2.9.10

Festival de Venecia: Día 1


VERSION BASTANTE MAS LARGA -Y SIN EDITAR NI REVISAR, ACLARO- DE LA NOTA QUE SALE HOY EN CLARIN


La calma del ambiente se contradice con la intensidad de los filmes. Esa es, al menos, la sensación que uno se lleva tras la primera jornada del Festival de Venecia. La jornada apacible de una Mostra que todavía no termina de armarse, con obras en construcción alrededor de su centro de operaciones (y que seguirán así por unos años más) y con la novedad, para muchos, de que el mítico Hotel des Bains (Hotel de los baños), en el que Thomas Mann se inspiró para escribir -y Luchino Visconti para filmar- la célebre “Muerte en Venecia” no existe más y que se convertirá en un condominio de lujo, dejan un extraño sabor al que ha venido aquí otras veces.

En la sala de cine, sin embargo, todo es bastante distinto. A diferencia de lo que sucede habitualmente (y es casi una norma en los festivales), el filme de apertura fue una apuesta fuerte que, sin dudas, dejó a todos impactados, para bien o para mal. La competencia arrancó con “Black Swan” (Cisne negro), el nuevo filme de Darren Aronofsky (que ganó el León de Oro aquí dos años atrás) protagonizado por Natalie Portman, Mila Kunis, Vincent Cassel, Barbara Hershey y –en un rol menor pero importante-, nada menos que Winona Ryder.

El filme se centra en Nina (Portman, que estudió ballet de los 4 a los 13 años), una bailarina tremendamente dedicada y concentrada en su profesión, que vive con una madre exigente (Hershey) que piensa sólo en verla triunfar. En la nueva temporada del Lincoln Center se repone en una versión “re-imaginada” el clásico ballet “El lago de los cisnes” y ella desea como nadie el rol de Odette (aquí se la llama siempre Cisne blanco). El problema, según el coreógrafo francés de la pieza (Cassel), es que a Nina le cuesta dar con el rol de Odile (aquí, Cisne Negro), un personaje más libre y sexualmente atractivo. Nina es técnica, dura, “frígida” (como él la llama) y para conseguir el papel, digamos, debería acercarse más a ese lado oscuro.

Lo que sigue es un thriller psicológico con elementos de terror que parece combinar la locura obsesiva y maniática –y hasta el estilo—de “Pi”, la opera prima del director, con su reciente “El luchador”, ya que este filme también propone un acercamiento a un mundo duro, difícil y competitivo de una manera en extremo brutal y realista. A diferencia del filme con Mickey Rourke, aquí la combinación es más riesgosa: realismo y extrema estilización no siempre se llevan bien.

El filme bordea la parodia todo el tiempo: es excesivo, por momentos ridículo, hace apuestas sórdidas y jugadas (violencia, celos, acoso sexual, escenas de lesbianismo entre Portman y Kunis, su rival para el papel) y siempre está a punto de caer en el kitsch más puro y duro (de hecho, provoca risas no intencionales). Pero la performance de Portman es tan intensa y concentrada, tan atrapante (nunca se sabe hasta qué punto todo está sucediendo en su cabeza o no), y Aronofsky sabe cómo montarse sobre los clichés (por momentos, del melodrama; por otros, en una zona Polanski de paranoia y tensión sexual), que si el espectador se deja llevar por la abrumadora potencia del filme es probable que salga impactado aún en su incredulidad. Y, claro, moviendo los brazos y tarareando Tchaikovsky por horas y horas.

Al lado de la fuerza bruta emocional de “Black Swan”, la fiereza apocalíptica del filme de acción “Machete”, de Robert Rodríguez (presentado fuera de competencia) pareció de tono menor. Con su problemas (al relato le falta cierta intensidad), el filme es igualmente una apuesta fuerte, pero por el lado político. Rodríguez no esconde que su brutal héroe de la frontera mexicano-estadounidense es una excusa para darles duro a los políticos de los Estados Unidos y sus brutales leyes anti-inmigratorias.

Ese trasfondo político no esconde que, básicamente, el filme es una versión modernizada de “Los indestructibles”, la película de y con Silvester Stallone que se estrena mañana. Aquí, Danny Trejo es el hombre buscado que da título al filme, un experto en cuchillos que ha sido engañado en un plan para matar a un político y ahora es buscado por varios.

Rodean a Trejo un extraño team de celebridades que van desde Robert De Niro (el político en cuestión, un neofascista texano), a un obeso Steven Seagal (mafioso mexicano), un avejentado Don Johnson (un policía de la frontera), el “Lost” Jeff Fahey y tres “chicas” de armas tomar: Michelle Rodríguez (“Lost”, “Avatar”), como una mujer que ayuda secretamente a los ilegales; Jessica Alba (una agente de Migraciones en problemas) y Lindsay Lohan, que se toma el pelo a sí misma en un rol que le pide disparar, desnudarse, vestirse de monja y drogarse, lamentablemente no todo al mismo tiempo.

Dejando en claro que muchos realizadores llegan aquí también por tener estrechas relaciones con Marco Müller, el director artístico de la Mostra, se presentó también fuera de competencia el filme “Showtime”, de Stanley Kwan, que fue uno de los nombres claves del cine arte de Hong Kong en los ’80 (con filmes como “Center Stage” y “Rouge”) pero que hoy ha caído a niveles impensados y entrega una comedia juvenil y confusa que no tiene nada que hacer en ningún festival.

No tan triste (en cuanto a la sensación de ver a un director acabado, falto de ideas hace ya años), pero igualmente poco convincente es el filme de Bertrand Blier que abiró la sección Venice Days. “Le bruit de glacons” se presenta casi como una pieza teatral entre dos personas. En realidad, entre un hombre y… su cáncer. El protagonista es un escritor que vive en un bello y alejado caserón en la montaña luego que su mujer lo abandonó. Un hombre toca el timbre, se anuncia como “su cáncer” y empieza a mantener una serie de diálogos y situaciones con él, ante la mirada de la ama de llaves y una chica rusa con la que el escritor conviven quienes, en principio, no logran ver a la inesperada visita. Lo demás, con sus idas y vueltas, más o menos pueden imaginárselo y no estarían muy lejos de acertar a casi todo.

EL CORTO DE PANAHI


Uno de los momentos más esperados del primer día era el corto de Jafar Panahi, “El acordeón”, que acompañaba la presentación de la floja película de Bertrand Blier en la apertura de la sección Venice Days. La atracción era tal –y la seguridad en el chequeo de bolsos y credenciales—que hubo que hacer cola por 40 minutos y aguantar otros 30 de retraso para poder ver los nueve minutos que dura el filme.

El corto, “un llamado a la tolerancia”, como lo presentó el director de la sección, cuenta la historia de dos chicos, músicos callejeros de Teherán a quienes le roban el acordeón y salen a buscar al culpable piedra en mano. Cuando lo encuentran, bueno, se dan cuenta que deben cambiar de planes.

“Estar fuera de la cárcel pero no poder filmar es como vivir en una prisión más grande”, dijo el realizador iraní, que estuvo meses encarcelado por el régimen de su país. Tampoco lo dejan salir del país, por lo que –pese a lo anunciado--, no pudo estar presente en el evento. En su carta, agradeció a “la comunidad del cine” por haberlo ayudado a soportar su encierro y colaborado con su liberación. Los aplausos y la emoción marcaron el cierre de la lectura de sus palabras en la inmensa y colmada Sala Dársena.

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