14.5.09

"La sangre brota", de Pablo Fendrik (Clarín)


Aquí, la versión publicada. Y debajo, la versión extendida.

“Mirá, mirá bien”, le dice Vanesa a Leandro, sentados en un parque. Habrá que ver la película para saber lo que la chica le pide que observe (de hecho, tampoco sería publicable aquí), pero más que a su nuevo amigo –compinche, compañero de aventuras callejeras, mutuo objeto de deseo—ese comentario parece dirigido al espectador. “La sangre brota” es una película que pide ser observada con atención, como un rompecabezas de imágenes, sensaciones, detalles. Y, especialmente, como un entramado de códigos secretos (y silencios) entre personajes solitarios que habitan una Buenos Aires tan reconocible como extraña.

El segundo filme de Pablo Fendrik (“El asaltante”) podría ser reducido a su línea narrativa principal (un padre que necesita dinero para ayudar a su hijo mayor; su otro hijo que quiere ese mismo dinero para escaparse… de su padre), pero no le haría justicia a lo que el filme transmite ni a cómo lo hace. Como pocos directores argentinos (acaso Lucrecia Martel o, en un plan muy distinto, Lisandro Alonso), Fendrik maneja con extrema precisión las posibilidades visuales y sonoras del cine de transmitir sensaciones, de ubicar al espectador en un lugar preciso y en un momento concreto.

“La sangre brota”, como su título parece indicar, es un filme al borde del estallido, que acumula nervios, broncas, celos y traiciones, y que, en un momento, da la impresión que podría explotar en la cara del espectador. Se trata de una tensión inasible, como la que se acumula en un largo y complicado día en una ciudad hostil, cuando parece que todo sale mal y que el mundo sigue su marcha, sin enterarse, hasta que ya es demasiado tarde.

Leandro (Nahuel Pérez Biscayart) nunca está en su casa por motivos que desconocemos, pero podemos suponer. Y se nota en su aspecto y su estado. Prefiere pasar el día en la calle con su amiga --¿novia?, ¿prima?, quién sabe-- Romina (Guadalupe Docampo) mientras planea irse a la costa a vender “unas cosas”. En el medio se topará con Vanesa (la sorprendente Ailín Salas, de sólo 14 años al hacer el filme), una chica que reparte volantes en la calle, y como sin quererlo, se enredará en un complicado triángulo de emociones.

Por otro lado, Arturo (Arturo Goetz) circula por la misma ciudad que su hijo en su taxi. Si bien escucha siempre un CD de relajación que trata de alejarlo de la violencia de la ciudad (o de alguna otra), empezará a transportar a un tal McEnroe (Guillermo Arengo), uno de esos ¿empresarios? porteños que parecen de manual y que van del casino al hipódromo, de ahí a timbear y más tarde a buscar un misterioso paquete a un locker en Retiro. Si a eso se le suma el llamado del hijo mayor desde los Estados Unidos pidiendo dinero con urgencia (y la reticencia de su esposa a darle sus ahorros), estamos ante una paralela olla a presión.

Pero ir hacia el inevitable destino no es lo más importante ni lo mejor de “La sangre brota”, ya que Fendrik prefiere sacar a sus personajes de una línea narrativa fija y mostrarlos “actuar” (padre e hijo componen, cada uno a su modo, un personaje público) en sus respectivos territorios.

Así, el filme se transforma en un juego de simulaciones y engaños. Y el espectador –como si participara en uno de los juegos de cartas que muestra la película—debe ir adivinando las señales a través de las miradas, los planos detalle y los silencios. Como en los filmes de Martel (pero con una mirada y sensibilidad fuertemente masculina que lo acerca por momentos a los filmes de Fabián Bielinsky), la información que se retacea desde la palabra circula a través de los mecanismos cinematográficos: parece haber un código secreto --y una larga historia-- entre los personajes, y Fendrik nos hace jugar a reconstruirlos como quien observa algún tipo de extraña situación en la calle (un robo, una pelea, algún personaje fuera de lo común) sin saber bien qué pasa.

Y la experiencia es tan disfrutable como dura y dolorosa, con una intensidad y violencia que se sienten en el cuerpo (atención al uso del sonido) y que hacen recordar a la primera época de Martin Scorsese (podría verse como un mix entre “Calles salvajes” y “Taxi Driver”), con una cámara nerviosa, “cassavetiana”, que parece meterse en las narices de los personajes. Pero la destreza técnica no es un mero alarde para llamar la atención, es absolutamente funcional a lo que se está contando: las vidas de una serie de criaturas que caminan al borde de la cornisa, tratando de mantener su humanidad (y su cordura) en medio de las más furiosas de las circunstancias.


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