4.2.09

"El curioso caso de Benjamin Button", cuento de F. Scott Fitzgerald (1922)


I.

Hasta 1860 lo correcto era nacer en tu propia casa. Hoy, según me dicen, los grandes dioses de la medicina han establecido que los primeros llantos del recién nacido deben ser emitidos en la atmósfera aséptica de un hospital, preferiblemente en un hospital elegante. Así que el señor y la señora Button se adelantaron cincuenta años a la moda cuando decidieron, un día de verano de 1860, que su primer hijo nacería en un hospital. Nunca sabremos si este anacronismo tuvo alguna influencia en la asombrosa historia que estoy a punto de referirles.

Les contaré lo que ocurrió, y dejaré que juzguen por sí mismos.

Los Button gozaban de una posición envidiable, tanto social como económica, en el Baltimore de antes de la guerra. Estaban emparentados con Esta o Aquella Familia, lo que, como todo sureño sabía, les daba el derecho a formar parte de la inmensa aristocracia que habitaba la Confederación. Era su primera experiencia en lo que atañe a la antigua y encantadora costumbre de tener hijos: naturalmente, el señor Button estaba nervioso. Confiaba en que fuera un niño, para poder mandarlo a la Universidad de Yale, en Connecticut, institución en la que el propio señor Button había sido conocido durante cuatro años con el apodo, más bien obvio, de Cuello Duro.

La mañana de septiembre consagrada al extraordinario acontecimiento se levantó muy nervioso a las seis, se vistió, se anudó una impecable corbata y corrió por las calles de Baltimore hasta el hospital, donde averiguaría si la oscuridad de la noche había traído en su seno una nueva vida.

A unos cien metros de la Clínica Maryland para Damas y Caballeros vio al doctor Keene, el médico de cabecera, que bajaba por la escalera principal restregándose las manos como si se las lavara, como todos los médicos están obligados a hacer, de acuerdo con los principios éticos, nunca escritos, de la profesión.

El señor Roger Button, presidente de Roger Button & Company, Ferreteros Mayoristas, echó a correr hacia el doctor Keene con mucha menos dignidad de lo que se esperaría de un caballero del Sur, hijo de aquella época pintoresca.

—Doctor Keene —llamó—. ¡Eh, doctor Keene!

El doctor lo oyó, se volvió y se paró a esperarlo, mientras una expresión extraña se iba dibujando en su severa cara de médico a medida que el señor Button se acercaba.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el señor Button, respirando con dificultad después de su carrera—. ¿Cómo ha ido todo? ¿Cómo está mi mujer? ¿Es un niño? ¿Qué ha sido? ¿Qué...?

—Serénese —dijo el doctor Keene ásperamente. Parecía algo irritado.

—¿Ha nacido el niño? —preguntó suplicante el señor Button.

El doctor Keene frunció el entrecejo.

—Diantre, sí, supongo... en cierto modo. —Y volvió a lanzarle una extraña mirada al señor Button.

—¿Mi mujer está bien?

—Sí.

—¿Es niño o niña?

—¡Y dale! —gritó el doctor Keene en el colmo de su irritación—. Le ruego que lo vea usted mismo. ¡Es indignante! —La última palabra cupo casi en una sola sílaba. Luego el doctor Keene murmuró—: ¿Usted cree que un caso como éste mejorará mi reputación profesional? Otro caso así sería mi ruina... la ruina de cualquiera.

—¿Qué pasa? —preguntó el señor Button, aterrado—. ¿Trillizos?

—¡No, nada de trillizos! —respondió el doctor, cortante—. Puede ir a verlo usted mismo. Y buscarse otro médico. Yo lo traje a usted al mundo, joven, y he sido el médico de su familia durante cuarenta años, pero he terminado con usted. ¡No quiero verle ni a usted ni a nadie de su familia nunca más! ¡Adiós!

Se volvió bruscamente y, sin añadir palabra, subió a su faetón, que lo esperaba en la calzada, y se alejó muy serio.

El señor Button se quedó en la acera, estupefacto y temblando de pies a cabeza. ¿Qué horrible desgracia había ocurrido? De repente había perdido el más mínimo deseo de entrar en la Clínica Maryland para Damas y Caballeros. Pero, un instante después, haciendo un terrible esfuerzo, se obligó a subir las escaleras y cruzó la puerta principal.

Había una enfermera sentada tras una mesa en la penumbra opaca del vestíbulo. Venciendo su vergüenza, el señor Button se le acercó.

—Buenos días —saludó la enfermera, mirándolo con amabilidad.

—Buenos días. Soy... Soy el señor Button.

Una expresión de horror se adueñó del rostro de la chica, que se puso en pie de un salto y pareció a punto de salir volando del vestíbulo: se dominaba gracias a un esfuerzo ímprobo y evidente.

—Quiero ver a mi hijo —dijo el señor Button.

La enfermera lanzó un débil grito.

—¡Por supuesto! —gritó histéricamente—. Arriba. Al final de las escaleras. ¡Suba!

Le señaló la dirección con el dedo, y el señor Button, bañado en sudor frío, dio media vuelta, vacilante, y empezó a subir las escaleras. En el vestíbulo de arriba se dirigió a otra enfermera que se le acercó con una palangana en la mano.

—Soy el señor Button —consiguió articular—. Quiero ver a mi...

¡Clanc! La palangana se estrelló contra el suelo y rodó hacia las escaleras. ¡Clanc! ¡Clanc! Empezó un metódico descenso, como si participara en el terror general que había desatado aquel caballero.

—¡Quiero ver a mi hijo! —el señor Button casi gritaba. Estaba a punto de sufrir un ataque.

¡Clanc! La palangana había llegado a la planta baja. La enfermera recuperó el control de sí misma y lanzó al señor Button una mirada de auténtico desprecio.

—De acuerdo, señor Button —concedió con voz sumisa—. Muy bien. ¡Pero si usted supiera cómo estábamos todos esta mañana! ¡Es algo sencillamente indignante! Esta clínica no conservará ni sombra de su reputación después de...

—¡Rápido! —gritó el señor Button, con voz ronca—. ¡No puedo soportar más esta situación!

—Venga entonces por aquí, señor Button.

Se arrastró penosamente tras ella. Al final de un largo pasillo llegaron a una sala de la que salía un coro de aullidos, una sala que, de hecho, sería conocida en el futuro como la «sala de los lloros». Entraron. Alineadas a lo largo de las paredes había media docena de cunas con ruedas, esmaltadas de blanco, cada una con una etiqueta pegada en la cabecera.

—Bueno —resopló el señor Button—. ¿Cuál es el mío?

—Aquél —dijo la enfermera.

Los ojos del señor Button siguieron la dirección que señalaba el dedo de la enfermera, y esto es lo que vieron: envuelto en una voluminosa manta blanca, casi saliéndose de la cuna, había sentado un anciano que aparentaba unos setenta años. Sus escasos cabellos eran casi blancos, y del mentón le caía una larga barba color humo que ondeaba absurdamente de acá para allá, abanicada por la brisa que entraba por la ventana. El anciano miró al señor Button con ojos desvaídos y marchitos, en los que acechaba una interrogación que no hallaba respuesta.

—¿Estoy loco? —tronó el señor Button, transformando su miedo en rabia—. ¿O la clínica quiere gastarme una broma de mal gusto?

—A nosotros no nos parece ninguna broma —replicó la enfermera severamente—. Y no sé si usted está loco o no, pero lo que es absolutamente seguro es que ése es su hijo.

El sudor frío se duplicó en la frente del señor Button. Cerró los ojos, y volvió a abrirlos, y miró. No era un error: veía a un hombre de setenta años, un recién nacido de setenta años, un recién nacido al que las piernas se le salían de la cuna en la que descansaba.

El anciano miró plácidamente al caballero y a la enfermera durante un instante, y de repente habló con voz cascada y vieja:

—¿Eres mi padre? —preguntó.

El señor Button y la enfermera se llevaron un terrible susto.

—Porque, si lo eres —prosiguió el anciano quejumbrosamente—, me gustaría que me sacaras de este sitio, o, al menos, que hicieras que me trajeran una mecedora cómoda.

—Pero, en nombre de Dios, ¿de dónde has salido? ¿Quién eres tú? —estalló el señor Button exasperado.

—No te puedo decir exactamente quién soy —replicó la voz quejumbrosa—, porque sólo hace unas cuantas horas que he nacido. Pero mi apellido es Button, no hay duda.

—¡Mientes! ¡Eres un impostor!

El anciano se volvió cansinamente hacia la enfermera.

—Bonito modo de recibir a un hijo recién nacido —se lamentó con voz débil—. Dígale que se equivoca, ¿quiere?

—Se equivoca, señor Button —dijo severamente la enfermera—. Este es su hijo. Debería asumir la situación de la mejor manera posible. Nos vemos en la obligación de pedirle que se lo lleve a casa cuanto antes: hoy, por ejemplo.

—¿A casa? —repitió el señor Button con voz incrédula.

—Sí, no podemos tenerlo aquí. No podemos, de verdad. ¿Comprende?

—Yo me alegraría mucho —se quejó el anciano—. ¡Menudo sitio! Vamos, el sitio ideal para albergar a un joven de gustos tranquilos. Con todos estos chillidos y llantos, no he podido pegar ojo. He pedido algo de comer —aquí su voz alcanzó una aguda nota de protesta— ¡y me han traído una botella de leche!

El señor Button se dejó caer en un sillón junto a su hijo y escondió la cara entre las manos.

—¡Dios mío! —murmuró, aterrorizado—. ¿Qué va a decir la gente? ¿Qué voy a hacer?

—Tiene que llevárselo a casa —insistió la enfermera—. ¡Inmediatamente!

Una imagen grotesca se materializó con tremenda nitidez ante los ojos del hombre atormentado: una imagen de sí mismo paseando por las abarrotadas calles de la ciudad con aquella espantosa aparición renqueando a su lado.

—No puedo hacerlo, no puedo —gimió.

La gente se pararía a preguntarle, y ¿qué iba a decirles? Tendría que presentar a ese... a ese septuagenario: «Éste es mi hijo, ha nacido esta mañana temprano». Y el anciano se acurrucaría bajo la manta y seguirían su camino penosamente, pasando por delante de las tiendas atestadas y el mercado de esclavos (durante un oscuro instante, el señor Button deseó fervientemente que su hijo fuera negro), por delante de las lujosas casas de los barrios residenciales y el asilo de ancianos...

—¡Vamos! ¡Cálmese! —ordenó la enfermera.

—Mire —anunció de repente el anciano—, si cree usted que me voy a ir casa con esta manta, se equivoca de medio a medio.

—Los niños pequeños siempre llevan mantas.

Con una risa maliciosa el anciano sacó un pañal blanco.

—¡Mire! —dijo con voz temblorosa—. Mire lo que me han preparado.

—Los niños pequeños siempre llevan eso —dijo la enfermera remilgadamente.

—Bueno —dijo el anciano—. Pues este niño no va a llevar nada puesto dentro de dos minutos. Esta manta pica. Me podrían haber dado por los menos una sábana.

—¡Déjatela! ¡Déjatela! —se apresuró a decir el señor Button. Se volvió hacia la enfermera—. ¿Qué hago?

—Vaya al centro y cómprele a su hijo algo de ropa.

La voz del anciano siguió al señor Button hasta el vestíbulo:

—Y un bastón, papá. Quiero un bastón.

El señor Button salió dando un terrible portazo.


II.

—Buenos días —dijo el señor Button, nervioso, al dependiente de la mercería Chesapeake—. Quisiera comprar ropa para mi hijo.

—¿Qué edad tiene su hijo, señor?

—Seis horas —respondió el señor Button, sin pensárselo dos veces.

—La sección de bebés está en la parte de atrás.

—Bueno, no creo... No estoy seguro de lo que busco. Es... es un niño extraordinariamente grande. Excepcionalmente... excepcionalmente grande.

—Allí puede encontrar tallas grandes para bebés.

—¿Dónde está la sección de chicos? —preguntó el señor Button, cambiando desesperadamente de tema. Tenía la impresión de que el dependiente se había olido ya su vergonzoso secreto.

—Aquí mismo.

—Bueno... —el señor Button dudó. Le repugnaba la idea de vestir a su hijo con ropa de hombre. Si, por ejemplo, pudiera encontrar un traje de chico grande, muy grande, podría cortar aquella larga y horrible barba y teñir las canas: así conseguiría disimular los peores detalles, y conservar algo de su dignidad, por no mencionar su posición social en Baltimore.

Pero la búsqueda afanosa por la sección de chicos fue inútil: no encontró ropa adecuada para el Button que acababa de nacer. Roger Button le echaba la culpa a la tienda, claro está... En semejantes casos lo apropiado es echarle la culpa a la tienda.

—¿Qué edad me ha dicho que tiene su hijo? —preguntó el dependiente con curiosidad.

—Tiene... dieciséis años.

—Ah, perdone. Había entendido seis horas. Encontrará la sección de jóvenes en el siguiente pasillo.

El señor Button se alejó con aire triste. De repente se paró, radiante, y señaló con el dedo hacia un maniquí del escaparate.

—¡Aquél! —exclamó—. Me llevo ese traje, el que lleva el maniquí.

El dependiente lo miró asombrado.

—Pero, hombre —protestó—, ése no es un traje para chicos. Podría ponérselo un chico, sí, pero es un disfraz. ¡También se lo podría poner usted!

—Envuélvamelo —insistió el cliente, nervioso—. Es lo que buscaba.

El sorprendido dependiente obedeció.

De vuelta en la clínica, el señor Button entró en la sala de los recién nacidos y casi le lanzó el paquete a su hijo.

—Aquí tienes la ropa —le espetó.

El anciano desenvolvió el paquete y examinó su contenido con mirada burlona.

—Me parece un poco ridículo —se quejó—. No quiero que me conviertan en un mono de...

—¡Tú sí que me has convertido en un mono! —estalló el señor Button, feroz—. Es mejor que no pienses en lo ridículo que pareces. Ponte la ropa... o... o te pegaré.

Le costó pronunciar la última palabra, aunque consideraba que era lo que debía decir.

—De acuerdo, padre —era una grotesca simulación de respeto filial—. Tú has vivido más, tú sabes más. Como tú digas.

Como antes, el sonido de la palabra «padre» estremeció violentamente al señor Button. —Y date prisa.

—Me estoy dando prisa, padre.

Cuando su hijo acabó de vestirse, el señor Button lo miró desolado. El traje se componía de calcecines de lunares, leotardos rosa y una blusa con cintutón y un amplio cuello blanco. Sobre el cuello ondeaba la larga barba blanca, que casi llegaba a la cintura. No producía buen efecto.

—¡Espera!

El señor Button empuñó unas tijeras de quirófano y con tres rápidos tijeretazos cercenó gran parte de la barba. Pero, a pesar de la mejora, el conjunto distaba mucho de la perfección. La greña enmarañada que aún quedaba, los ojos acuosos, los dientes de viejo, producían un raro contraste con aquel traje tan alegre. El señor Button, sin embargo, era obstinado. Alargó una mano.

—¡Vamos! —dijo con severidad.

Su hijo le cogió de la mano confiadamente.

—¿Cómo me vas a llamar, papi? —preguntó con voz temblorosa cuando salían de la sala de los recién nacidos—. ¿Nene, a secas, hasta que pienses un nombre mejor?

El señor Button gruñó.

—No sé —respondió agriamente—. Creo que te llamaremos Matusalén.


III.

Incluso después de que al nuevo miembro de la familia Button le cortaran el pelo y se lo tiñeran de un negro desvaído y artificial, y lo afeitaran hasta el punto de que le resplandeciera la cara, y lo equiparan con ropa de muchachito hecha a la medida por un sastre estupefacto, era imposible que el señor Button olvidara que su hijo era un triste remedo de primogénito. Aunque encorvado por la edad, Benjamin Button —pues este nombre le pusieron, en vez del más apropiado, aunque demasiado pretencioso, de Matusalén— medía un metro y setenta y cinco centímetros. La ropa no disimulaba la estatura, ni la depilación y el tinte de las cejas ocultaban el hecho de que los ojos que había debajo estaban apagados, húmedos y cansados. Y, en cuanto vio al recién nacido, la niñera que los Button habían contratado abandonó la casa, sensiblemente indignada.

Pero el señor Button persistió en su propósito inamovible. Bejamin era un niño, y como un niño había que tratarlo. Al principio sentenció que, si a Benjamin no le gustaba la leche templada, se quedaría sin comer, pero, por fin, cedió y dio permiso para que su hijo tomara pan y mantequilla, e incluso, tras un pacto, harina de avena. Un día llevó a casa un sonajero y, dándoselo a Benjamin, insistió, en términos que no admitían réplica, en que debía jugar con él; el anciano cogió el sonajero con expresión de cansancio, y todo el día pudieron oír cómo lo agitaba de vez en cuando obedientemente.

Pero no había duda de que el sonajero lo aburría, y de que disfrutaba de otras diversiones más reconfortantes cuando estaba solo. Por ejemplo, un día el señor Button descubrió que la semana anterior había fumado muchos más puros de los que acostumbraba, fenómeno que se aclaró días después cuando, al entrar inesperadamente en el cuarto del niño, lo encontró inmerso en una vaga humareda azulada, mientras Benjamin, con expresión culpable, trataba de esconder los restos de un habano. Aquello exigía, como es natural, una buena paliza, pero el señor Button no se sintió con fuerzas para administrarla. Se limitó a advertirle a su hijo que el humo frenaba el crecimiento.

El señor Button, a pesar de todo, persistió en su actitud. Llevó a casa soldaditos de plomo, llevó trenes de juguete, llevó grandes y preciosos animales de trapo y, para darle veracidad a la ilusión que estaba creando —al menos para sí mismo—, preguntó con vehemencia al dependiente de la juguetería si el pato rosa desteñiría si el niño se lo metía en la boca. Pero, a pesar de los esfuerzos paternos, a Benjamin nada de aquello le interesaba. Se escabullía por las escaleras de servicio y volvía a su habitación con un volumen de la Enciclopedia Británica, ante el que podía pasar absorto una tarde entera, mientras las vacas de trapo y el arca de Noé yacían abandonadas en el suelo. Contra una tozudez semejante, los esfuerzos del señor Button sirvieron de poco.

Fue enorme la sensación que, en un primer momento, causó en Baltimore. Lo que aquella desgracia podría haberles costado a los Button y a sus parientes no podemos calcularlo, porque el estallido de la Guerra Civil dirigió la atención de los ciudadanos hacia otros asuntos. Hubo quienes, irreprochablemente corteses, se devanaron los sesos para felicitar a los padres; y al fin se les ocurrió la ingeniosa estratagema de decir que el niño se parecía a su abuelo, lo que, dadas las condiciones de normal decadencia comunes a todos los hombres de setenta años, resultaba innegable. A Roger Button y su esposa no les agradó, y el abuelo de Benjamin se sintió terriblemente ofendido.

Benjamin, en cuanto salió de la clínica, se tomó la vida como venía. Invitaron a algunos niños para que jugaran con él, y pasó una tarde agotadora intentando encontrarles algún interés al trompo y las canicas. Incluso se las arregló para romper, casi sin querer, una ventana de la cocina con un tirachinas, hazaña que complació secretamente a su padre. Desde entonces Benjamin se las ingeniaba para romper algo todos los días, pero hacía cosas así porque era lo que esperaban de él, y porque era servicial por naturaleza.

Cuando la hostilidad inicial de su abuelo desapareció, Benjamin y aquel caballero encontraron un enorme placer en su mutua compañía. Tan alejados en edad y experiencia, podían pasarse horas y horas sentados, discutiendo como viejos compinches, con monotonía incansable, los lentos acontecimientos de la jornada. Benjamin se sentía más a sus anchas con su abuelo que con sus padres, que parecían tenerle una especie de temor invencible y reverencial, y, a pesar de la autoridad dictatorial que ejercían, a menudo le trataban de usted.

Benjamin estaba tan asombrado como cualquiera por la avanzada edad física y mental que aparentaba al nacer. Leyó revistas de medicina, pero, por lo que pudo ver, no se conocía ningún caso semejante al suyo. Ante la insistencia de su padre, hizo sinceros esfuerzos por jugar con otros niños, y a menudo participó en los juegos más pacíficos: el fútbol lo trastornaba demasiado, y temía que, en caso de fractura, sus huesos de viejo se negaran a soldarse.

Cuando cumplió cinco años lo mandaron al parvulario, donde lo iniciaron en el arte de pegar papel verde sobre papel naranja, de hacer mantelitos de colores y construir infinitas cenefas. Tenía propensión a adormilarse, e incluso a dormirse, en mitad de esas tareas, costumbre que irritaba y asustaba a su joven profesora. Para su alivio, la profesora se quejó a sus padres y éstos lo sacaron del colegio. Los Button dijeron a sus amigos que el niño era demasiado pequeño.

Cuando cumplió doce años los padres ya se habían habituado a su hijo. La fuerza de la costumbre es tan poderosa que ya no se daban cuenta de que era diferente a todos los niños, salvo cuando alguna anomalía curiosa les recordaba el hecho. Pero un día, pocas semanas después de su duodécimo cumpleaños, mientras se miraba al espejo, Benjamin hizo, o creyó hacer, un asombroso descubrimiento. ¿Lo engañaba la vista, o le había cambiado el pelo, del blanco a un gris acero, bajo el tinte, en sus doce años de vida? ¿Era ahora menos pronunciada la red de arrugas de su cara? ¿Tenía la piel más saludable y firme, incluso con algo del buen color que da el invierno? No podía decirlo. Sabía que ya no andaba encorvado y que sus condiciones físicas habían mejorado desde sus primeros días de vida.

—¿Será que...? —pensó en lo más hondo, o, más bien, apenas se atrevió a pensar.

Fue a hablar con su padre.

—Ya soy mayor —anunció con determinación—. Quiero ponerme pantalones largos.

Su padre dudó.

—Bueno —dijo por fin—, no sé. Catorce años es la edad adecuada para ponerse pantalones largos, y tú sólo tienes doce.

—Pero tienes que admitir —protestó Benjamin— que estoy muy grande para la edad que tengo.

Su padre lo miró, fingiendo entregarse a laboriosos cálculos.

—Ah, no estoy muy seguro de eso —dijo—. Yo era tan grande como tú a los doce años.

No era verdad: aquella afirmación formaba parte del pacto secreto que Roger Button había hecho consigo mismo para creer en la normalidad de su hijo.

Llegaron por fin a un acuerdo. Benjamin continuaría tiñéndose el pelo, pondría más empeño en jugar con los chicos de su edad y no usaría las gafas ni llevaría bastón por la calle. A cambio de tales concesiones, recibió permiso para su primer traje de pantalones largos.


IV.

No me extenderé demasiado sobre la vida de Benjamin Button entre los doce y los veinte años. Baste recordar que fueron años de normal decrecimiento. Cuando Benjamin cumplió los dieciocho estaba tan derecho como un hombre de cincuenta; tenía más pelo, gris oscuro; su paso era firme, su voz había perdido el temblor cascado: ahora era más baja, la voz de un saludable barítono. Así que su padre lo mandó a Connecticut para que hiciera el examen de ingreso en la Universidad de Yale. Benjamin superó el examen y se convirtió en alumno de primer curso.

Tres días después de matricularse recibió una notificación del señor Hart, secretario de la Universidad, que lo citaba en su despacho para establecer el plan de estudios. Benjamin se miró al espejo: necesitaba volver a tintarse el pelo. Pero, después de buscar angustiosamente en el cajón de la cómoda, descubrió que no estaba la botella de tinte marrón. Se acordó entonces: se le había terminado el día anterior y la había tirado.

Estaba en apuros. Tenía que presentarse en el despacho del secretario dentro de cinco minutos. No había solución: tenía que ir tal y como estaba. Y fue.

—Buenos días —dijo el secretario educadamente—. Habrá venido para interesarse por su hijo.

—Bueno, la verdad es que soy Button —empezó a decir Benjamin, pero el señor Hart lo interrumpió.

—Encantando de conocerle, señor Button. Estoy esperando a su hijo de un momento a otro.

—¡Soy yo! —explotó Benjamin—. Soy alumno de primer curso.

—¿Cómo?

—Soy alumno de primero.

—Bromea usted, claro.

—En absoluto.

El secretario frunció el entrecejo y echó una ojeada a una ficha que tenía delante.

—Bueno, según mis datos, el señor Benjamin Button tiene dieciocho años.

—Esa edad tengo —corroboró Benjamin, enrojeciendo un poco.

El secretario lo miró con un gesto de fastidio.

—No esperará que me lo crea, ¿no?

Benjamin sonrió con un gesto de fastidio.

—Tengo dieciocho años —repitió.

El secretario señaló con determinación la puerta.

—Fuera —dijo—. Váyase de la universidad y de la ciudad. Es usted un lunático peligroso.

—Tengo dieciocho años.

El señor Hart abrió la puerta.

—¡Qué ocurrencia! —gritó—. Un hombre de su edad intentando matricularse en primero. Tiene dieciocho años, ¿no? Muy bien le doy dieciocho minutos para que abandone la ciudad.

Benjamin Button salió con dignidad del despacho, y media docena de estudiantes que esperaban en el vestíbulo lo siguieron intrigados con la mirada. Cuando hubo recorrido unos metros, se volvió y, enfrentándose al enfurecido secretario, que aún permanecía en la puerta, repitió con voz firme:

—Tengo dieciocho años.

Entre un coro de risas disimuladas, procedente del grupo de estudiantes, Benjamin salió.

Pero no quería el destino que escapara con tanta facilidad. En su melancólico paseo hacia la estación de ferrocarril se dio cuenta de que lo seguía un grupo, luego un tropel y por fin una muchedumbre de estudiantes. Se había corrido la voz de que un lunático había aprobado el examen de ingreso en Yale y pretendía hacerse pasar por un joven de dieciocho años. Una excitación febril se apoderó de la universidad. Hombres sin sombrero se precipitaban fuera de las aulas, el equipo de fútbol abandonó el entrenamiento y se unió a la multitud, las esposas de los profesores, con la cofia torcida y el polisón mal puesto, corrían y gritaban tras la comitiva, de la que procedía una serie incesante de comentarios dirigidos a los delicados sentimientos de Benjamin Button. —¡Debe ser el Judío Errante!

—¡A su edad debería ir al instituto!

—¡Mirad al niño prodigio!

—¡Creería que esto era un asilo de ancianos!

—¡Que se vaya a Harvard!

Benjamin aceleró el paso y pronto echó a correr. ¡Ya les enseñaría! ¡Iría a Harvard, y se arrepentirían de aquellas burlas irreflexivas!

A salvo en el tren de Baltimore, sacó la cabeza por la ventanilla.

—¡Os arrepentiréis! —gritó.

—Ja, ja! —rieron los estudiantes—. Ja, ja, ja!

Fue el mayor error que la Universidad de Yale haya cometido en su historia.


V.

En 1880 Benjamin Button tenía veinte años, y celebró su cumpleaños comenzando a trabajar en la empresa de su padre, Roger Button & Company, Ferreteros Mayoristas. Aquel año también empezó a alternar en sociedad: es decir, su padre se empeñó en llevarlo a algunos bailes elegantes. Roger Button tenía entonces cincuenta años, y él y su hijo se entendían cada vez mejor. De hecho, desde que Benjamin había dejado de tintarse el pelo, todavía canoso, parecían más o menos de la misma edad, y podrían haber pasado por hermanos.

Una noche de agosto salieron en el faetón vestidos de etiqueta, camino de un baile en la casa de campo de los Shevlin, justo a la salida de Baltimore. Era una noche magnífica. La luna llena bañaba la carretera con un apagado color platino, y, en el aire inmóvil, la cosecha de flores tardías exhalaba aromas que eran como risas suaves, con sordina. Los campos, alfombrados de trigo reluciente, brillaban como si fuera de día. Era casi imposible no emocionarse ante la belleza del cielo, casi imposible.

—El negocio de la mercería tiene un gran futuro —estaba diciendo Roger Button. No era un hombre espiritual: su sentido de la estética era rudimentario—. Los viejos ya tenemos poco que aprender —observó profundamente—. Sois vosotros, los jóvenes con energía y vitalidad, los que tenéis un gran futuro por delante.

Las luces de la casa de campo de los Shevlin surgieron al final del camino. Ahora les llegaba un rumor, como un suspiro inacabable: podía ser la queja de los violines o el susurro del trigo plateado bajo la luna.

Se detuvieron tras un distinguido carruaje cuyos pasajeros se apeaban ante la puerta. Bajó una dama, la siguió un caballero de mediana edad, y por fin apareció otra dama, una joven bella como el pecado. Benjamin se sobresaltó: fue como si una transformación química disolviera y recompusiera cada partícula de su cuerpo. Se apoderó de él cierta rigidez, la sangre le afluyó a las mejillas y a la frente, y sintió en los oídos el palpitar constante de la sangre. Era el primer amor.

La chica era frágil y delgada, de cabellos cenicientos a la luz de la luna y color miel bajo las chisporroteantes lámparas del pórtico. Llevaba echada sobre los hombros una mantilla española del amarillo más pálido, con bordados en negro; sus pies eran relucientes capullos que asomaban bajo el traje con polisón.

Roger Button se acercó confidencialmente a su hijo.

—Ésa —dijo— es la joven Hildegarde Moncrief, la hija del general Moncrief.

Benjamin asintió con frialdad.

—Una criatura preciosa —dijo con indiferencia. Pero, en cuanto el criado negro se hubo llevado el carruaje, añadió—: Podrías presentármela, papá.

Se acercaron a un grupo en el que la señorita Moncrief era el centro. Educada según las viejas tradiciones, se inclinó ante Benjamin. Sí, le concedería un baile. Benjamin le dio las gracias y se alejó tambaleándose.

La espera hasta que llegara su turno se hizo interminablemente larga. Benjamin se quedó cerca de la pared, callado, inescrutable, mirando con ojos asesinos a los aristocráticos jóvenes de Baltimore que mariposeaban alrededor de Hildegarde Moncrief con caras de apasionada admiración. ¡Qué detestables le parecían a Benjamin; qué intolerablemente sonrosados! Aquellas barbas morenas y rizadas le provocaban una sensación parecida a la indigestión.

Pero cuando llegó su turno, y se deslizaba con ella por la movediza pista de baile al compás del último vals de París, la angustia y los celos se derritieron como un manto de nieve. Ciego de placer, hechizado, sintió que la vida acababa de empezar.

—Usted y su hermano llegaron cuando llegábamos nosotros, ¿verdad? —preguntó Hildegarde, mirándolo con ojos que brillaban como esmalte azul.

Benjamin dudó. Si Hildegarde lo tomaba por el hermano de su padre, ¿debía aclarar la confusión? Recordó su experiencia en Yale, y decidió no hacerlo. Sería una descortesía contradecir a una dama; sería un crimen echar a perder aquella exquisita oportunidad con la grotesca historia de su nacimiento. Más tarde, quizá. Así que asintió, sonrió, escuchó, fue feliz.

—Me gustan los hombres de su edad —decía Hildegarde—. Los jóvenes son tan tontos... Me cuentan cuánto champán bebieron en la universidad, y cuánto dinero perdieron jugando a las cartas. Los hombres de su edad saben apreciar a las mujeres.

Benjamin sintió que estaba a punto de declararse. Dominó la tentación con esfuerzo.

—Usted está en la edad romántica —continuó Hildegarde—. Cincuenta años. A los veinticinco los hombres son demasiado mundanos; a los treinta están atosigados por el exceso de trabajo. Los cuarenta son la edad de las historias largas: para contarlas se necesita un puro entero; los sesenta... Ah, los sesenta están demasiado cerca de los setenta, pero los cincuenta son la edad de la madurez. Me encantan los cincuenta.

Los cincuenta le parecieron a Benjamin una edad gloriosa. Deseó apasionadamente tener cincuenta años.

—Siempre lo he dicho —continuó Hildegarde—: prefiero casarme con un hombre de cincuenta años y que me cuide, a casarme con uno de treinta y cuidar de él.

Para Benjamin el resto de la velada estuvo bañado por una neblina color miel. Hildegarde le concedió dos bailes más, y descubrieron que estaban maravillosamente de acuerdo en todos los temas de actualidad. Darían un paseo en calesa el domingo, y hablarían más detenidamente.

Volviendo a casa en el faetón, justo antes de romper el alba, cuando empezaban a zumbar las primeras abejas y la luna consumida brillaba débilmente en la niebla fría, Benjamin se dio cuenta vagamente de que su padre estaba hablando de ferretería al por mayor.

—¿Qué asunto propones que tratemos, además de los clavos y los martillos? —decía el señor Button.

—Los besos —respondió Benjamin, distraído.

—¿Los pesos? —exclamó Roger Button—. ¡Pero si acabo de hablar de pesos y básculas!

Benjamin lo miró aturdido, y el cielo, hacia el este, reventó de luz, y una oropéndola bostezó entre los árboles que pasaban veloces...


VI.

Cuando, seis meses después, se supo la noticia del enlace entre la señorita Hildegarde Moncrief y el señor Benjamin Button (y digo «se supo la noticia» porque el general Moncrief declaró que prefería arrojarse sobre su espada antes que anunciarlo), la conmoción de la alta sociedad de Baltimore alcanzó niveles febriles. La casi olvidada historia del nacimiento de Benjamin fue recordada y propalada escandalosamente a los cuatro vientos de los modos más picarescos e increíbles. Se dijo que, en realidad, Benjamin era el padre de Roger Button, que era un hermano que había pasado cuarenta años en la cárcel, que era el mismísimo John Wilkes Booth disfrazado... y que dos cuernecillos despuntaban en su cabeza.

Los suplementos dominicales de los periódicos de Nueva York explotaron el caso con fascinantes ilustraciones que mostraban la cabeza de Benjamin Button acoplada al cuerpo de un pez o de una serpiente, o rematando una estatua de bronce. Llegó a ser conocido en el mundo periodístico como El Misterioso Hombre de Maryland. Pero la verdadera historia, como suele ser normal, apenas tuvo difusión.

Como quiera que fuera, todos coincidieron con el general Moncrief: era un crimen que una chica encantadora, que podía haberse casado con el mejor galán de Baltimore, se arrojara en brazos de un hombre que tenía por lo menos cincuenta años. Fue inútil que el señor Roger Button publicara el certificado de nacimiento de su hijo en grandes caracteres en el Blaze de Baltimore. Nadie lo creyó. Bastaba tener ojos en la cara y mirar a Benjamin.

Por lo que se refiere a las dos personas a quienes más concernía el asunto, no hubo vacilación alguna. Circulaban tantas historias falsas acerca de su prometido, que Hildegarde se negó terminantemente a creer la verdadera. Fue inútil que el general Moncrief le señalara el alto índice de mortalidad entre los hombres de cincuenta años, o, al menos, entre los hombres que aparentaban cincuenta años; e inútil que le hablara de la inestabilidad del negocio de la ferretería al por mayor. Hildegarde eligió casarse con la madurez... y se casó.


VII.

En una cosa, al menos, los amigos de Hildegarde Moncrief se equivocaron. El negocio de ferretería al por mayor prosperó de manera asombrosa. En los quince años que transcurrieron entre la boda de Benjamin Button, en 1880, y la jubilación de su padre, en 1895, la fortuna familiar se había duplicado, gracias en gran medida al miembro más joven de la firma.

No hay que decir que Baltimore acabó acogiendo a la pareja en su seno. Incluso el anciano general Moncrief llegó a reconciliarse con su yerno cuando Benjamin le dio el dinero necesario para sacar a la luz su Historia de la Guerra Civil en treinta volúmenes, que había sido rechazada por nueve destacados editores.

Quince años provocaron muchos cambios en el propio Benjamin. Le parecía que la sangre le corría con nuevo vigor por las venas. Empezó a gustarle levantarse por la mañana, caminar con paso enérgico por la calle concurrida y soleada, trabajar incansablemente en sus envíos de martillos y sus cargamentos de clavos. Fue en 1890 cuando logró su mayor éxito en los negocios: lanzó la famosa idea de que todos los clavos usados para clavar cajas destinadas al transporte de clavos son propiedad del transportista, propuesta que, con rango de proyecto de ley, fue aprobada por el presidente del Tribunal Supremo, el señor Fossile, y ahorró a Roger Button & Company, Ferreteros Mayoristas, más de seiscientos clavos anuales.

Y Benjamin descubrió que lo atraía cada vez más el lado alegre de la vida. Típico de su creciente entusiasmo por el placer fue el hecho de que se convirtiera en el primer hombre de la ciudad de Baltimore que poseyó y condujo un automóvil. Cuando se lo encontraban por la calle, sus coetáneos lo miraban con envidia, tal era su imagen de salud y vitalidad.

—Parece que está más joven cada día —observaban. Y, si el viejo Roger Button, ahora de sesenta y cinco años, no había sabido darle a su hijo una bienvenida adecuada, acabó reparando su falta colmándolo de atenciones que rozaban la adulación.

Llegamos a un asunto desagradable sobre el que pasaremos lo más rápidamente posible. Sólo una cosa preocupaba a Benjamin Button: su mujer había dejado de atraerle.

En aquel tiempo Hildegarde era una mujer de treinta y cinco años, con un hijo, Roscoe, de catorce. En los primeros días de su matrimonio Benjamin había sentido adoración por ella. Pero, con los años su cabellera color miel se volvió castaña, vulgar, y el esmalte azul de sus ojos adquirió el aspecto de la loza barata. Además, y por encima de todo, Hildegarde había ido moderando sus costumbres, demasiado plácida, demasiado satisfecha, demasiado anémica en sus manifestaciones de entusiasmo: sus gustos eran demasiado sobrios. Cuando eran novios ella era la que arrastraba a Benjamin a bailes y cenas; pero ahora era al contrario. Hildegarde lo acompañaba siempre en sociedad, pero sin entusiasmo, consumida ya por esa sempiterna inercia que viene a vivir un día con nosotros y se queda a nuestro lado hasta el final.

La insatisfacción de Benjamin se hizo cada vez más profunda. Cuando estalló la Guerra Hispano-Norteamericana en 1898, su casa le ofrecía tan pocos atractivos que decidió alistarse en el ejército. Gracias a su influencia en el campo de los negocios, obtuvo el grado de capitán, y demostró tanta eficacia que fue ascendido a mayor y por fin a teniente coronel, justo a tiempo para participar en la famosa carga contra la colina de San Juan. Fue herido levemente y mereció una medalla.

Benjamin estaba tan apegado a las actividades y las emociones del ejército, que lamentó tener que licenciarse, pero los negocios exigían su atención, así que renunció a los galones y volvió a su ciudad. Una banda de música lo recibió en la estación y lo escoltó hasta su casa.



VIII.

Hildegarde, ondeando una gran bandera de seda, lo recibió en el porche, y en el momento preciso de besarla Benjamin sintió que el corazón le daba un vuelco: aquellos tres años habían tenido un precio. Hildegarde era ahora una mujer de cuarenta años, y una tenue sombra gris se insinuaba ya en su pelo. El descubrimiento lo entristeció.

Cuando llegó a su habitación, se miró en el espejo: se acercó más y examinó su cara con ansiedad, comparándola con una foto en la que aparecía en uniforme, una foto de antes de la guerra.

—¡Dios santo! —dijo en voz alta. El proceso continuaba. No había la más mínima duda: ahora aparentaba tener treinta años. En vez de alegrarse, se preocupó: estaba rejuveneciendo. Hasta entonces había creído que, cuando alcanzara una edad corporal equivalente a su edad en años, cesaría el fenómeno grotesco que había caracterizado su nacimiento. Se estremeció. Su destino le pareció horrible, increíble.

Volvió a la planta principal. Hildegarde lo estaba esperando: parecía enfadada, y Benjamin se preguntó si habría descubierto al fin que pasaba algo malo. E, intentado aliviar la tensión, abordó el asunto durante la comida, de la manera más delicada que se le ocurrió.

—Bueno —observó en tono desenfadado—, todos dicen que parezco más joven que nunca.

Hildegarde lo miró con desdén. Y sollozó.

—¿Y te parece algo de lo que presumir?

—No estoy presumiendo —aseguró Benjamin, incómodo.

Ella volvió a sollozar.

—Vaya idea —dijo, y agregó un instante después—: Creía que tendrías el suficiente amor propio como para acabar con esto.

—¿Y cómo? —preguntó Benjamin.

—No voy a discutir contigo —replicó su mujer—. Pero hay una manera apropiada de hacer las cosas y una manera equivocada. Si tú has decidido ser distinto a todos, me figuro que no puedo impedírtelo, pero la verdad es que no me parece muy considerado por tu parte.

—Pero, Hildegarde, ¡yo no puedo hacer nada!

—Sí que puedes. Pero eres un cabezón, sólo eso. Estás convencido de que tienes que ser distinto. Has sido siempre así y lo seguirás siendo. Pero piensa, sólo un momento, qué pasaría si todos compartieran tu manera de ver las cosas... ¿Cómo sería el mundo?

Se trababa de una discusión estéril, sin solución, así que Benjamin no contestó, y desde aquel instante un abismo comenzó a abrirse entre ellos. Y Benjamin se preguntaba qué fascinación podía haber ejercido Hildegarde sobre él en otro tiempo.

Y, para ahondar la brecha, Benjamin se dio cuenta de que, a medida que el nuevo siglo avanzaba, se fortalecía su sed de diversiones. No había fiesta en Baltimore en la que no se le viera bailar con las casadas más hermosas y charlar con las debutantes más solicitadas, disfrutando de los encantos de su compañía, mientras su mujer, como una viuda de mal agüero, se sentaba entre las madres y las tías vigilantes, para observarlo con altiva desaprobación, o seguirlo con ojos solemnes, perplejos y acusadores.

—¡Mira! —comentaba la gente—. ¡Qué lástima! Un joven de esa edad casado con una mujer de cuarenta y cinco años. Debe de tener por lo menos veinte años menos que su mujer.

Habían olvidado —porque la gente olvida inevitablemente— que ya en 1880 sus papás y mamás también habían hecho comentarios sobre aquel matrimonio mal emparejado.

Pero la gran variedad de sus nuevas aficiones compensaba la creciente infelicidad hogareña de Benjamin. Descubrió el golf, y obtuvo grandes éxitos. Se entregó al baile: en 1906 era un experto en el boston, y en 1908 era considerado un experto del maxixe, mientras que en 1909 su castle walk fue la envidia de todos los jóvenes de la ciudad.

Su vida social, naturalmente, se mezcló hasta cierto punto con sus negocios, pero ya llevaba veinticinco años dedicado en cuerpo y alma a la ferretería al por mayor y pensó que iba siendo hora de que se hiciera cargo del negocio su hijo Roscoe, que había terminado sus estudios en Harvard.

Y, de hecho, a menudo confundían a Benjamin con su hijo. Semejante confusión agradaba a Benjamin, que olvidó pronto el miedo insidioso que lo había invadido a su regreso de la Guerra Hispano-Norteamericana: su aspecto le producía ahora un placer ingenuo. Sólo tenía una contraindicación aquel delicioso ungüento: detestaba aparecer en público con su mujer. Hildegarde tenía casi cincuenta años, y, cuando la veía, se sentía completamente absurdo.


IX.

Un día de septiembre de 1910 —pocos años después de que el joven Roscoe Button se hicera cargo de la Roger Button & Company, Ferreteros Mayoristas— un hombre que aparentaba unos veinte años se matriculó como alumno de primer curso en la Universidad de Harvard, en Cambridge. No cometió el error de anunciar que nunca volvería a cumplir los cincuenta, ni mencionó el hecho de que su hijo había obtenido su licenciatura en la misma institución diez años antes.

Fue admitido, y, casi desde el primer día, alcanzó una relevante posición en su curso, en parte porque parecía un poco mayor que los otros estudiantes de primero, cuya media de edad rondaba los dieciocho años.

Pero su éxito se debió fundamentalmente al hecho de que en el partido de fútbol contra Yale jugó de forma tan brillante, con tanto brío y tanta furia fría e implacable, que marcó siete touchdowns y catorce goles de campo a favor de Harvard, y consiguió que los once hombres de Yale fueran sacados uno a uno del campo, inconscientes. Se convirtió en el hombre más célebre de la universidad.

Aunque parezca raro, en tercer curso apenas si fue capaz de formar parte del equipo. Los entrenadores dijeron que había perdido peso, y los más observadores repararon en que no era tan alto como antes. Ya no marcaba touchdowns. Lo mantenían en el equipo con la esperanza de que su enorme reputación sembrara el terror y la desorganización en el equipo de Yale.

En el último curso, ni siquiera lo incluyeron en el equipo. Se había vuelto tan delgado y frágil que un día unos estudiantes de segundo lo confundieron con un novato, incidente que lo humilló profundamente. Empezó a ser conocido como una especie de prodigio —un alumno de los últimos cursos que quizá no tenía más de dieciséis años— y a menudo lo escandalizaba la mundanería de algunos de sus compañeros. Los estudios le parecían más difíciles, demasiado avanzados. Había oído a sus compañeros hablar del San Midas, famoso colegio preuniversitario, en el que muchos de ellos se habían preparado para la Universidad, y decidió que, cuando acabara la licenciatura, se matricularía en el San Midas, donde, entre chicos de su complexión, estaría más protegido y la vida sería más agradable.

Terminó los estudios en 1914 y volvió a su casa, a Baltimore, con el título de Harvard en el bolsillo. Hildegarde residía ahora en Italia, así que Benjamin se fue a vivir con su hijo, Roscoe. Pero, aunque fue recibido como de costumbre, era evidente que el afecto de su hijo se había enfriado: incluso manifestaba cierta tendencia a considerar un estorbo a Benjamin, cuando vagaba por la casa presa de melancolías de adolescente. Roscoe se había casado, ocupaba un lugar prominente en la vida social de Baltimore, y no deseaba que en torno a su familia se suscitara el menor escándalo.

Benjamin ya no era persona grata entre las debutantes y los universitarios más jóvenes, y se sentía abandonado, muy solo, con la única compañía de tres o cuatro chicos de la vecindad, de catorce o quince años. Recordó el proyecto de ir al colegio de San Midas.

—Oye —le dijo a Roscoe un día—, ¿cuántas veces tengo que decirte que quiero ir al colegio?

—Bueno, pues ve, entonces —abrevió Roscoe. El asunto le desagradaba, y deseaba evitar la discusión.

—No puedo ir solo —dijo Benjamin, vulnerable—. Tienes que matricularme y llevarme tú.

—No tengo tiempo —declaró Roscoe con brusquedad. Entrecerró los ojos y miró preocupado a su padre—. El caso es —añadió— que ya está bien: podrías pararte ya, ¿no? Sería mejor... —se interrumpió, y su cara se volvió roja mientras buscaba las palabras—. Tienes que dar un giro de ciento ochenta grados: empezar de nuevo, pero en dirección contraria. Esto ya ha ido demasiado lejos para ser una broma. Ya no tiene gracia. Tú... ¡Ya es hora de que te portes bien!

Benjamin lo miró, al borde de las lágrimas.

—Y otra cosa —continuó Roscoe—: cuando haya visitas en casa, quiero que me llames tío, no Roscoe, sino tío, ¿comprendes? Parece absurdo que un niño de quince años me llame por mi nombre de pila. Quizá harías bien en llamarme tío siempre, así te acostumbrarías.

Después de mirar severamente a su padre, Roscoe le dio la espalda.


X.


Cuando terminó esta discusión, Benjamin, muy triste, subió a su dormitorio y se miró al espejo. No se afeitaba desde hacía tres meses, pero apenas si se descubría en la cara una pelusilla incolora, que no valía la pena tocar. La primera vez que, en vacaciones, volvió de Harvad, Roscoe se había atrevido a sugerirle que debería llevar gafas y una barba postiza pegada a las mejillas: por un momento pareció que iba a repetirse la farsa de sus primeros años. Pero la barba le picaba, y le daba vergüenza. Benjamin lloró, y Roscoe había acabado cediendo a regañadientes.

Benjamin abrió un libro de cuentos para niños, Los boy scouts en la bahía de Bimini, y comenzó a leer. Pero no podía quitarse de la cabeza la guerra. Hacía un mes que Estados Unidos se había unido a la causa aliada, y Benjamin quería alistarse, pero, ay, dieciséis años eran la edad mínima, y Benjamin no parecía tenerlos. De cualquier modo, su verdadera edad, cincuenta y cinco años, también lo inhabilitaba para el ejército.

Llamaron a la puerta y el mayordomo apareció con una carta con gran membrete oficial en una esquina, dirigida al señor Benjamin Button. Benjamin la abrió, rasgando el sobre con impaciencia, y leyó la misiva con deleite: muchos militares de alta graduación, actualmente en la reserva, que habían prestado servicio durante la guerra con España, estaban siendo llamados al servicio con un rango superior. Con la carta se adjuntaba su nombramiento como general de brigada del ejército de Estados Unidos y la orden de incorporarse inmediatamente.

Benjamin se puso en pie de un salto, casi temblando de entusiasmo. Aquello era lo que había deseado. Cogió su gorra y diez minutos después entraba en una gran sastrería de Charles Street y, con insegura voz de tiple, ordenaba que le tomaran medidas para el uniforme.

—¿Quieres jugar a los soldados, niño? —preguntó un dependiente, con indiferencia.

Benjamin enrojeció.

—¡Oiga! ¡A usted no le importa lo que yo quiera! —replicó con rabia—. Me llamo Button y vivo en la Mt. Vernon Place, así que ya sabe quién soy.

—Bueno —admitió el dependiente, titubeando—, por lo menos sé quién es su padre.

Le tomaron las medidas, y una semana después estuvo listo el uniforme. Tuvo algunos problemas para conseguir los galones e insignias de general porque el comerciante insistía en que una bonita insignia de la Asociación de Jóvenes Cristianos quedaría igual de bien y sería mucho mejor para jugar.

Sin decirle nada a Roscoe, Benjamin salió de casa una noche y se trasladó en tren a Camp Mosby, en Carolina del Sur, donde debía asumir el mando de una brigada de infantería. En un sofocante día de abril Benjamin llegó a las puertas del campamento, pagó el taxi que lo había llevado hasta allí desde la estación y se dirigió al centinela de guardia.

—¡Que alguien recoja mi equipaje! —dijo enérgicamente.

El centinela lo miró con mala cara.

—Dime —observó—, ¿adónde vas disfrazado de general, niño?

Benjamin, veterano de la Guerra Hispano-Norteamericana, se volvió hacia el soldado echando chispas por los ojos, pero, por desgracia, con voz aguda e insegura.

—¡Cuádrese! —intentó decir con voz de trueno; hizo una pausa para recobrar el aliento, e inmediatamente vio cómo el centinela entrechocaba los talones y presentaba armas. Benjamin disimuló una sonrisa de satisfacción, pero cuando miró a su alrededor la sonrisa se le heló en los labios. No había sido él la causa de aquel gesto de obediencia, sino un imponente coronel de artillería que se acercaba a caballo.

—¡Coronel! —llamó Benjamin con voz aguda.

El coronel se acercó, tiró de las riendas y lo miró fríamente desde lo alto, con un extraño centelleo en los ojos.

—¿Quién eres, niño? ¿Quién es tu padre? —preguntó afectuosamente.

—Ya le enseñaré yo quién soy —contestó Benjamin con voz fiera—. ¡Baje inmediatamente del caballo!

El coronel se rió a carcajadas.

—Quieres mi caballo, ¿eh, general?

—¡Tenga! —gritó Benjamin exasperado—. ¡Lea esto! —y tendió su nombramiento al coronel.

El coronel lo leyó y los ojos se le salían de las órbitas.

—¿Dónde lo has conseguido? —preguntó, metiéndose el documento en su bolsillo.

—¡Me lo ha mandado el Gobierno, como usted descubrirá enseguida!

—¡Acompáñame! —dijo el coronel, con una mirada extraña—. Vamos al puesto de mando, allí hablaremos. Venga, vamos.

El coronel dirigió su caballo, al paso, hacia el puesto de mando. Y Benjamin no tuvo más remedio que seguirlo con toda la dignidad de la que era capaz: prometiéndose, mientras tanto, una dura venganza.

Pero la venganza no llegó a materializarse. Se materializó, dos días después, su hijo Roscoe, que llegó de Baltimore, acalorado y de mal humor por el viaje inesperado, y escoltó al lloroso general, sin uniforme, de vuelta a casa.


XI.

En 1920 nació el primer hijo de Roscoe Button. Durante las fiestas de rigor, a nadie se le ocurrió mencionar que el chiquillo mugriento que aparentaba unos diez años de edad y jugueteaba por la casa con soldaditos de plomo y un circo en miniatura era el mismísimo abuelo del recién nacido.

A nadie molestaba aquel chiquillo de cara fresca y alegre en la que a veces se adivinaba una sombra de tristeza, pero para Roscoe Button su presencia era una fuente de preocupaciones. En el idioma de su generación, Roscoe no consideraba que el asunto reportara la menor utilidad. Le parecía que su padre, negándose a parecer un anciano de sesenta años, no se comportaba como un «hombre de pelo en pecho» —ésta era la expresión preferida de Roscoe—, sino de un modo perverso y estrafalario. Pensar en aquel asunto más de media hora lo ponía al borde de la locura. Roscoe creía que los «hombres con nervios de acero» debían mantenerse jóvenes, pero llevar las cosas a tal extremo... no reportaba ninguna utilidad. Y en este punto Roscoe interrumpía sus pensamientos.

Cinco años más tarde, el hijo de Roscoe había crecido lo suficiente para jugar con el pequeño Benjamin bajo la supervisión de la misma niñera. Roscoe los llevó a los dos al parvulario el mismo día y Benjamin descubrió que jugar con tiras de papel de colores, y hacer mantelitos y cenefas y curiosos y bonitos dibujos, era el juego más fascinante del mundo. Una vez se portó mal y tuvo que quedarse en un rincón, y lloró, pero casi siempre las horas transcurrían felices en aquella habitación alegre, donde la luz del sol entraba por las ventanas y la amable mano de la señorita Bailey de vez en cuando se posaba sobre su pelo despeinado.

Un año después el hijo de Roscoe pasó a primer grado, pero Benjamin siguió en el parvulario. Era muy feliz. Algunas veces, cuando otros niños hablaban de lo que harían cuando fueran mayores, una sombra cruzaba su carita como si de un modo vago, pueril, se diera cuenta de que eran cosas que él nunca compartiría.

Los días pasaban con alegre monotonía. Volvió por tercer año al parvulario, pero ya era demasiado pequeño para entender para qué servían las brillantes y llamativas tiras de papel. Lloraba porque los otros niños eran mayores y le daban miedo. La maestra habló con él, pero, aunque intentó comprender, no comprendió nada.

Lo sacaron del parvulario. Su niñera, Nana, con su uniforme almidonado, pasó a ser el centro de su minúsculo mundo. Los días de sol iban de paseo al parque; Nana le señalaba con el dedo un gran monstruo gris y decía «elefante», y Benjamin debía repetir la palabra, y aquella noche, mientras lo desnudaran para acostarlo, la repetiría una y otra vez en voz alta: «leíante, lefante, leíante». Algunas veces Nana le permitía saltar en la cama, y entonces se lo pasaba muy bien, porque, si te sentabas exactamente como debías, rebotabas, y si decías «ah» durante mucho tiempo mientras dabas saltos, conseguías un efecto vocal intermitente muy agradable.

Le gustaba mucho coger del perchero un gran bastón y andar de acá para allá golpeando sillas y mesas, y diciendo: «Pelea, pelea, pelea». Si había visita, las señoras mayores chasqueaban la lengua a su paso, lo que le llamaba la atención, y las jóvenes intentaban besarlo, a lo que él se sometía con un ligero fastidio. Y, cuando el largo día acababa, a las cinco en punto, Nana lo llevaba arriba y le daba a cucharadas harina de avena y unas papillas estupendas.

No había malos recuerdos en su sueño infantil: no le quedaban recuerdos de sus magníficos días universitarios ni de los años espléndidos en que rompía el corazón de tantas chicas. Sólo existían las blancas, seguras paredes de su cuna, y Nana y un hombre que venía a verlo de vez en cuando, y una inmensa esfera anaranjada, que Nana le señalaba un segundo antes del crepúsculo y la hora de dormir, a la que Nana llamaba el sol. Cuando el sol desaparecía, los ojos de Benjamin se cerraban, soñolientos... Y no había sueños, ningún sueño venía a perturbarlo.

El pasado: la salvaje carga al frente de sus hombres contra la colina de San Juan; los primeros años de su matrimonio, cuando se quedaba trabajando hasta muy tarde en los anocheceres veraniegos de la ciudad presurosa, trabajando por la joven Hildegarde, a la que quería; y, antes, aquellos días en que se sentaba a fumar con su abuelo hasta bien entrada la noche en la vieja y lóbrega casa de los Button, en Monroe Street... Todo se había desvanecido como un sueño inconsistente, pura imaginación, como si nunca hubiera existido.

No se acordaba de nada. No recordaba con claridad si la leche de su última comida estaba templada o fría; ni el paso de los días... Sólo existían su cuna y la presencia familiar de Nana. Y, aparte de eso, no se acordaba de nada. Cuando tenía hambre lloraba, eso era todo. Durante las tardes y las noches respiraba, y lo envolvían suaves murmullos y susurros que apenas oía, y olores casi indistinguibles, y luz y oscuridad.

Luego fue todo oscuridad, y su blanca cuna y los rostros confusos que se movían por encima de él, y el tibio y dulce aroma de la leche, acabaron de desvanecerse.


Título original: The Curious Case of Benjamin Button (1922)


The Long Lost - The Long Lost (2009)



Press Release :

"Slipping like a sailing stone 'cross the seven seas/Sailing like a slippery stone, sailing endlessly…" - Sibilance

"The Long Lost" is the sound of love - on so many levels and in so many ways that it's hard to list them. Imagine if Nico had left the Velvet Underground and decided to relocate to California with Caetano Veloso. And imagine if, once there, the pair slipped through a time portal whilst high on mescalin and came round in the late noughties, with the kind of production twists that would allow. Imagine most of all that what they made was beautiful, an attempt to write and make a new popular music about love that was completely sincere, utterly lacking in guile and full of all the queasy, wonderful, sometimes awful emotions which overwhelm us in those times.

From opening single "The Art of Kissing," the mood is set. Acoustic guitar, brushed drums, Laura on lead vocals, Alfred backing up on choruses. It's a pitch perfect template from which the group expand into edges of psychedelia ("Sibilance"), ribbons of bass clarinet ("Overmuch"), epic '40s film score ("Ballroom Dance Club" - see below for its significance! - and "Siren Song"), bass simplicity ("Colour"), feline fantasy ("Cat Fancy"), music box melancholia "Finders Keepers"), nursery rhyme romance ("Domestics") and on and on. It's a flexible format, held together by the simplicity and beauty of Laura Darlington's voice - uninflected, almost matter of fact, but full of a strange kind of magic.

The Long Lost consists of high-school-sweethearts turned husband-&-wife Alfred (a.k.a. Daedelus) and Laura Darlington. Both hail from Santa Monica, California, where they met in the high school orchestra - he on double-bass and she on flute - and became partners in the ballroom dance club.

After 4 years apart, they formed The Long Lost during a renewed courtship in 1998. In contrast to the avant-electronics and hip-hop aesthetics of Alfred's music as Daedelus, The Long Lost is a union of two songwriters & producers with a penchant for sad sounds and delicate, electro-acoustic melodies. These two hopeless romantics make psychedelic lullabies for lovers and the lovelorn.

A fascinating and utterly individual project, The Long Lost take the subject of love away from the cliches and hackneyed wailing of the mainstream and reconnect it to those strange and uncontrollable emotions we're all so in thrall to.

3.2.09

DAT Politics - Mad Kit (2009)


Link


The first thing that springs to mind after an initial traipse through the surreal electronic pop wonderland that is Mad Kit has to be: how did Crystal Castles find so much success when this lot have being doing that stuff way better and for way longer? In all fairness you'd have to conclude that DAT Politics haven't quite achieved a 'Crimewave' moment of their own thus far, and they don't quite have that emotronica glamour going for them, but as far as heavily pixellated pop exuberance goes, these guys are pretty hard to fault. The joyous laptop-crunching melodicism of 'Bad Dream Machine' sets an early benchmark, sounding frivolous and more than faintly ridiculous, but never resorting to kitsch or slapstick tendencies. Delving a little deeper, 'Wish Ya' taps into the hipster electro-house bitstream of Digitonal and the like, which might be seen as something of a step backwards for a group who've been around long enough to know better than to dabble in stylistic fads. Regardless, the end result is sufficiently ludicrous to make the grade and slots nicely into 'Huff & Puff's absurd Helen Love-meets-Kraftwerk aesthetic. The AM/FM mix of 'Step Back' seems to further organize the unruly, DSP-munching Dat Politics sound, presenting a comparatively sensible techno-centric pop song in which the hook-lines aren't entirely frazzled and obscured by wayward circuitry. BOOMKAT

Christian Bale se nos puso un poco nervioso



Tipo difícil Christian Bale... Escuchen esta serie de puteadas contra el director de fotografía de "Terminator: Salvation".


2.2.09

"Extraordinary Stories": The Cinema as Playground


Extraordinary Stories.









In what was — and still is — a landmark year for Argentinean cinema (with six movies going to Cannes, two of them in competition), the standout movie of 2008 for most of the local critics was none of those six, not even some others made by internationally well-known filmmakers. It was Extraordinary Stories (Historias Extraordinarias), the second film — or third, depending if you count a documentary about comic-book artists that remains unreleased — by Mariano Llinás, which had its European premiere at the Viennale.

The four-hour movie, shot on video, was first shown as part of the Argentinean competition at BAFICI (the Buenos Aires Festival of Independent Cinema), where it won the Best Director award as well as the Audience Award. The press screening took place in an exhilarating marathon session that started at 10 am and lasted — with two long intermissions — almost five hours. In Vienna, Extraordinary Stories was shown only once; the screening started at 8.30 pm, and Llinás was still doing the q&a at two in the morning to an almost packed house at the Stadtkino Theatre.

What's so special about this film? How has a movie this long, made on cheap video from a director known only to a small group of people, become the "darling" of the BAFICI, a must-see movie in Vienna and, strangest of all, a commercial hit in Argentina?

To begin with, let's say that Extraordinary Stories neither looks nor feels like any of the Argentinean movies one might have seen playing the international circuit in the last few years. Instead of contemplation, there's one adventure after another; instead of silence, constant narration; instead of opacity and gravity, a sense of playful showmanship, like the work of a very gifted magician intent on keeping your attention fixed to his funny little tricks.

Extraordinary Stories.It's hard to sum-up the stories and side-stories that make up the film. Extraordinary Stories essentially follows the strange trips taken by three men, referred to as X, Z and H. Their quests never intersect, but all three take place in the vast landscapes and little towns of the Buenos Aires province. X (played by Llinás) is a guy who finds himself the sole witness to a strange murder. Thinking he could have been seen — and subsequently followed — by the killers, X hides in an hotel room where he tries, in his own peculiar way, to understand what just happened while distracting himself, like James Stewart in Rear Window, by observing the lives of the people he can see through the window of his tiny room.

Z (Walter Jakob) is a man who takes an office job in a small, dull town after the guy who held that position for twenty years dies. Bored to death with his routine, he starts discovering his predecessor's secrets, and begins to understand that behind the facade of a simple and extremely cautious man lays a very different kind of person — one whose life was full of mystery and secrets, maps and legends. Z decides to retrace the dead man's steps, moving around the province in a continuous search for adventure that will take him to meet lions and two very loving sisters and embark upon a trip to Africa.

H (Agustín Mendilaharzu, also the film's main director of photography) is hired by a strange secret society for a very unusual job: He's to cross the long Salado River in a little boat, searching for monoliths from an old and abandoned project to redirect the course of the river. In the course of his quest, he meets another man — an old German who may be a veteran of World War II — on a similar (actually, opposite) search, and joins him for a trip that will turn stranger and stranger with the passing of time.

A very small-budget film, even for Argentinean standards, these extraordinary stories are told by three different narrators, who are not the characters depicted in the film. Like Jules et Jim — to quote a well-known influence on Llinás' style — the film has a perpetual voice-over; unlike Truffaut's film, the characters here hardly ever open their mouths. They are ciphers, conduits for the audience, their alter-egos.

Extraordinary Stories.So, what's so "extraordinary" about these stories, about this film? Well, everything. From the very unique way the voiceover mixes with the images — sometimes explaining what we don't see, sometimes describing characters; always adding poetry to what's there, what's not there and what may or may not be there — to the constantly surprising sideways turns these three stories take, Llinás' film occupies an unexplored space in Argentinean (and, maybe, in international) cinema, connecting it to literature, music, acting styles and even production techniques in very personal ways.

This is a movie with the spirit of a 19th-century adventure novel — you can sense the traces of Stevenson, Salgari and Poe — but one rewritten with Borges in mind. Classic and modern at the same time ("I wanted to bring back the idea of the XIX century storytelling with modern techniques," Llinás has said), Extraordinary Stories is, in many ways, a milestone for Argentinean filmmakers, because it shows there are ways to make intelligent, fascinating and absorbing films without resorting to the "contemplative" style most young local directors are so fond of.

Extraordinary Stories is not a "conservative/classicist" reaction to the films of Lisandro Alonso, Lucrecia Martel or Pablo Trapero, or a plea for old-fashioned styles of storytelling. What it brings to mind — at least to me — are three other movies in the Viennale program: our FIPRESCI winner, Our Beloved Month of August (Aquele Querido Mês De Agosto), from Portuguese maverick Miguel Gomes; and two French films, Arnaud Desplechin's A Christmas Tale (Un conte de Noël), and Jean-Charles Fitoussi's I Did Not Die (Je ne suis pas morte).

Apart from the fact that they are longer than the norm, these four films — while wildly different — have a lot of other things in common: An overabundance of "anecdote", a constant free flow of ideas, the need to tell little stories within stories (not necessarily related, at least not in a conventional way, to the main narrative) and a great deal of imagination that seems to know no boundaries, no roads and no limitations. They are over-ambitious, and maybe even repetitive, but always full of imagination and constantly surprising. Different as they are in their specific interests and styles, these four films are like the toys of very stubborn, wild and creative kids who are unable to contain the worlds within themselves, the flow of their hyperactive imaginations.

Let's celebrate, then, the "extraordinary stories" these extremely creative filmmakers have dared to create, and the pleasure they seem to derive from doing it. Their work may be eccentric, extravagant and, at times, failed, confusing or redundant, but they seem to understand film as a place where joy, sadness, love and other emotions can work together in ways that are magical, unexpected and bizarre. For them, cinema is a playground and their movies are the best, biggest, wildest magic toys in the whole wide world.

Diego Lerer, octubre de 2008
© FIPRESCI

Texto escrito para el website de Fipresci desde el Festival de Viena


Premios FIPRESCI Argentina 2008


Mejor película nacional:
"Historias extraordinarias", de Mariano Llinás


Mención película nacional:
"Leonera", de Pablo Trapero




Mejor película extranjera:
"Shara", de Naomi Kawase (Japón)



Mención película extranjera:
"Naturaleza muerta", de Jia Zhang-ke (China)

Ese misterio llamado Javier Fesser


Para todos los que lean este blog desde España (o los argentinos que han logrado verla), me interesaría escuchar opiniones acerca de "Camino", la película de Javier Fesser que acaba de ganar casi todos los Goya. No la vi --no me desespera hacerlo, aunque ahora me intriga un poco más--, pero las anteriores películas suyas me descolocaron.

En su momento me gustaron mucho algunos de sus cortos (uno muy gracioso sobre "El hombre de Telefónica", no me acuerdo el título) y me gustó bastante también "El milagro de P. Tinto" (no sé que pasaría si la veo de nuevo). Pero no me interesó nada --nada de nada-- "La gran aventura de Mortadelo y Filemón". Aquí me lo imagino haciendo algo similar (en término a cambio de rumbo) a lo que hizo Alejandro Amenábar en "Mar adentro", pero tal vez me equivoco.

Escucho opiniones. ¿Vale la pena la película? ¿Es un premio justo? (digo, dentro de lo que son los Goya, claro).

Junior Boys - Begone Dull Care (2009)


Not actual cover

Link

Canadian duo Junior Boys are set to release their third collaboration, Begone Dull Care, in the U.S. on April 7. The record will first be released in Canada on March 24 through the pair's label, Domino.
Junior Boys spent 2008 recording the album, mostly from two different continents. Jeremy Greenspan still resides in Canada, while Matthew Didemus relocated to Germany. "Hazel" will be the first single off Begone and it will be released on both 12" vinyl and as a download.

Begone Dull Care's title is a reference to a short film by the pioneering Oscar-winning Scottish-Canadian animator and electronic composer, Norman McLaren, who was a big influence on the conception and creation of this album.

Junior Boys will tour Europe for a few dates during early March before heading West to the U.S. and Canada for a six-week tour, starting March 28 in Toronto.



Premios FIPRESCI + Preestreno de "La sangre brota"


Los que pidieron entradas para los premios FIPRESCI y el preestreno de "La sangre brota" esta noche en la Sala Lugones, deben subir al décimo piso. Sus nombres (los que lo dieron, no hay listas de "nicknames" ni de anónimos, sorry...) estarán en una lista en la entrada a la sala.

Video: Bruce Springsteen and the E Street Band: Various Songs (Live at the Super Bowl)



"Tenth Avenue Freeze-Out", "Born To Run", "Working on a Dream"



"Glory Days"


Thanks to Pitchfork

Watchmen Skulk to the Screen (The New York Times)



By DAVE ITZKOFF

BURBANK, Calif.

WHEN Zack Snyder became the director of the film adaptation of “Watchmen,” the graphic novel about troubled superheroes in a declining age, he knew that he was taking on not only a seminal piece of popular culture but more than 20 years of unfulfilled expectations and competing agendas.

From his encounters with the original comics, written by Alan Moore and illustrated by Dave Gibbons, he was well versed in the creators’ weighty, grown-up ideas about the futility of heroism and knew that they had no enthusiasm for seeing “Watchmen” turned into a movie. He was also aware that many directors before him had been unsuccessful at the same endeavor, and he expected that he would have to fight his studio to make the film he wanted. (He did not anticipate, however, that one year before its release, a rival studio would sue to prevent his movie from reaching theaters.)

But Mr. Snyder said he believed that his greatest challenge would be satisfying the desires of the book’s devoted fans, who, like him, regard it as an exemplary work of postmodern storytelling and who would eviscerate him if he strayed too far from the original comics. And he believed that the only path to satisfying these viewers began by breaking from the source material.

“Watchmen,” which opens on March 6, begins with a scene depicted only in fragments in the comics: a lengthy fight between an unknown assailant and an over-the-hill avenger called the Comedian. This is followed by an unhurried opening credit sequence, largely of Mr. Snyder’s invention, that juxtaposes Bob Dylan’s “The Times They Are A-Changin’ ” with a montage of masked do-gooders with names like Dollar Bill and Hooded Justice as they participate in key moments of atomic-age history, like V-J Day and the assassination of John F. Kennedy. The scenes that follow will be familiar to readers with a panel-by-panel familiarity with the comic: the surreal dream of a costumed vigilante who is plagued by sexual shortcomings and fears of nuclear war; a man-god created in a scientific accident, strolling the red sands of Mars; the city of New York partly annihilated by a villain’s master plan — all connected by a story about heroes who are corrupted by the darkness they cannot expunge from the world.

The two introductory scenes, Mr. Snyder said, are concessions to audiences who know nothing of “Watchmen,” “so that they will swallow the bitter pill of the next 20 minutes of the movie and listen to a bunch of superheroes rap it out for a while, before anything else happens.”

For more than two and a half years this has been the Gordian knot that Mr. Snyder has been asked to untie: how to preserve enough of the multilayered and reference-rich “Watchmen” graphic novel to satisfy its devotees, while providing enough entry points for a mass audience willing to sit through a $120 million, 160-minute, R-rated movie about contemplative crime fighters who rarely get into fights.

“I wouldn’t say it’s a short movie by any stretch,” Mr. Snyder said. “But it’s the tightest version that I could give them and not feel like I raped it a little bit.”

Almost from the moment that the first issue of “Watchmen” was published in America as a limited series by DC Comics in 1986, Hollywood has tried and failed to film it. The director Terry Gilliam pursued the project in the late 1980s, only to conclude that it could not be condensed into a movie; Darren Aronofsky set it aside in 2004 to make “The Fountain,” and Paul Greengrass had the plug pulled on his version in 2005 over budgetary concerns.

The creators of “Watchmen” might say that they gave up on its movie prospects, “but that almost implies that we actually wanted it to be a movie,” Mr. Gibbons, the illustrator, said. After Fox acquired the film rights in 1986, Mr. Gibbons and Mr. Moore concluded that no studio would want to preserve the spirit of their comics — a suspicion cultivated in their meeting with the producer Joel Silver, who wanted Arnold Schwarzenegger as the stoic, omniscient superhero Dr. Manhattan. “I leave it to your imagination what kind of movie that might have been,” Mr. Gibbons said.

(Mr. Moore, who subsequently grew frustrated with Hollywood’s adaptations of his other works, like “V for Vendetta” and “The League of Extraordinary Gentlemen,” has refused to allow his name to be used in connection with the “Watchmen” movie and has given his share of film revenue to Mr. Gibbons.)

When Mr. Snyder, 42, was approached in 2006 to direct the film, his résumé made many “Watchmen” fans nervous. A director of TV commercials, he was known for flashy and hyperkinetic work. In 2004 he had scored a hit with his remake of the George A. Romero zombie movie “Dawn of the Dead” and was at work on an unheralded action movie called “300,” a violent adaptation of Frank Miller’s graphic novel about the ancient battle of Thermopylae. (Mr. Snyder’s office on the Warner Brothers lot is decorated with a lion-skin rug, a cast of a saber-toothed tiger skull and a candle shaped like a human cranium.)

Before “300” went on to make $456 million worldwide the following year, Warner Brothers, which released “300” and had since acquired the rights to “Watchmen,” was eager to get Mr. Snyder started on this next rock-’em, sock-’em comic-book adaptation. “He’s got a very pop sensibility, which requires an incredible visual style,” said Jeff Robinov, the president of the Warner Brothers Pictures Group.

But Mr. Snyder, who first read “Watchmen” as a college student, knew that it was an arcane, intricate comic in which philosophy is exchanged more often than punches. “There’s no moment where it’s not self-aware,” he said. Even as “Watchmen” adheres to superhero formulas, it is dismantling many traditions of the medium. Mr. Snyder said, “It’s always shining a light on the idea of putting a costume on and going to try to right wrongs and saying, ‘Really, you think that’s cool?’ ”

Warner Brothers did not hesitate to give Mr. Snyder the resources he wanted, largely because of “300.” “They said, ‘O.K., we don’t understand “300,” and it made a lot of money,’ ” Mr. Snyder said.

Those resources meant that he was able to spend more than 100 days shooting in Vancouver, to cast more for acting chops than for box-office magnetism (Patrick Wilson as the impotent Nite Owl, Jackie Earle Haley as the unstable Rorschach, Billy Crudup as Dr. Manhattan) and have some 200 sets constructed for the movie.

But with those assets, Mr. Snyder said, came a stream of requests from the studio to change small but crucial details: Did the film have to interrupt its story with long asides about the origins of Rorschach and Dr. Manhattan? Was it essential that Dr. Manhattan be naked for so much of the film? And could the movie be any shorter?

Mr. Snyder’s answer in each case was to remain faithful to the graphic novel and its creators. “Their ideas do stand the test, as far as I’m concerned,” he said.

(Mr. Robinov said he did not recall specific disputes about the content of “Watchmen” but acknowledged that the film’s R rating, which could keep out younger ticket buyers, was a concern. The movie, he said, “pushes comfort in certain areas.”)

Then, days before shooting was completed last February, the “Watchmen” curse seemed to strike again. Fox, which had advised Warner Brothers that it still owned a portion of the rights to “Watchmen,” filed a suit and threatened an injunction to block the film’s release. A year of legal wrangling followed. It ended last month, when Warner agreed to give Fox up to 8.5 percent of the gross receipts of the film, or any sequels or spinoffs.

Now, with the release of “Watchmen” imminent, the anticipation and tension among fans is at its peak. Unlike, say, the Batman or Superman franchises, whose titular heroes can be reinvented every 10 or 15 years, “Watchmen” has only one story to tell. If Mr. Snyder bungles it, no director will have a second chance at it.

Even Mr. Snyder’s friends in the entertainment industry say he faces widespread skepticism from the book’s passionate loyalists. “I think fans are going to see ‘Watchmen’ in the spirit of ‘What did he leave out?’ as opposed to ‘What did he put in?’ ” said Damon Lindelof, a creator and executive producer of “Lost” and one of a few people to whom Mr. Snyder has shown “Watchmen.”

The challenges of selling the film to moviegoers who have no familiarity with the graphic novel would seem to be even greater, as the comics tales have no clear central protagonist and no characters with worldwide recognition. Yet Warner Brothers has tried to create early buzz for the movie among the uninitiated, using a campaign built largely around sleek, moody trailers. DC Comics said that it has published an additional 900,000 copies of the graphic novel since the first “Watchmen” trailer was released last summer.

And, as Mr. Snyder pointed out, comic-book movies have become such transcendent pop-culture events that even mainstream moviegoers who don’t read comics know that they are supposed to watch these films. A viewer who has seen half of the superhero blockbusters that Mr. Snyder called “the ‘Man’ movies” — “Superman,” “Spider-Man,” “X-Men,” “Iron Man” and others — has enough context to understand “Watchmen” and the cinematic clichés it plays with, he said.

In particular he said his position was strengthened by the success of the Christopher Nolan’s “Dark Knight,” the brooding Batman sequel that has grossed about $1 billion worldwide since Warner Brothers released it in July. “It’s as serious as, like, brain surgery on a baby,” Mr. Snyder said of “The Dark Knight,” adding that he meant this as a compliment.

While that Batman movie aspired to an aesthetic of realism, Mr. Snyder said that “Watchmen,” with its heroes who can grow hundreds of feet tall and villains who maintain hidden Antarctic lairs, had a freer hand to be more fanciful. And unlike most of the “Man” movies whose endings — good prevails over evil — are never in doubt, Mr. Snyder said, “We don’t really adhere to that concept.”

But he also angered fans when he revealed that he had changed the ending of “Watchmen.” Though the film does adhere to the essence of the story’s last chapter, in which its heroes ignore the murderous acts of their nemesis for the good of humanity, Mr. Snyder altered crucial details.

To preserve the original ending of “Watchmen,” “you’d be talking about taking 30 minutes of other stuff out of the movie,” he said. “And right now I’m on the edge with just how much Rorschach I have, and how much Nite Owl, and how much Dr. Manhattan.”

Throughout the making of “Watchmen” Mr. Snyder has gone to unusual lengths to signal that he reveres the graphic novel as much as the fans do. He commissioned Mr. Gibbons and the comic’s original colorist, John Higgins, to create a poster for the movie, as well as the storyboards for his film’s amended ending. And he has appropriated much of the visuals and dialogue straight from the comics, down to Rorschach’s mumbled catchphrase, “hurm.”

Mr. Snyder said he hopes the film might shift the balance of power between movie studios and comic-book creators. To this day, he said, Warner Brothers still wants Mr. Miller and him to create a sequel to “300” — even though that film ends with the sacrifice of its hero and his army.

“The attitude toward comic books, they show their hand a little bit,” Mr. Snyder said. “They would never say that about a real novelist, but they would about a comic book. ‘They just crank those out, right? It’s like no big deal.’ ” In the end, he said, “all I would hope is that this movie gives geek culture a little bit of cred.”

Film Movement picks up US rights to Sorin's The Window (Screen Daily)


Esto significa que la película "La ventana", de Carlos Sorín, fue adquirida para ser distribuida en los Estados Unidos. Eso...
Jeremy Kay in Los Angeles
Film Movement has picked up all US rights to Carlos Sorin's Argentine drama The Window (La Ventana) and will release the drama theatrically in May.

The Spanish-language film won the FIPRESCI Award at the Valladolid International Film Festival and was an official selection in Toronto last year.

Antonio Larreta stars as a bed-ridden 80-year-old man who takes a solitary walk through the Patagonian landscape before a visit from his estranged son.

Film Movement's Adley Gartenstein brokered the deal with Stefanie Zeitler of Bavaria Film International.

"We are proud to add this beautifully lyrical film by acclaimed Argentine director Carlos Sorin to our catalog. Antonio Larreta's performance is moving, understated and masterful," Gartenstein said. "And, as always, Sorin's keen eye focuses on the essence of life and its everyday mundane experiences, giving them the deeper and more detailed attention they deserve."

The Buttless Chaps - Cartography (2008)



Since their inception in 1998, The Buttless Chaps have played for audiences across the continent and have created six studio albums demonstrating increased breadth and artistry every time. The band places absolutely no limits on their musical wanderings and the result is an imaginative and seamless journey from traditional country to new wave to punk, performed without irony or pretense.

Cartography is The Buttless Chaps’ fourth release on Mint Records and was recorded at the Hive Studios by Jesse Gander (Pride Tiger, The Pack A.D., Bison). Combining many elements of The Buttless Chaps’ ever changing sound, Cartography is packed with acoustic rural and cold war electronic influences blended together in carefully orchestrated songs. Lyrical imagery encapsulates the isolation of the modern world, and the quest to find a little patch of green for oneself. The band has always been muscially torn between the country and glittering lights of a human metropolis.

In preparation for the band’s earlier releases much time was spent in a small studio tucked away in the pine beetle infested forests of northern British Columbia. Cartography is the first release since their self-titled debut to be written exclusively in the city, but the seeds still remain that conjure up those feelings of a yearning for visual expansiveness. Joining the band this time is new drummer Dan Gaucher (Fond Of Tigers, Rabnett 5), his spontaneus energy and creativity is apparent throughout the recording, bringing the band together with a more aggressive sound on such tracks as “Coal Grey Sky”. Ida Nilsen (vocals, keyboards) rounds out the cast of long time regulars Morgan McDonald (Keyboards) Lasse Lutick (electric guitars) and Dave Gowans (Lead Vocals, Guitar and Banjo). Special guest Tim Vesely of Rheostatics fame makes also an appearance on several tracks.

"Camino" arrasa en los Goya


La cinta Camino, de Javier Fesser, ha sido la gran triunfadora de la XXIII edición de los Premios Goya. La película se ha alzado con seis de los siete galardones del celuloide español a los que aspiraba, entre ellos, el de mejor película y mejor director. El filme, inspirado en la vida de Alexia González Barrios, una joven de 14 años con familia del Opus Dei a la que se le descubrió un tumor, ha superado a Los girasoles ciegos, de José Luis Cuerda, Los crímenes de Oxford, de Álex de la Iglesia, y Sólo quiero caminar, de Agustín Díaz Yanes.

Tras dirigir títulos como El milagro de P. Tinto y Mortadelo y Filemón, Camino, protagonizada por Carmen Elías y Nerea Camacho, supone un cambio de registro para Fesser, quien desde su estreno ha tenido que responder a las críticas por parte del Opus Dei y de la familia de Alexia González Barrios, la niña que inspira la película.

Además de los dos grandes galardones de la gala, Camino ha obtenido también el reconocimiento al Mejor Guión, elaborado por el propio Fesser; a la Mejor Actriz, Carmen Elías; al Mejor Actor de Reparto, Jordi Dauder, y a la Mejor Actriz Revelación, Nerea Camacho.

Otro reconocimiento para Penélope

La ceremonia de este domingo será también recordada por suponer el tercer Goya para la actriz Penélope Cruz, que ha obtenido el premio a la Mejor Actriz de Reparto por Vicky Cristina Barcelona, dirigida por Woody Allen, una interpretación por la que ha recibido varios reconocimientos también en EE UU, entre ellos, la nominación a los Oscar. Cruz se ha declarado "afortunada" por "estar nominada por las dos Academias" y ha subrayado que el Goya "es especial" porque "es el premio de la casa" y porque se lo dan sus compañeros de la Academia.

La actriz, que partirá dentro de pocas horas a EE UU para participar en la comida de los nominados a los Oscar en Los Ángeles, ha revelado que va contar personalmente a Allen que ha obtenido el galardón español. "Desde siempre he querido trabajar con él", ha recordado. "En Estados Unidos hay una mezcla bestial de cultura y asuntos", ha subrayado Cruz, que ya obtuvo otros dos premios Goya: a la Mejor Actriz por Volver, en 2006, y a la Mejor Actriz por La niña de tus ojos, en 1998.

Benicio, mejor actor

La preciada estatuilla a Mejor Actor ha ido a parar a manos del actor Benicio del Toro, por su trabajo en la película Che, el argentino. El intérprete mexicano competía por el premio con Raúl Arévalo, por Los girasoles ciegos; Javier Cámara, por Fuera de carta; y el mexicano Diego Luna, por Sólo quiero caminar.

La película, en la que también participan los españoles Unax Ugalde y Elvira Rodríguez, y que tendrá su continuación en Guerrilla -también protagonizada por Del Toro y dirigida por Soderbergh-, narra los años del Che desde que conoce a Fidel Castro hasta que triunfa la revolución cubana.

De estar vivo, ha comentado Benicio del Toro, el Che estaría "seguramente haciendo algo para el prójimo o en contra de la injusticia". En declaraciones a los medios, el mexicano se ha mostrado "muy contento" por recibir el premio de una Academia como la española, que habla la misma lengua del Che. El actor se ha sorprendido gratamente por tratarse de una gala "muy divertida".

La sorpresa de la noche

El truco del manco ha sido la sorpresa de la noche. Se ha llevado tres de tres. Se ha alzado con el Goya a la Mejor Canción Original (A tientas). El Langui, Goya al Mejor Actor Revelación, ha reivindicado el hip hop, del que ha dicho que "cada vez se hace más camino, es la música del momento". "Me has hecho sentirme útil en esta profesión tan bonita que tenéis", ha dicho agradeciendo el premio al director del filme, y a sus padres "por haberme hecho tan fuerte y ponerme el Nesquik arriba para que yo me esforzase. Arriba el cine español", ha enfatizado.

Santiago A. Zannou (Goya al Mejor Director Novel) ha agradecido el reconocimiento de la Academia a una cinta "que habla sobre la amistad y de superar barreras". "Me siento contento de pertenecer a la familia del cine español".

Las decepciones

Los Girasoles ciegos, que optaba a 15 Goyas, sólo se ha llevado uno: el de Guión Adaptado, para José Luis Cuerda y el fallecido Rafael Azcona. Sólo quiero caminar, de Díaz-Yanes, que optaba a once, sólo se ha hecho con el de Fotografía, que ha recogido el director y guionista.


And the winners are...

Film
"Camino," Mediapro

Actress
Carmen Elias, "Camino"

Actor
Benicio del Toro, "The Argentine"

Director
Javier Fesser, "Camino"

European film
"4 Months, 3 Weeks, 2 Days" (Christian Mungiu, Romania)

Foreign Spanish-language film
"The Good Life" (Andres Wood, Chile-Spain)

Supporting actress
Penelope Cruz, "Vicky Cristina Barcelona"

Supporting actor
Jordi Dauder, "Camino"

Original screenplay
Javier Fesser, "Camino"

Adapted screenplay
Rafael Azcona, Jose Luis Cuerda "The Blind Sunflowers"

Cinematography
Paco Femenia, "Solo quiero caminar"

Original score
Roque Banos, "The Oxford Murders"

Breakthrough performance, actor
Juan Manuel Montilla "Langui"

Breakthrough performance, actress
Nerea Camacho, "Camino"

First-time director
Santiago Zannou, "El truco del manco"

Live-action short film
"Miente," Isabel de Ocampo

Animated short film
"La increible historia del hombre sin sombra," Jose Esteban Alenda

Documentary short
"Heroes: No hace falta alas para volar," Angel Loza

Costume design
Lala Huete, "El Greco"

Art direction
Antxon Gomez, "The Argentine"

Editing
Alejandro Lazaro, "The Oxford Murders"

Sound
Daniel de Zayas, Javier Marin, Maite Rivera, "Before the Fall"

Makeup and hair design
Jose Quetglas

Special Effects
Raul Romanillos, Pau Costa, Jose Quetglas, Eduardo Diaz, Chema Remacha, "Mortadelo and Filemon: Mission Save the Earth"

Line production
Rosa Romero, "The Oxford Murders"

Original song
"A tientas," El Truco del Manco, Woulfranck Zannou, Juan Manuel Montilla "El Langui"

Documentary
"Bucarest, la memoria perdida" Bausan Films, Minimal Films, TVG

Animated feature
"The Missing Lynx," Kandor Graphics, Green Moon, Perro Verde

Lifetime achievement
Jesus Franco



1.2.09

Sigur Rós - We Play Endlessly (2009)



"Una semana solos" y "El asaltante" en el Lincoln Center de Nueva York

Del 20 de febrero al 5 de marzo tendrá lugar el ciclo "Film Comment Selects" en el Walter Reade Theater del Lincoln Center, en Nueva York. Dentro del programa (que se puede ver aquí) se exhibirán los filmes argentinos "Una semana solos" y "El asaltante", explicados al público norteamericano de esta manera:



The Mugger / El Asaltante
Series: Film Comment Selects [2009]
Director: Pablo Fendrik, Country: Argentina, Release: 2007, Runtime: 67
Fri Feb 20: 9:15
Sun Feb 22: 1

This briskly paced minimalist thriller, shot in long stretches of seeming real time, tags along with a soft-spoken middle-aged man as he brazenly sticks up a pair of Buenos Aires schools in what becomes an absurdly prolonged marathon of attack, escape, and pursuit. First-time director Pablo Fendrik’s camera tails this unlikely desperado all over town, searching for an explanation for his actions. Arturo Goetz gives a tour-de-force performance as the holdup artist who becomes a mysterious vector traveling both through and against the current of modern life.


A Week Alone / Una semana solos
Series: Film Comment Selects [2009]
Director: Celina Murga, Country: Argentina, Release: 2007, Runtime: 110
Mon Mar 2: 8:30
Tue Mar 3: 6:30

“Perhaps Murga’s best work is with her young cast, who look like they’re allowed to simply be themselves. The pic’s mood is dominated by young thesps naturally being in the moment, with the resulting feeling being that we as the audience are spying on them.” —Robert Koehler, Variety

Celina Murga’s follow-up to her acclaimed Ana and the Others is a vivid yet subtle portrait of class. Murga makes beautiful behavioral music with her cast of children and adolescents, playing the sons and daughters of wealthy parents off on extended holidays who are left to fend for themselves in their gated community. The action of A Week Alone is pointedly meandering as Murga follows kids trying create a semblance of a moral code, and the drama develops internally to a quietly devastating climax.


Grand Duchy - Petits Fours (2009)


Link

The Pixies know him as Black, the Catholics as Frank, and his mum probably just Charlie. If you’re in pseudonym hell have no fear: after the reformation of the Pixies apparently we’re welcome to call Black Francis whatever the heck we want, phew! Grand Duchy sees the wayward vagabond team up with spouse Violet Clark for an experiment full of creative tension. With five children and a busy touring schedule it’s a wonder the pair have time for experiments but the results speak for themselves.

The project’s namesake was inspired by the pair’s wistful aspirations to buy a place in Luxembourg with the proceeds from the album and live in, as Francis poetically describes it: “Just a little place on the river, in the ravine, in the trees, in the stars”. Sticking to the true spirit of experimentalism they decided to play every instrument on the album, despite admitting they’re not exactly experts on them all.

Having launched his recently completed soundtrack for silent film Der Golem in San Francisco, Francis has now turned his full attention to the first release from Grand Duchy: Petits Fours. Collaborating with Violet has obviously given Francis some new perspective: “She was innocent. I hadn’t felt innocent for years. She digs the 80’s. I had spent the latter part of the 80’s doing my part to destroy the 80’s. Our second recording session involved a fair amount of shouting and throwing things, much to the horror, I’m sure, of our two engineers Thaddeus Moore and Jason Carter. Over time we threw less objects and began to enjoy our creative tension”. Her charms clearly weave in and out of the album, from her breathy vocals on Fort Wayne and Seeing Stars to her half sung, half spoken lyrical jaunts on‘Volcano. There are plenty of sweet, jangly percussive sounds and dreamy synth lines sweeping over almost every song to lend the album a feminine and upbeat feel, even Francis’ own vocals soften on occasion, most notably on Ermesinde.

However, despite this harmonious sounding collaboration, soon enough roughly strummed guitar chords start to roar through delicate moments and despite Violet’s vocals lending a softer touch the album is dominated by Francis’ trademark style. In fact he dominates the style so much that you would be forgiven for thinking that in all honesty this is a Pixies album. Ok, it’s The Pixies in an alternate new-wave 80’s dimension, synthed up to the max, but nevertheless almost every song is shaped by prominent bass heavy riffs and background “la la la”s. On Volcano Violet even indulges in the Pixies-esque chatter at the opening. “Is this song starting?” she sweetly mocks, “I’m a little confused”. Yes Violet, that’s because Kim Deal usually does that bit. I loved the Pixies so this album intrigues me and it is a perfectly enjoyable listen, but if you’re looking for something fresh from Francis this isn’t really it. Think of it more as Black Francis’ homage to the side of the 80’s he himself said he was trying to destroy. THE MUSIC MAGAZINE



Super Bowl Movie Ads (Trailer Addict)




"Land of the Lost"



"Year One"




"Up"

Danny Boyle ("Slumdog Millionaire") gana el premio DGA


Ya no hay con qué darle...

OUTSTANDING DIRECTORIAL ACHIEVEMENT IN FEATURE FILM

Danny Boyle, Slumdog Millionaire (Fox Searchlight Pictures and Warner Bros. Pictures)
Unit Production Manager: Sanjay Kumar
First Assistant Director: Raj Acharya
Second Assistant Director: Avani Batra
Second Second Assistant Director: Sonia Nemawarkar

OUTSTANDING DIRECTORIAL ACHIEVEMENT IN MOVIES FOR TELEVISION/MINI-SERIES
Jay Roach, Recount (HBO)
Unit Production Manager: Scott Ferguson
First Assistant Director: Michael Hausman
First Assistant Director/Second Assistant Director: Peter Thorell
Second Assistant Director: Tudor Jones
Second Second Assistant Director: Rob Dickerson Jr.

OUTSTANDING DIRECTORIAL ACHIEVEMENT IN DRAMATIC SERIES NIGHT
Dan Attias, The Wire - "Transitions" (HBO)
Unit Production Manager: Nina Noble
First Assistant Director: Eric Henriquez
Second Assistant Director: Xanthus Valan
Second Second Assistant Director: Tim Blockburger

OUTSTANDING DIRECTORIAL ACHIEVEMENT IN COMEDY SERIES
Paul Feig, The Office - "Dinner Party" (NBC)
Unit Production Manager: Robert Rothbard
First Assistant Director: Kelly Cantley
Second Assistant Director: Jennie O'Keefe
Second Second Assistant Director: Jasmine Alhambra
DGA Trainee: Alicia Cho


Nick Garrie - 49 Arlington Gardens (2009)



“49 Arlington Gardens” debe ser el disco que la historia musical utilice para saldar cuentas con Nick Garrie. Hay demasiadas razones para que así lo sea. Las maravillosas sesiones de grabación en Escocia, apadrinadas por Ally Kerr y que contaron con nombres como Norman Blake (TEENAGE FANCLUB), Francis McDonald (NICE MAN, TEENAGE FANCLUB, BMX BANDITS), Duglas T. Stewart (BMX BANDITS) produciendo, y Duncan Cameron (DELGADOS, TRAVIS, TRASHCAN SINATRAS) como ingeniero de sonido, junto a los todavía desconocidos DOGHOUSE ROSES, la española Sandra Belda Martínez (CALIFORNIA SNOW STORY, SUPERÉTÉ), Rachel Allison, Iona McDonald y muchos más músicos de la escena indie pop escocesa. Una colección apabullante de grandes composiciones, con preciosidades como “Twilight”, “Le pont mirabeau”, “When evening comes” o “When the child in you”, o un tema de profundo romanticismo como es “Lovers”, escrito junto a Francis Lai (responsable de bandas sonoras históricas como “Un hombre y una mujer” o “Love Story”).

El hecho de que “The nightmare of J.B. Stanislas”, el disco maldito que editó en 1969 que apenas llegó a ver la luz y que hoy es pieza de coleccionista, esté teniendo ese pequeño momento de gloria que el azar le arrebató en su momento. Y sobre todo, un cantautor, Nick Garrie, con una preciosa voz llena de solemnidad y un sentido del pop clásico, en el mejor sentido de la palabra, disfrutando de un momento de brillante inspiración.

Uno de esos discos que ve la luz gracias al empuje de una nueva generación de músicos, admiradores del cantautor británico. Un disco honesto, cercano, elegante, preciosista, que mantiene un maravilloso equilibro entre arreglos y melodías. Composiciones ensoñadoras de pop y folk arreglado que tratan la naturaleza humana con humildad y candor y entre las que destaca esa sorprendente y epatante inyección de juvenil fantasía que es “The clockmaker”.

La historia de este personaje viene de muy atrás, concretamente de 1969, cuando un estudiante universitario inglés coge su guitarra para tocar por el sur de Francia instigado por su pasión por Dylan y por el surrealismo. Toda esta historia acaba con este estudiante, nuestro Nick Garrie, grabando un disco para el sello francés DiscAZ (casa de Brigitte Bardot y Michel Polnareff entre otros) con el productor Eddie Vartan (hermano de Sylvie Vartan y reputado productor en esa época). El resultado, registrado con una orquesta de 56 músicos, es “The nightmare of J.B. Stasnislas”, un maravilloso compendio de melodías perfectas abrazadas a un pop psicodélico de factura majestuosa. Pero, en uno de estos extraños giros que dan las historias, el capo del sello e impulsor del proyecto, Lucien Morisse, se suicida pocos días después de la salida del disco, dejando al proyecto huérfano de apoyos y sin plan promocional. ¿El resultado? “The nightmare of J.B. Stanislas” se convierte en un disco maldito, que con los años ha ido ganando enteros como objeto de culto hasta el punto de llegarse a pagar más de 1.200 euros por cada una de las escasas copias, apenas encontrables. Disco que por cierto, Elefant reeditará este año 2009 con motivo del 40 aniversario de su publicación.

Mientras tanto nuestra autor se separa, desencantado, de la música, y se dedica a ganarse la vida como puede. Conoce en 1976 al compositor Francis Lai (ganador de un oscar por “Love Story”, y responsable de, entre otras bandas sonoras, “Un hombre y una mujer”, “Vivir por vivir”, “Bilitis”, “Ojos negros” o “Emmanuelle”), con el que acometerá diversos proyectos a lo largo de los años. En un empujón de inspiración se vuelve a meter al estudio, acompañado por parte de la banda de Cat Stevens, para firmar “Suitcase man”, esta vez bajo el nombre de Nick Hamilton, un disco que le llevará al número uno de las listas de ventas españolas gracias al single “Back to 1930”, y que le permitirá girar por este país junto a Leonard Cohen, el cual llega a declarar que le gustaría haber compuesto algunas de las canciones de Garrie. El impulso no es suficiente para asentarle definitivamente en el mundo de la música, y a pesar de un par de nuevos intentos en 1994 (“The playing flieds”) y en 2002 (“Twelve old songs”), sigue sin acabar de encontrar su sitio. Mientras, sin conocimiento de su creador, “The nightmare of J.B. Stanislas” sigue aumentando su leyenda, que da el espaldarazo definitivo cuando Phil Smee (fotógrafo y diseñador de portadas de grupos de los sesenta como THE YARDBIRDS o Syd Barret) incluye una canción de este disco, “Wheel of fortune”, en uno de sus afamados recopilatorios, “Circus Days” (recopilatorio en el que por cierto, también salen LOS BRINCOS). Sorpresa la de Garrie cuando, en 2005, medio en broma, introduce su nombre en Google y descubre todo el movimiento en torno a “The nightmare of J.B. Stanislas”). Esto le impulsa a volver a cantar, y se presenta a un concurso de cantautores, que gana, y cuyo premio es una página web en la que publicitar su música. La industria de la música vuelve a saber de la existencia de Nick Garrie, y le llueven las ofertas para reeditar “The Nightmare of J.B. Stanislas”.

Joe Foster, capo del sello Rev-ola y antiguamente en Creation Records (uno de los sellos independientes más importantes e influyentes del mundo, que contaba en sus filas con artistas de la talla de PRIMAL SCREAM, FELT, THE JESUS AND MARY CHAIN, OASIS, RIDE, MY BLOODY VALENTINE, HOUSE OF LOVE, TEENAGE FANCLUB, THE BOO RADLEYS, ST ETIENNE, THE PASTELS, MOMUS o PACIFIC) se lleva el gato al agua y reedita el mítico álbum en 2005. Nick Garrie vuelve a salir a la carretera interpretando las canciones de aquel disco como él siempre las entendió; en acústico. El propio Foster le presenta al cantante escocés Ally Kerr que le invita a tocar en Escocia. De aquella noche surge una sesión de grabación, meses después, en los estudios Riverside de Glasgow, junto con otra serie de músicos de la escena escocesa.

Aparte de las “sesiones escocesas”, el disco incluye la maravillosa “Lovers”, grabada en Paris y compuesta junto a Francis Lai para la banda sonora del film “Plastic Tree”, y “Stay till the morning comes”, grabada en Villafranca (Portugal) con el productor luso Quim Correia.

Un disco delicioso que combina equilibradamente el preciosismo de unos arreglos contenidos, con las atemporales y elegantes melodías de Nick. Desde el romanticismo ensoñador de “Lovers”, pasando por el afrancesamiento evidente de “Le pont mirabeau”, el preciosismo de “Twilight”, la increíble voz de Rachel Allison en “When evening comes” o el country folk de “On a wing and a prayer”.

Existe una edición limitada en vinilo para los amantes de este formato.

ELEFANT RECORDS