visual pero que no tienen casi ningún componente que exceda el estereotipo. Todas, claro, proceden con lógica de guión y ninguna (salvo algunas escenas, al principio, que tienen un montaje a lo Resnais que me hizo ilusionar que iba a ver algo realmente original) con lo que se suele llamar "dream logic", que es la forma en la que solemos soñar.
Si las personas sueñan con una lógica difícil de descifrar, habrá que pensar, entonces, que los personajes sueñan con secuencias de acción, con recursos dramáticos trillados, suponen que los secretos y traumas se guardan en cajas fuertes, que los niveles del inconsciente tienen el ritmo y la exactitud caligráfica de una película de Hitchcock (nunca los sueños tuvieron en el cine un carácter tan realista como aquí) y que los problemas se curan con un curso de guión.
De alguna manera, lo que hace Christopher Nolan es aplicar algo similar a lo que pasaba en "El ladrón de orquídeas", de Spike Jonze. Tomando en cuenta que escribe los guiones con su hermano, esta opción parece aún más evidente. Allí, cuando Charlie Kaufman no sabía cómo resolver la adaptación de una novela al cine aparecía "de la nada" su mellizo Donald, que había estudiado todos los cursos correctos y le proponía resoluciones de las que salen en los manuales de guión. No sé cómo es la relación entre los hermanos Nolan, pero me da la impresión de que aquí sucede algo similar: la película jamás se puede soltar ni liberar de su carácter de puzzle atractivo por su propio mecanismo de composición y por el impacto de sus imágenes.
Pero esa literalidad de los sueños que, finalmente y pese a todas las vueltas de tuerca, la película plantea, es la que le quita casi todo su interés. Es una película-programa, es un artefacto sin vida propia, un manual de instrucciones sobre sí mismo: es como pasarse dos horas haciendo zapping y aprendiendo a manejar una TV de 32' pulgadas para darse cuenta a los cinco minutos que no hay nada para ver y apagarla.
El problema, central, es que la trama "policial" importa poco y nada. Más bien, nada. De entender es fácil, muy muy fácil, pero no nos genera ningún deseo por conocer sus resultados, ninguna pulsión por saber si podrán o no "implantar" o no la tan mentada idea. Una idea tan resonante como hacer que una persona se convenza que tiene que vender una empresa, o algo así. Y punto.
Y si bien es cierto que "the inception" es, meramente, el MacGuffin hitchcockiano que debería llevarnos a través de la trama hacia lo que realmente importa --que es el personaje de Leonardo DiCaprio y su relación con su mujer, que ha muerto--, la película dedica mucho tiempo a desarrollar esa parte de la trama, simplemente porque le sirve como excusa para montar una serie de escenas de acción y suspenso que corren paralelamente.
Acá voy a hacer un aparte. Para que no se me ubique fácilmente en el lugar de las personas que odian a Nolan o a este tipo de cine, me veo obligado a reiterar que me gustan casi todas sus anteriores películas, creo que "The Dark Knight" es una de las mejores películas de superhéroes de todos los tiempos y soy un fan de "The Prestige", especialmente (también "Memento" y "Batman Begins" me gustan más que esta).
Ahora, volviendo a la película, el problema aquí parece ser que, tras el éxito de "The Dark Knight", a Nolan se le permitió "carta blanca" para hacer lo que quisiera. Lo cual es una decisión genial y admirable. Pocos estudios (Warner siempre tuvo una relación de fidelidad y apoyo a sus directores a lo largo de décadas) darían tanto dinero y libertad a un realizador para un proyecto tan, en principio, extravagante. El problema es que aquí uno siente que el talento de Nolan no está a la altura de sus ambiciones.
Veamos el otro problema de la película: como en "Shutter Island", DiCaprio tiene un trauma con la muerte de su esposa, que no vamos a contar aquí. Como en aquella película, no habrá otra opción que explicarlo, ponerlo en palabras. Pero lo que allí era sólo una escena (Scorsese mantenía, casi, una "dream logic" para casi toda la película y despachaba todas las explicaciones necesarias juntas, en una escena bastante fea pero que se resolvía en un par de minutos), en "El origen" es constante. La relación traumática que hace que su mujer se cuele en sus sueños o en los sueños en los que él interviene necesita, parece, ser explicada, aclarada y hasta ubicada en zonas precisas del inconsciente, no sea cosa que se confundan los niveles de importancia de diferentes traumas.
Que el cine se haya convertido en el amo y señor de nuestros sueños puede ser un eje interesante para una película. El problema es que, el "cine" que domina los sueños de los personajes y del director de "El origen" no es demasiado interesante. En él no hay pasión, no hay demasiado vuelo creativo (hay, sí, reconozcámoslo, unas cuantas escenas impactantes gracias a los efectos especiales), no hay emociones. Son sueños mecánicos, no perturban, no asustan, no dejan dudas: simplifican, aclaran, se cierran sobre sí mismos. Es como soñar con un psicólogo adentro que te explica todo lo que ves en el momento en el que lo estás soñando, quitándole toda posibilidad de ambigüedad.
"El origen" es una película que luce bien y que ganará adeptos porque sus efectos llaman la atención y porque internet (la virtualidad de los actos de los personajes en el cine, "haciendo cosas" mientras están tirados en un sillón, es algo que impresiona y que remite al uso de las redes, especialmente las sociales, donde hay "escenas" que se comparten y otras que no) dará lugar a largos debates sobre qué es cada cosa, cada nivel, cada escena. El cine como juego de relojería en el que todo tiene que cerrar perfecto para poder quedarnos tranquilos.
El otro día, hablando de "The Big Sleep" y lo que había escrito Manny Farber sobre ella, recordé la anécdota que contaba Howard Hawks y el elenco, quienes decían qué ni ellos mismos entendían bien la trama de la película. Eso, y la escena que cita Farber sobre Bogart mirando al cielo (que, finalmente, resultó tener su lógica narrativa, pero es lo de menos; Farber se refiere a esa zona inesperada, de libertad, que se cuela en el mejor cine), me hicieron volver a pensar en "El origen" y cómo ambas cosas (la libertad narrativa y la escena o detalle inconsecuente) no existen en la película, abrochada dentro de un sistema literal, demasiado literal (una canción de Piaf porqué actúa Marion Cotillard, prueba del ombliguismo cinematográfico plagado de referencias chotas), que achata cada imagen, cada poro, cada momento de vuelo imaginativo que podría llegar a tener.
Tal vez, si no fuese un filme centrado en el mundo de los sueños, y uno pusiese la narrativa de "El origen" en el plano de lo real (lo real-cinematográfico, obviamente), el fastidio que me causó sería menor, y apreciaría con menos reparos las cosas buenas que el filme tiene. Pero la sensación, final, de que el universo de nuestros sueños se ha limitado al cine de acción hollywoodense (y a los traumas más básicos de los manuales de guión), me genera una tristeza enorme. Me deja, flotando, la impresión de que, más que abrirnos a mundos fantásticos, el cine nos ha empezado a encerrar en su propia red.
No hay epifanías en "El origen", no hay un final como el de "Blade Runner", ninguna pesadilla le llega a los talones a un solo plano de Lynch o Cronenberg, todo se fagocita a sí mismo, una y otra vez. Los sueños que nos dejan películas como ésta son cada vez más limitados, más pobres, giran sobre sí mismos. ¿Seremos androides, finalmente, soñando con ovejas eléctricas?
PD. Esta crítica fue escrita específicamente para el blog. No escribiré sobre el filme para el diario. Además, estoy de vacaciones...