26.7.10

Una semana en Córdoba, con críticos


No voy a hacer un racconto día a día, hora a hora, de la Semana de la Crítica. Prefiero, como dije más de una vez en las dos mesas redondas en las que participé, compartir las sensaciones que me provocó la experiencia cordobesa.

Primero, se descuentan todos los agradecimientos: a Roger, principalmente, con el que cada día nos vamos dando cuenta que tenemos más coincidencias de las que imaginamos (lo de "El sacrificio" de Tarkovsky en el cine de la calle Florida me mató...) y a todos los demás que formaron parte del equipo de producción del evento, en cada caso, cada área, cada tema.

Debo decir que, cuando acepté la invitación de Koza, lo hice a partir de las ganas de venir a Córdoba unos días y tomando mi papel como "disertante" y presentador de un filme como algo secundario. Al final, casi no conocí la ciudad --el centro, las peatonales, un videoclub, tres bares, un restaurante y no mucho más--, y la otra parte cobró un peso y un disfrute insospechados. No podría asegurarlo todavía, pero ahora siento que me devolvió un poco cierta fe perdida en mi relación con el cine y con la cinefilia.

He pasado por debates y conferencias y tengo una relativa gimnasia para manejarme en esos terrenos. Hay una suerte de respuestas prefabricadas que uno utiliza para ciertas preguntas que también abordan tópicos que a uno se le hacen algo reiterativos. Pero la "previsibilidad" fue abriendo paso a otro tipo de experiencia. Y, creo ahora, los motivos fueron dos.

Por un lado, los seminarios. La Semana de la Crítica tuvo dos, uno de Quintín y otro de Jonathan Rosenbaum (Gonzalo Maza, que no pudo venir, Koza y yo no teníamos). Q. se centró en Manny Farber, pero con un largo paréntesis que le dedicó a Manuel Puig, ya que era un tema en el que venía trabajando, obsesivamente, durante las últimas semanas preparando la nota que salió en Ñ el sábado pasado. Y lo de Rosenbaum fue más "free form": un poco de autobiografía, muchas preguntas de la gente y varios temas ligados a su carrera, gusto y profesión.

En el seminario de Quintín fui, por momentos, traductor de Rosenbaum, sentado al lado y tratando de transformar en un inglés comprensible el pensamiento siempre lateral de Q. Y, en el de Rosenbaum, fui también por momentos, traductor de Jonathan para los asistentes. No era la idea original, pero de entrada se fueron dando cuenta los organizadores que, por más buenas voluntad que ponían las dos traductoras, les resultaba complicadísima la tarea, en especial por las incontables referencias a películas y directores.

Eso me hizo estar 100% atento a todo lo que se dijo en esas charlas y lo que noté fue que todavía había vías y caminos para desarrollar(me) en términos de mi relación con el pensamiento y la escritura cinematográfica. A Q. lo conozco hace casi 20 años y a JR hace diez --y a ambos los leo hace igual o más cantidad de tiempo--, así que no me sorprendieron todos sus comentarios. Pero sí fui encontrando --gracias a determinadas observaciones y en la muy inteligente participación del público-- algunas callejuelas para recorrer.

La lectura de Farber, de parte de Q. y JR, me hizo salir corriendo a buscar más cosas suyas (leí algunas, me faltan miles) y me volvió a plantear un desafío personal en lo que respecta a la crítica cinematográfica, especialmente cuando uno cae en momentos de "deja vu", de rutina y cansancio. Con las ponencias de Rosenbaum volví a recuperar algo que es parte fundamental de mi idea de la labor del crítico --la importancia de la subjetividad, entre otras cosas--, muchas veces obstruidas por el trabajo en un medio impersonal y en un blog al que no puedo dedicarle el tiempo que quisiera.

Lo que dijo Q. me servirá para conectar los seminarios con las mesas redondas en las que las "cuatro estrellas" (admito que la venta y el poster de la Semana me dio bastante pudor...) participamos. Con Quintín siempre, o casi siempre, tuve una buena relación. Sus ideas sobre el cine son siempre francas, por momentos brutales, van de la provocación al conflicto y muy pocas veces eligen los caminos recorridos, las salidas sencillas, la armonía del consenso. Eso, lo sabemos todos los que lo conocemos, provoca tanta admiración como rechazo, genera fascinación y acusaciones de todo tipo y color.

Suelo estar de acuerdo en muchas cosas con él y en otras, no tanto. Pero lo que es innegable, no sólo es la solidez con la que expone sus ideas, sino su condición de polemista magnífico, un tipo que saca cualquier mesa redonda del facilismo de la respuesta de manual. El tipo se contradice, permanentemente (y justifica sus contradicciones hasta convencerte de que no hay contradicción alguna, o que, si la hay, la única opción en la materia es ser contradictorio), está en desacuerdo con la mayor parte de las cosas que dicen no sólo sus colegas de mesa sino también el público y logra borrar en un segundo el clima de museo que acecha a todos estos eventos.

Magnífico animador de debates culturales, Q. te lleva a estar, en la medida de lo posible, a su altura, te obliga a "sacarte el cassette" y te plantea desafíos inesperados. Sería larguísimo detallar todo lo que se habló y debatió --algo está en La Lectora Provisoria y la gente del Cineclub prometió videos y desgrabaciones de las charlas--, pero en un momento Rosenbaum gritaba, Quintín se sacaba con una participante y yo entraba en una zona de confesiones que suelo guardar para el ámbito de lo privado. Hasta Roger, la más amable y centrada de las personas amables y centradas que conozco en todo el mundo (al menos, en lo público: el surmenage va por dentro, ja!) empezó a levantar la voz y lanzar frases altisonantes. Y este pequeño show no hizo que bajara, al menos en mi opinión, el nivel del debate. Le sacó el polvo, lo desacomodó del lugar común, lo humanizó. Y eso, finalmente, era lo que tenía que pasar.

También presentamos películas, pero casi ni vimos pelis allá. Las mesas y seminarios nos tomaban 6, 7 horas por día (de 11 a 20, con un break entre 16 y 18) y almuerzo, cena y alguna mínima visita a un videoclub maravilloso (regenteado por Alejandro Cozza, coconductor junto a Roger de un programa semanal de cine en la TV cordobesa) y a otro lugar notable (la librería Rubén) nos mantuvieron bastante ocupados.

Yo presenté "Belarmino", película portuguesa de 1964 dirigida por Fernando Lopes, uno de los filmes y cineastas claves del Novo Cinema portugués de los años '60 y '70, un documental sobre un boxeador en decadencia realizado mezclando elementos del cinema-verité y, si se quiere, del primer Casavettes. Y me pareció que la recepción fue buena. JR dio uno de los primeros filmes de Jean Renoir (otro JR), la poco vista "La nuit du carrefour", adaptación de una novela de Georges Simenon; mientras que Q. dio la mucho más conocida "The Big Sleep", de Howard Hawks, más que nada porque es un filme del que habla Farber en su libro, "Negative Space" y que, al verlo, nos sirvió para descubrir (al menos nosotros, tal vez alguien lo había descubierto antes), un error en la apreciación "farberiana" de una escena del filme que él usa para ejemplificar su teoría del "arte termina vs. el arte elefante blanco".

Mientras me pongo a pensar en cómo voy a tratar a una película como "Inception/El origen" (tal vez en La Cumbre tenga otro título, Roger sabrá), en relación a estas ideas que circulan por mi cabeza, voy concluyendo estas líneas cordobesas, cuando ya es muy tarde, faltan pocas horas para subirme al avión y todo esto empieza a tomar la forma de un recuerdo. Ojalá, ese recuerdo, con el tiempo, cobre forma de epifanía.

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