11.12.08

Diario de Tallin - Parte 7 y final


Por Eduardo Flores Lescano

Costó, pero llegamos, y no es moco de pavo, pues entre las actividades que me coparon como sujeto entregado al jurado, si, lo sé, de una competencia de cortometrajes filmados con un celular, fue ver surgir ganador un hermoso pequeño film llamado “Windowkisser”, en blanco y negro, poseedor de una ética rampante y una espontaneidad casi calculada (lo que lo transforma en algo no-espontáneo) acerca de dos hermanos mellizos –no mas de dos años cada- que viajan en un tren en algún lugar de la estepa, mirando por la ventana como pasan los postes de luz, las casas, las extensiones de tierra y pasto, tal cual yo lo hacia cuando mi padre, durante los fines de semana, me llevaba a “pasear” en su auto, con su mujer y mis tres hermanos –el cuarto no había nacido, fruto de este posterior matrimonio- por las calles de “Tres cerritos”, el barrio donde creció Lucrecia Martel y donde mi padre posee su casa hoy por hoy.

La excusa era el paseo dominguero, por la tarde, con ese cansancio espiritual de tristeza vacuna que los domingos generan en los seres humanos, y pegados a la ventanilla veíamos pasar las casas de dos pisos, con grandes jardines –mi padre es ingeniero, su mujer arquitecta- con entradas de garage importantes, con la misma ansiedad con la que esperábamos el momento en el que mi padre nos iba a buscar a mi casa, la casa del barrio Portezuelo, en Salta, el barrio frente al cementerio, a la vuelta de la cárcel, el barrio a tres cuadras del manicomio, y en la base del cerro San Bernardo, donde pasábamos casi todas las tardes de verano. Esas ventanillas, esa separación con el mundo que me rodeaba en el asiento trasero del ford taunus dos punto tres ghía, no lograba –mi padre no lo sabe- sino más que generarme una angustia tremenda, y unas ganas tremendas de llegar a su casa, a su cena, prolija, temprana, a la commodore 64 donde jugábamos al Pacman, al Popeye y a otros juegos que luego mejoraron o se olvidaron; a un mundo que mi padre creaba para nosotros, luego de su recorrido para ver casas, estructuras, diseños.

Mi padre, en esa época, está bueno aclararlo, estaba mal de guita y buscaba laburo, ideas, etc. Pero nosotros nos comiamos el vidrio, como el nene del corto al que le di el premio en esa extraña competencia llamada MOFF, y ahora puedo decirlo, también llena de estupideces floggers, ensayos, películas presas de una ética –si la podemos llamar así-- de que la cámara, sea fotográfica, telefónica, o cualquier cámara, es un juguete y no una herramienta para construir, porque el cine se construye, no se descubre, al menos hoy por hoy, no debería ser considerado un accidente –tópico de la discusión con los otros jurados- capturado por un dispositivo audiovisual. Más importante aún, la herramienta es el ojo, la palabra, el plan o la idea detrás del film, aunque hay excepciones, como la famosa filmación de las protestas de la Plaza de Tian'anmen de 1989 en China, donde el acontecimiento superaba al objeto de registro, u otras más, ejemplos sobran, para que nombrarlos. Y luego la mixtura, el método, porque el corto que premiamos fue un documental, y en esa “oportunidad” de captar un momento, sea este bello o terrible, -un accidente de auto o un escrache a Cavallo en París- DEBE haber una idea cinematográfica, una ética de la imagen, y es eso quizás lo que vio el jurado de la competencia más importante del Festival de Tallin en “Hunger”, de Steve McQueen –tal y como yo lo deseaba, esta película se alzó con el premio mayor- , donde no hay accidente posible, pero tampoco se puede decir que haya ensayo.

McQueen no estaba en la ceremonia de Clausura, tampoco Winterbottom, ni el director de Waltz with Bashir, (grandes ganadores de la noche), estaban todos en Copenhagen, donde se celebraba la entrega de los European Film Awards, algo así como los Oscar europeos, pero sí había en la ceremonia un espíritu de festival comprometido como pocas veces vi. Le ceremonia, llevada a cabo en el teatro ruso, uno de los cines mas lujosos del Báltico, donde se estrenan a menudo óperas y ballets y obras de célebres dramaturgos, se convirtió en un escenario para que una banda de rock diera un concierto inolvidable. Un concierto en cuatro actos, en cuyos intervalos se anunciaba un premio o se pronunciaba un discurso, y a diferencia de otros festivales, cuando no había un receptor del premio, aparecía un lobo, un hombre vestido con traje de lobo, -el lobo es el logo y el espíritu del festival- y agarraba el premio con desgano y mucho humor y los aplausos se esparcían por la sala. De hecho, tan irónico era el lobo este, que cuando se anunció el premio de la irlandesa Hunger, apareció con una bandera inglesa cual hooligan festejando un triunfo futbolero, atajando abucheos y soltando movimientos increíblemente simpáticos, -tan en serio se tomaron la ceremonia de clausura del Festival en Tallin, o viceversa-, encogiendo los hombros como si no supiera que estaba equivocado.

La ceremonia fue preciosa, luego de la cual vino el flojo pero de alguna manera noble y honesto film “Pandora’s Box”, de origen turco, sobre como reacciona una familia ante la enfermedad de uno de sus componentes, en este caso, la madre, una mujer muy mayor, que vive en una villa alejada en medio de las montañas y es trasladada a la ciudad, donde le diagnostican Alzheimer, y en donde repartirá su tiempo entre las casas de sus dos hijas y el típico hijo menor fumaporro que se lleva bien con el hijo de la hermana mayor pero mal con sus hermanas, y hará trastabillar la vida cotidana de sus hijos, que no estarán a la altura de las circunstancias, (acaso alguien lo está frente a una enfermedad tan terrible?). Pero no sólo es la enfermedad, le perdida de la memoria inmediata, sino también el tener que acostumbrarse --en este caso la anciana madre-- a los desarreglos de los seres humanos en general y a la vida en la gran ciudad, a la falta de libertad, de aire puro, donde la memoria y la solidaridad parecen haber desaparecido hace rato.



Dos horas de película, luego una larga cola para retirar el sobretodo del guardarropas (es increíble la atención que le prestan a esto en este tipo de países, donde el abrigo es indispensable, cómo respetan el abrigo del otro, como si existiera una conciencia inoculada de la necesidad que tiene el otro de no sentir frío, y la respetan a rajatabla) lo cual me recuerda el pequeñísimo pero para mí importante “episodio de la campera” --poniéndole comillas sigo la lógica de Llinás. En una de mis tantas salidas a la vereda del hotel a fumar un cigarrillo, me di cuenta, y se lo comenté a mi compañero ocasional de tabaco, de que había una campera negra en el piso, sólo a tres metros de donde estábamos parados. Nos quedamos allí, uno, dos, tres minutos, luego de terminar nuestro cigarrillo, mirando fijamente la campera, una hermosa campera negra impecable de un valor importante, y cómo la gente pasaba caminando a su lado, esquivándola, mirándola sin darle mucha importancia, pero quizás la importancia de la campera estaba en esa mirada que no era de desdén hacia un objeto en el piso sino hacia un objeto “que le pertenece a alguien”. Decidimos quedarnos a ver que pasaba, y pasó más de 25 de minutos, hasta que un flamante auto, también negro, estacionó y dejó salir a una mujer que con la cabeza pareció decirle al que manejaba: “ahí está”. La mujer, de largo pelo rubio, caminó tranquila hacia la campera, la levantó, la sacudió y se la puso. Era “su” campera. Luego dio vueltas sobre sus pasos, impecable, se metió en el auto y desapareció de allí.

La fiesta de clausura era en el hotel donde estaba la mayoría de los invitados del Festival, y había allí una enorme banda de músicos con pelucas doradas y enormes anteojos de sol tocando trompetas y cornos y saxofones y también el famoso buffet “comida de dorapa” de cualquier fiesta donde hay mucha gente y pocas mesas. Luego vinieron los DJs y el bailongo y el vodka y las promesas de festival, las despedidas y el fin de esa extraña relación entre sujetos que conviven muchas horas del día juntos durante un período relativamente corto de tiempo. En el cual se cuentan sus historias –no saben si volverán a verse- hablan un idioma extraño, están lejos de sus lugares y sus familias, en el caso de que tengan estas cosas o aquello que las represente, y comienzan a alejarse de ese núcleo que succiona y provee de un fugaz sentido de pertenencia, del cual hay que saber despegarse para –en mi caso en particular- no creer que el mundo es de Cinzano, porque sé que muy rico todo, muy linda la música, pero que al 20 del mes estoy comiendo un pancho en Avenida de Mayo y Salta como todo almuerzo y que, si dejo caer la bufanda, no termina su recorrido al suelo que ya alguien se la llevó muy muy lejos. Entonces la realidad se convierte en el gran antídoto, y quizás por eso está bueno sentirse como el niño del corto “Windowkisser” al que le otorgamos el premio, como el niño que fui dentro de la parte trasera del auto de mi padre los domingos por la tarde, sumergido en una especie de asfixia ontológica que aún hoy no puedo terminar de entender.

Y quizás sea la navidad y el fin de año y el hecho de que mi hija cumplió tres años y que me tomaré un colectivo a Salta en unos días (20 horas de viaje) y me encontraré con los viejos amigos del barrio y el cerro y el cementerio –-todos tenemos nuestro Combray-- que me he puesto así, o que la memoria asalta y nos asalta cuando estamos escribiendo, y en virtud de esa memoria y la espontaneidad de los lazos humanos reales, fue que decidí darme de baja de la “social network” conocida en inglés como Facebook pero que en castellano es simplemente “libro de rostros”, inspirado en los anuarios universitarios donde los/las estudiantes marcaban las caras de las/los chicas/chicos con las que querían acostarse o con los/las que ya se habían acostado. Luego de jugar casi un año, de curiosear y sumar amigos, de escudriñar en la vida privada que la gente decide hacer pública a través de fotografías y videos y expresiones de gustos y asistencias a eventos, conciertos, grupos de filmes favoritos, etc, etc, y por supuesto, quien no lo ha hecho, de buscar a la ex-novia, aquella con la que se perdió el contacto directo, por supuesto; para ver si es feliz, si se ha casado, si está más linda, para “verla”, para constatar su existencia en el mundo. Y bueno, como decía Mac Luhan, “chequear que el sistema funciona, que las señales llegan” citando la famosa instalación de un teléfono en el Tibet y el momento en el que un monje atiende el primer llamado y dice “hola”, y del otro lado alguien grita: “Funciona!” y luego cortan la transmisión, la “comunicación” y el monje, bueno, imagínense la cara del monje que, como la anciana de Pandora’s Box prefiere volver a su huerta, a su montaña, a SU vida.

Pero lo que el monje intuye --tal y como intuyo yo a los festivales de cine y las redes sociales--, que el teléfono YA ha comenzado a formar parte de su vida, y que yo/el monje, formamos parte de una memoria colectiva cuya lógica implica succionar la nuestra, la particular, para ponerla a circular, como en el caso de esta última entrega sobre el Festival de Cine de Tallin, en el tejido de la normalidad de una lectura de memoria corta, como un Alhzeimer que --como un antídoto contra el olvido por la felicidad o la angustia de la infancia--, se sacude de la espalda lo inmediato y lo tira por la borda y descarta lo que pasó hace un par de horas o un par de días o quizás un par de años pero guarda muy profundo, donde nadie ve, aquel primer mordisco a la magdalena.

Hasta la próxima.

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